Capítulo 44. Ahora sí que no entiendo nada

Tras aquel “todo irá bien”, creo que volví a caer rendida. ¡Qué manía tenían todos por mantenerme drogada! Y Sus… ¿Qué coño pintaba Sus en todo aquello? Creí haberlo soñado. “Eso es que la echas de menos”. Claro que la extrañaba, era mi amiga. ¡Eso era!, otro puñetero sueño. 

Mi corazón se ralentizó de nuevo. Una cosa es saber que iba a morir, sin importar a manos de quién, y otra era que Sus, MI QUERIDA SUS,  estuviera detrás de todo aquel lío. ¡Qué sin razón!

— Si ya les dije que no te metieran una dosis normal. Que tú eres de sueño profundo. ¿Te acuerdas cuando fumábamos porros? ¡Madre mía! Caías redonda.

— Pero, ¿qué mierda haces tú aquí?

— ¿No me llamaste para que te rescatara?

— Sí, pero ni de coña te ha dado tiempo a llegar.

— ¿A llegar? Tía, que estás en mi casa.

Miré a mi alrededor. Era cierto. Reconocería aquellos cuadros de mujeres desnudas en cualquier parte. Eran más pornográficos que artísticos. Y esa colección de CDs de copla. Sí, de copla… Mi amiga sentía una predilección enfermiza por Isabel Pantoja. “Si un día me la encuentro, me la tiro sin pestañear”, repetía con mucha convicción. 

— Mierda, Sus. ¿Qué pintas en todo esto? ¿Cómo coño he llegado a Madrid? 

— En avión… Yo no pinto nada de nada -prosiguió-. El idiota de tu jefe me llamó. Dijo que necesitaba un lugar para esconderte. Y aquí estás. ¿Sigues colocada? ¿Aprovecho para meterte mano?

— ¿Estás gilipollas? ¿No escuchaste lo que te dije por teléfono?

— Ya, ya… No será para tanto. 

Le mostré la herida, aún sangrante. Sus abrió los ojos como platos, sin terminar de creerse lo que estaba viendo. 

— ¿Has ido a la policía? ¿Quién coño te ha hecho eso?

— Sí, puse una denuncia entre mis ratos drogada y los que pasé secuestrada. No sé quién ha sido. Creo que Cris, o Lauren, o Robert, o vete a saber… Vamos a dar una vuelta -rogué, saturada por mis eternos confinamientos.

— Me han pedido que no salgas.

— ¡Y una mierda!

Me dirigí a la puerta. Sus se interpuso, repitiendo que no era conveniente. Mi vida ya no estaba en mis manos, sino en la de una panda de pirados. Aparté a Sus. Ella no iba a ser mi carcelera. 

— Tengo que irme a trabajar. Eli vendrá a cuidar de ti. Cambiad las sábanas cuando terminéis.

Otro peón más en aquel siniestro juego. Empezaba a pensar que la persona responsable de todos mis males, la que casi me mata, era yo misma. Me había vuelto loca. Me habían vuelto loca. Miré de nuevo mi herida. Podría habérmela hecho yo misma. Quizá, mis conversaciones con la “Familia Manson”, no eran más que diálogos interiores, en los que para no ver lo trastornada que estaba, buscaba incesantemente un culpable.

Sus abrió la puerta, se despidió y aquella joven Eli se abrazó a mí. No pude evitar suspirar, recordando aquella noche que pasamos juntas, entre mis dudas, mis miedos, y su sedoso cuerpo. Todo era tan fácil entonces… Me acababa de dejar la persona que supuestamente me quería, me había quedado sin trabajo, con unos ahorros ridículos, con la certeza de tener que regresar a la casa de mi madre, a escuchar cómo cualquier cosa que hiciera, nunca bastaba. Creí que aquello iba a ser el final de mi vida. Pero todo cambió. Un giro inesperado, una llamada que me tomé a broma…, a broma, ¿cuánto hacía que no sonreía? Seguía entre los brazos de Eli, pero era capaz de contemplarme en algún espejo imaginario, veía cómo mi rostro había envejecido décadas, y su piel seguía siendo suave. 

— Por favor, no me preguntes cómo estoy. Sólo abrázame.

— Va a ser difícil abrazarte mientras saqueamos la despensa de Sus, y nos bebemos hasta el agua de los floreros.

Nada de cócteles con nombres de ciudad, nada de zumos recién exprimidos, ni copas delicadas con bordes de azúcar. ¡Una Mahou bien fresca! Eso sí que devolvía el alma a cualquier cuerpo devastado. 

— ¿Crees que soy mala o que estoy loca?

— Creo que sigues estando muy buena. Creo que sigo muriéndome por besarte. Creo que no he dejado de pensar en ti ni un solo día. Creo que debería quitarte la ropa ahora mismo. Creo que mi lengua debería estar durante horas entre tus piernas. Creo…

— Creo que debes dejar de hablar y hacerlo.

Mucho temer por mi vida, pero para un polvo siempre había tiempo… ¡Vivan los seres racionales! 

Eli se arodilló frente al sofá. Desabrochó el botón de mi pantalón. Tuve que alzarme unos centímetros para que pudiera salir. La ropa ajustada entorpece las relaciones sexuales. Sus manos se deslizaban por mis piernas, junto a la tela vaquera, que no tardó mucho en quedar relegada a un segundo plano. Sus dedos se fueron abriendo paso entre mis muslos. Miré hacia abajo. No reconocía mi ropa interior. ¿Cuándo me duché por última vez? No era capaz de saber ni cómo olía.

— Eli, me da mucho apuro, pero creo que es mejor que me lave antes.

— Si estás limpia, ¿cómo vamos a hacer guarradas?

— Es en serio. He estado perdida en la jungla. No sé ni de quién coño son estas bragas. Quizá haga una semana que no me depilo…

— Marian, si no quieres hacerlo, dilo. No te inventes excusas absurdas.

Podría haberme detenido a explicarle la situación, pero un olor a comino se había adueñado de mi pituitaria, o de mi percepción. Me levanté, rebusqué en los cajones de Sus, abrí un paquete de tangas, cogí un pijama de su armario y me metí en la ducha. Todo parecía tan lejano… Allí me sentía segura. Sí, estaba segura en un minúsculo cuarto de baño. 

Intenté desenredarme el pelo. Estaba hecho un asco. Todo lleno de nudos. Vi las tijeras y ni lo pensé. Zas, zas, zas… Los mechones iban cayendo sobre el lavabo. Y cuanto más cortaba, más desigual se veía. Y seguí cortando. Zas, zas, zas. 

— ¿Qué coño estás haciendo?

— No sé que puede haber ahí. Nidos de araña o de avestruz. Tengo que quitármelos.

Eli me arrebató las tijeras. Empezó a arreglar aquel desastre. Parecía que me había cortado el pelo a pedradas. Ella miraba con atención, como si estuviera creando una obra de arte, embelesada. Yo la contemplaba a ella. Su camiseta amarilla se transparentaba lo justo como para intuir unos pezones jóvenes y hermosos. Llevé las manos hacia ellos. Debía tocarlos, sentir entre mis dedos algo que no hubiera sido corrompido por el odio o la avaricia.  Me sonrió. Quizá fue ese el gesto más bello que había contemplado nunca. Era preciosa hasta en el detalle más minúsculo. Me arrepentí de no haberme quedado a su lado. De no haberla llevado conmigo. ¿Cómo iba a dejar su vida por una tía con la que pasó un par de noches? Pero la hubiera cuidado. O la hubiera puesto en peligro. Virgin Gorda fue mi escape, mi fuga de una realidad que creía horrible, que me hacía sentir muerta. Y dejé todo atrás, hasta a mí misma.

— ¿Qué hay de aquella morena tan alta?

— ¿Carol? Tan loca como el resto. Eli, necesito algo limpio.

— Te acabas de duchar…

— Me refiero a ti. Quiero que follemos, pero no como se folla a una desconocida, quiero besos, caricias, miradas. Quiero que por un rato seas lo único que exista. Quiero ser lo único que exista para ti.

— Marian, ¿qué te ha pasado?

— Ahora no importa.

Y la besé, y me derretí en sus labios. Nuestros cuerpos se atrajeron como imanes. Compartíamos no sólo calor, sino un mismo espacio y tiempo. El pijama que tanto me costó encontrar, terminó en suelo, junto a su camiseta amarilla y sus pantalones negros. La pared fue lo único que evitó que nosotras también cayésemos. La esquivamos. Dimos con otra, al que le hicimos un quiebro. Y, por fin llegamos a la cama. Eli se colocó sobre mi cuerpo. Su cadera, en movimiento oscilante,me hacía cerrar los mismos ojos que ella me pedía que abriese. El placer se iba acumulando en mi abdomen. Necesitaba soltarlo, librarme de ese peso.

— Entra en mí -le rogué.


Sus dedos se abrieron camino serpenteando sobre nuestras pieles. Primero uno (ah). Después otro (ahm). Y un tercero (uhm). Un pequeño orgasmo limpió mis preocupaciones. Ella seguía mirándome.

— Vamos a tu bar. Quiero hacértelo allí.

— ¿Estás loca?

— Sí. Te sentarás en una de esas tarimas. Sin ropa. Con las piernas dobladas. Abiertas. Y yo te lameré. Y tú tendrás que agarrarte a cada borde que encuentres. ¡Vámonos! -grité mientras salía de la cama en un salto.

— ¿Sabes la de mierda que hay en un bar?

— Me da igual.

Yo ya estaba sacando la ropa de Sus. Me puse lo primero que pillé. Ni recuerdo que era. ¿Acaso importaba? 

— ¡Eli, date prisa!

No podía esperar más y me fui hacia la puerta. Tenía que salir. Ver el sol. Pisar Madrid. Sentir mi ciudad corriendo por mis venas. Ella me gritaba que no lo hiciera. La esperaría abajo. 

— ¡Marian, noooo!

Abrí la puerta. Las escaleras del portal habían desaparecido. Aquello no era el piso de Sus. ¡Mierda! ¿Dónde coño estaba?

 

Anuncios

About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
Esta entrada fue publicada en Buscándome. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s