Capítulo 42. Sin paz

Alimenté mis miedos con gambas. No se callaban. Mi última comida y no sabía a gloria, sí a desesperación. Poco importaba cualquier cosa. Cuanto más nerviosa me ponía, más contenta parecía Carol. ¡Menuda psicópata! 

— Buenas tardes, chicas. Me alegro de ver cómo disfrutáis de la isla. Marian, ¿cómo te encuentras?

— Quisiera irme a casa. 

— ¿No te gusta mi compañía, pequeña?

— No es eso. Necesito estar en mi sitio, volver a mi vida. He pasado unos momentos muy difíciles, y creo que retornar a la normalidad sería lo que calmara mis taquicardias.

— No es conveniente, Marian. Aquí estás segura. No sabemos qué planea Cris.

— No me siento segura. Quiero volver a mi rutina. No voy a dejar que una perturbada me impida hacer mi vida. Quiero ver a Lauren. Necesito saber que está bien.

Robert le pidió a Carol que nos dejara a solas. Se sentó a mi lado. Su mirada se tornó paternalista. Me tomó de la mano. Tardó un par de minutos en hablar, como si estuviera sopesando lo que iba a decirme. O inventándoselo, porque nada tenía sentido. 

“Marian, cariño, ya te dije que Lauren no es una buena compañía. Siempre fue una manipuladora, una mentirosa. Desde que tuvimos a Mark, todo fue a peor.. Fuimos a decenas de especialistas, y siempre el mismo diagnóstico, depresión. Sé que no es eso, sé que hay algo que no funciona. Ella sabe cómo engañar a la gente. Ha engañado a cada psicólogo, a cada psiquiatra, a cualquiera que se parara a escucharla. No quiero que lo haga más. Los últimos meses se ha estado obsesionando contigo. Sé que te gusta. Quizá estés enamorada de ella. No soy ciego. Hace mucho que nuestro matrimonio no es real. No me importa con quién esté o lo que haga. Pero no contigo. Te tengo mucho cariño. Ella te destrozará como ha hecho con todos.”

Claro…, muy lógico que un tratante de blancas me diga que la mujer a la que amo se dedica a joder a los que le rodean. Como si lo que él hacía fuera lo más normal del mundo. ¡Será capullo!

— Robert, no sé a qué viene todo esto, pero me da igual. Lo único que quiero es volver a casa.

— Eso es imposible. Debes quedarte aquí. ¿No has escuchado lo que te he dicho? Lauren es peligrosa. Más de lo que puedes imaginarte. Pasa aquí la noche, descansa, haz el amor con Carol y mañana verás las cosas de un modo distinto.

Carol regresó con Sy. Ambos parecían nerviosos, como si hubieran visto un fantasma. Quizá el fantasma de Lauren los persiguiera sin descanso. Ella se acercó a Robert y le susurró algo que no llegué a escuchar. Él empalideció. Alzó la vista, intentando encontrar algo que quizá ni existiera. Se levantó, fue a acariciarme la mejilla, intentando calmar sus temores. No pude evitar dar un respingo, que la sangre se me congelara, mientras un escalofrío me ponía los pelos de punta. Puede que su plan no fuera matarme, sino convertirme en una de esas chicas a las que llevaba a Grecia, a las que obligaba a prostituirse, o a casarse, o a saber qué.

— Tenemos que ir dentro.

— ¿Por qué tanta prisa? 

— No hay tiempo para explicaciones.

Sy me cogió en brazos, de tal forma que me era imposible soltarme. Corrió escaleras arriba. Carol abrió una puerta. El mayordomo me lanzó sobre la cama, sacó una llave y me encerró junto a la psicópata.

— ¡Esto es un puto secuestro!

— Eso lo hablas mañana con Robert.

— ¿Qué coño está pasando?

De repente, mis gritos fueron acallados por explosiones. Conocía ese ensordecedor sonido. Lo escuché miles de veces en películas. Eran disparos. Disparos tan cercanos que podía oler cómo la pólvora se quemaba. Ambas nos tiramos al suelo, cubriéndonos la cabeza con los brazos. El instinto puede llegar a ser tan absurdo… La posición de “cuerpo a tierra” no evita que una bala te atreviese el cráneo. 

— ¡Ya están aquí! -gritó con pánico.

— ¿Quiénes?

— Ellos…

Y con ese “ellos”, debiera darme por satisfecha. Me levanté y fui a la ventana. Iba a morir de todas formas, mejor hacerlo sabiendo lo que sucedía. Los hombres de Robert pisoteaban el verde césped, que vestía el jardín hasta el mar. Disparaban sus armas hacia el horizonte, donde solo se atisbaban leves sombras. Más de uno fue derribado. La sangre salpicaba la escena. Veía sus caras de dolor mientras caían al suelo. Las figuras se acercaban, iban ganando terreno. ¿Quiénes eran? ¿Quizá los malos? ¿Quizá los buenos? ¿Acaso importaba? Mi destino estaba escrito. Perecería allí, a manos de unos o de otros. 

El marco de la puerta cedió tras unos cuantos golpes. Hombres altos, enfundados en el riguroso negro exigido en ese tipo de ocasiones, entraron en la habitación. No me dio tiempo a saber cuántos eran. Todo sucedió muy rápido. Uno, el más alto, me cogió en volandas, revirtiendo el camino que poco antes Sy me obligó a recorrer. Cuando quise darme cuenta, estaba tendida en la cubierta de una lancha, que saltaba sobre las leves olas. No hablaron, no me golpearon, no hicieron nada. Se quedaron sentados, unos mirando al frente, otros comprobando si nos seguía, supongo… 

Nos detuvimos en un pequeño embarcadero. Parecía el mismo lugar, aunque esté más salvaje. Una isla sin jardineros que planten césped, o adornen los jardines con palmeras y arbustos. Allí solo había plantas trepadoras. Tantas, que escalaban incluso el suelo. Me ayudaron a salir del bote con mucha delicadeza. No me negué a seguirlos por la espesa jungla. A la secuencia le faltaban los golpes de machete. Y allí estaba de nuevo, frente a la cabaña de paja de la que en algún momento me rescataron, o me apresaron. 


La noche había ennegrecido el paisaje. Las antorchas oscilaban al son de la brisa. De la oscuridad, como parte de un espectáculo de sombras chinescas, surgió ella. Otra ficha más que añadir a aquel rompecabezas. 

— ¿Tú también?

— ¿Te han hecho algo?

No esperó mi respuesta. Se avalanzó sobre mí, abrazándome con la fuerza de mil mujeres. Me sentí reconfortada, durante un instante. Luego todo me sobrevino.

— ¡No me toques!

— Pensaba que te alegrarías de que te sacáramos de allí.

— ¿De qué me tengo que alegrar exactamente? Porque no lo sé. ¿De qué un tío loco asesine a su mujer y me secuestre? ¿De qué una banda armada se haya cargado a cincuenta tíos para traerme aquí? ¿De qué tú aparezcas y no sepa qué coño pintas en todo esto? Dime, ¿de qué me tengo que alegrar?

— De estar a salvo.

— ¡Ja! -aquello me hizo gracia-. Todos me decís eso. Pero, ¿sabes?, no me siento segura con ninguno de vosotros.

— Deberías descansar.

— ¡Tú deberías dejar de decirme qué hacer! No te conozco, Andrea. No sé quién cojones eres. Si de verdad te preocupa algo mi seguridad, llévame a casa. 

— ¡Sedadla!

Lo que sea que me metieran, tardó unos minutos en hacer efecto. Noté cómo el cuerpo me pesaba, cómo me quedaba sin fuerzas, cómo me era imposible pensar, cómo todo se volvía negro… Vacío. Nada.

Unas voces lejanas, como el murmullo de un río, me despertaron de mi letargo. Estaba enmarañada en una hamaca de hilo. Me costó un rato incorporarme. Caminé a trompicones hasta la salida. No es que hubiera mucho que andar, pero todo me costaba un mundo. 

— ¡Qué bien que despertaste!

— ¿Marina? ¿Tú también estás en esto?

— En cuanto no apareciste por el trabajo, me preocupé. Llamé a tus amigos, y di con Andrea. Me contó que ese cabrón te tenía cautiva en una de sus casa. ¡Hijo de puta! Sabía que era malo pero, ¿tanto? ¿Cómo te encuentras?

— No muy bien. Robert me secuestró. Andrea también.

— No puede ser. Ella me dijo que te habían salvado la vida.

— Tienes que ayudarme a salir de aquí.

No dijo nada más, cosa bastante rara en Marina, que no callaba nunca. Me agarró del brazo y me condujo hasta un jeep amarillo. No me había puesto ni el cinturón, cuando “el campamento base del equipo B” ni se apreciaba. 

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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