Capítulo 43. Si no eres tú…

Marina me hizo saltar de tanto traqueteo. Tuve que agarrarme a las barras de seguridad para no salir despedida del vehículo. Fui consciente, en medio de la nada, del estado de nerviosismo que me invadía. Cuanto más analizaba la situación, menos la comprendía. El coche se detuvo frente a una casa que ya conocía. Había pasado un siglo desde aquella noche en la que terminé liándome con Marina. Extrañaba esa época en lo que nada era lo suficientemente importante como para preocuparme, pero lo hacía. ¡Qué ironía ser capaz de reconocer que aquello que ya pasó, no era un problema real!

— Debes dormir, tienes mala cara.

— No sé si he dormido, no sé si he comido, no sé nada. Me han drogado, me han apuñalado, me han disparado, me han secuestrado…

— Marian, aquí estarás segura. Debe estar a punto de llegar.

— ¿Quién?

La puerta se abrió a cámara lenta. Allí estaba ella. Volvía a parecer aquella chica dulce, alocada, alegre y divertida. Sus ojos sugerían eso. Yo sabía que no era cierto, que eran solo recuerdos. 

— Me alegro de que estés bien.

— ¿Bien? ¿Quién coño está bien? 

— Lo vas a estar. Tengo un avión esperándote. Te sacaré de aquí. 

— No pienso ir a ninguna parte contigo, Cris. ¡Me apuñalaste! Casi nos matas a tu hermana y a mí. ¿De qué coño vas? ¡Vete a la mierda! ¡Os podéis ir todos a la mierda! Ni tú, ni Robert, ni Lauren, ni la madre que os parió, hará que me posicione. Es vuestra puta guerra. Dejadme al margen o seré yo la que se líe a tiros. 

— Eso no fue así. Marian, por favor, escúchame…

— ¡No! Ya me da igual. Os he escuchado a todos. He intentado entender toda esta mierda. Pero no tiene ni pies ni cabeza. Estáis todos locos. No vais a trastornarme a mí también.

— Te quiero.

Marina salió. Un escalofrío me paralizó. Su voz sonó igual que cuando me inundaba de besos junto a la Biblioteca Nacional. No podía creerme que después de todo lo que había pasado, aún me revolviera la sangre. Me abrazó, me hizo sentir la calidez de su cuerpo. ¿Me quería? ¿Qué forma de querer es esa?

— No me toques. No puedo más, Cris. 

— Vámonos. Iremos donde tú quieras. No importa el destino, estaremos juntas. Es lo único que he deseado todos estos años. Eres mi amor. Marian, cuidaré de ti -aseguró mientras me mostraba la pistola que escondía en su bolso.

— ¿Qué vas a hacer con eso? ¿Vas a intentar matarme de nuevo?

— ¡Nunca haría algo así!

— Aún me sangra la puñalada que me diste.

“¿Cómo puedes pensar que fui yo? Lauren te drogó. Mis contactos me dijeron que habías desaparecido de la fiesta. Yo estaba en un barco, a pocas millas de la costa. Acudí lo más rápido que pude. Sentí que te pasaba algo. Pero llegué tarde. Lauren iba a clavarte el cuchillo de nuevo, yo conseguí detenerla. Peleamos por él. No quise hacerle daño. Todo sucedió muy rápido. Cuando me di cuenta, ella se retorcía de dolor, tu sangrabas sin parar. Estabas dormida. Mis amigos me ayudaron a sacarte de allí. Catherine te cosió. Es un buen activo en mi organización. Ella te aprecia mucho. Se pasó meses intentando que te alejaras de esos hijos de puta. Ahora estás a salvo.”

Lauren me había apuñalado. No podía creerlo, aunque era lo que más lógica tenía. Aquella copa que me trajo con el “¿follamos o quieres otra?, quizá lo entendí mal. Quizá quería joderme. Pero, ¿por qué? 

— Llévame a casa.

— Marian, allí no estás segura. Robert y Lauren te buscarán por toda la isla.

— A esa casa no. Llévame a Madrid. Prométeme que si voy contigo, todo esto terminará.

— Te lo prometo, mi vida.

Me levanté del sofá raído. Cris me sujetó de la cintura. Un coche nos esperaba fuera. Nos sentamos detrás. Veía al conductor por el retrovisor. Conocía a ese hombre. Lo había visto antes. ¿Dónde? La paranoia me estaba afectando, o eso pensé. El coche se detuvo veinte minutos después. Cris y yo no habíamos compartido ni una palabra, aunque no dejó de abrazarme durante todo el trayecto. El chico nos abrió la puerta. Me tendió la mano, y me ayudó a salir. Su amplia sonrisa hizo que mi memoria despertara. Era el chofer que me llevó a Amedia. El muchacho de la eterna sonrisa. ¿Todas las personas que había conocido estaban relacionadas con “La guerra de los Rose”? No quise pensarlo más. Nada podía retenerme durante más tiempo en esa isla. 

La escalerilla parecía endeble ante la pesadez de mis piernas. Cris subía tras de mí. Intenté inspirar libertad, pero no era eso lo que sentía. Todo aquello no acabaría hasta que pudiera abrazar a mi madre. Tantos años fuera de casa, y ella siempre fue mi mayor refugio. Me quedaría con ella un tiempo. Buscaría un trabajo de lo que fuera. Intentaría recuperar la relación con mis amigos. Retomaría mi vida. Debía decidir si Cris formaría parte de ella. Quizá ella no estuviera interesada. Quizá solo se sentía responsable por haberme metido en aquella lucha interminable. Ya me había abandonado antes. Nada le impediría volver a hacerlo. “¿En qué coño estás pensando? ¿Acaso quieres estar tú con ella?”.

— En cuanto despeguemos, podrás tumbarte y descansar.

— Solo quiero llegar. 

El avión comenzó a rodar por la pista. El corazón me dio un vuelco según se alzó. Fui todo tan suave… No me podía creer que hubiera escapado de la locura en la que se había convertido mi vida. 


— Voy a pedir algo de beber. ¿Qué te apetece?

— Agua.

Cris pulsó un botón. Hizo su pedido. Pocos minutos después, un hombre trajeado apareció tras la cortina. Yo miraba con ansias cómo nos alejábamos del suelo, cómo todo se volvía pequeño. Por fin saldría de todo aquel lío. 

— ¿Le apetece algo más, señora? 

¡Esa voz! Me giré. Aquello no acabaría nunca.

— ¡No bebas! 

— Será mejor que permanezcan en sus asientos. Todo será mucho más fácil. Vamos a un lugar seguro, señora -afirmó, dirigiéndose a mí.

Cris intentó levantarse. Sy la empujó con fuerza. El reposabrazos se rompió en su espalda. Gritó de dolor. Por inercia, quise ir a socorrerla. “El mayordomo-auxiliar de vuelo”, me lo impidió con mucha suavidad. 

— Tengo que atarla, señora.

— ¿Crees que voy a ir a algún sitio?

— Es por su seguridad -insistió mientras las manos de Cris quedaban presas por unas bridas blancas.

Mi sangre circulaba mejor que la de ella. Parecía como si la verdadera amenaza habitara en el cuerpo de aquella mujer a la que tanto había amado. Ella dejó de retorcerse de dolor según Sy abandonó la cabina de pasajeros. Parecía estar bien, como si nada hubiera ocurrido.

— ¿Puedes soltarte?

— ¿Crees que estaría en esta posición tan cómoda si pudiera?

— ¿Quién es?

— El mayordomo de Robert.

— ¡Mierda! ¿Cómo coño se ha enterado? Ese mal nacido tiene oídos en todas partes. Seguro que fue la zorra de su mujer.

— ¡No hables así de ella! Quizá esté muerta. O secuestrada. O…

— Sí que te has pillado por ella. No eres capaz de ver lo evidente. Te ha manipulado. Se ha aprovechado de ti. Y no sólo en el plano sexual. Sí, sé que te has tirado a mi querida hermana. Te ha usado para atraerme. No parará hasta acabar conmigo. Tú pasarás de ser un bonito pasatiempo, a un daño colateral.

— Cris, ya no te creo. No te conozco. Lauren ha estado a mi lado. Tú no has visto el amor con el que me mira. Tú no has sentido sus caricias. No había nada falso en ellas. Siento que estés celosa.

— Eres una ilusa.

— Y tú una gilipollas a la que me he pasado años velando.

Sy regresó. Traía dos vasos con agua. Agarró a Cris de la barbilla e hizo que se bebiera uno de ellos. Ella comenzó a convulsionar. Sé que yo gritaba. Aquello era absurdo. Ya nos tenía amarradas. No había necesidad de asesinarnos en pleno vuelo.

— Bebe. 

Obedecí. No iba a poder negarme. Y, de nuevo, me dormí.

Desperté en un coche. Me llevó un rato enfocar lo que me rodeaba. Estaba en el asiento de atrás. Notaba a alguien a mi lado. Su olor me era familiar. Una mano se posó en mi pierna. Se acercó a mi oído y me susurró “todo irá bien”. 

¡Sus!

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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