Capítulo 41. El sexo o la vida

Carol logró revolucionarnos a mis hormonas y a mí. No dejó que yo hiciera ningún movimiento, salvo el de contraerme en cada una de sus ofensivas. Mi mente se desdobló. Por una parte, disfrutaba de los placeres carnales. Por otra, pensaba en Lauren, ¿qué había sido de ella? Intenté mantener la mente fría, pensar solo en mi plan, en lograr que Carol depositara su confianza en mí, y poder salir de ahí, encontrar a Lauren y largarnos lo más lejos que pudiéramos. Resultaba del todo imposible no rendirme a los labios, a las manos, a los besos, a las caricias de Carol.

— Me alegro tanto de haber conseguido que te corrieras…

— Y yo de que lo lograras. Estoy hambrienta -dije intentando eludir el tema-. Me muero por unas aceitunas en condiciones. Las de aquí son horribles. Qué manía tienen de excederse con el vinagre. ¿Crees que Sy podría conseguirme algo decente para comer?

— Seguro que sí. Quizá debiéramos darles la tarde libre y follar en cada rincón de la casa.

— Primero me gustaría comer.

— Evitaré hacer un chiste fácil, pero me he puesto morada contigo…

El calor comenzó a trepar por mis mejillas. Me había ruborizado, y todo por el comentario de una loca a la que conocí una noche en la playa. ¡Mierda! ¿Quién invitó a Carol a mi fiesta? Simplemente estaba allí. Apareció de la nada. Robert también había hecho acto de presencia. ¡Joder!, incluso la metió en una de las campañas. Carol me había estado espiando desde el principio. Se había plantado en mi casa, en mi trabajo, incluso en Madrid. ¿Cómo no me había dado cuenta? Ella estaba en cada paso que daba. Y Robert detrás, agazapado, comportándose como un amigo, como si fuera mi protector, cuando había sido él el que me había metido en todo ese lío. 

— ¿Qué es lo que les gustaría tomar?

— Prepárennos algo que nos sorprenda, Sy. Ya sabes por dónde voy…

El mayordomo afirmó con la cabeza y, tras una pequeña reverencia, se marchó al interior de la casa. La confianza con la que Carol se dirigió a él no era nada normal. Estaba claro que esa no era su primera estancia en la isla. A saber a cuántos rehenes había entretenido con su lengua.

— ¿Habías venido antes?

— ¿Aquí? No, es la primera vez. Robert y yo nos conocimos cuando hice de modelo en su empresa. Se portó muy bien conmigo. Es un hombre encantador. Lástima que esté casado y que yo no salga con tíos desde los treinta. 

— ¿Quedas mucho con él?

— ¿Te estás poniendo celosa? -preguntó con tono burlón-. Ya te he dicho que no tienes de qué preocuparte. Con mi ex marido tuve suficiente.

— No sabía que habías estado casada.

— Pequeña, hay muchas cosas que no sabes de mí.

Sy apareció justo cuando iba a insistir con mi duda no resuelta. La mujer minúscula lo acompañaba, con su característica jarra de té. Como siguiera bebiendo aquello, me daría un infarto. 

— Espero que sea de su gusto.

— Sabía que acertarías.

— ¿Ostras y vino blanco? ¿Cómo es posible que supiera que esto te gustaría?

— Serán poderes de mayordomo.

“Y yo me chupo el dedo”.Carol me había mentido. Sí, lo había hecho muchas veces, pero esta fue particularmente aclaratoria. Comencé a sospechar que entre ambos existía algo más que una amistad. Estaban liados, no tenía la menor duda. ¿Sabría Lauren lo que sucedía? Poco podía importarle cuando su vida corría peligro. ¿Y la mía? Carol no había dado ni un sorbo a aquel té que se empeñaban en que bebiese. Lauren y yo lo habíamos compartido. Estaba casi segura de que nos habían drogado. Quizá eso fue lo que me empujó a salir en medio de la tormenta, o lo que hizo que creyera que era ella la que había pedido que me sedaran. A mí me habían dejado ahí pero, ¿qué habían hecho estos cabrones con ella? 

Carol engullía las ostras. Mi apetetito estaba desatado, he hice lo mismo. Hubiera pagado lo que fuera por una ración de bravas o de jamón serrano del más barato. Echaba de menos un buen cocido. Hasta un plato de lentejas. En cuanto todo eso acabara, volvería a Madrid. El Caribe está bien, pero de vacaciones, como en casa, ya se sabe, en ningún sitio. 

Mi teléfono seguía en la mesa. Lo cogí, me disculpé y me encerré en el baño. Aquello no era emocionante. Daba un miedo de cojones. Todo el día temiendo por mi vida, sin saber en quién confiar. Bueno, eso sí lo sabía, confiaba en la persona que había estado tanto tiempo a mi lado. Debía intentar llamarla.

— ¿Si?

— ¡Qué alegría oír tu voz! Pensé que no lo cogerías.

— Que seas una gilipollas, no implica que yo también.

— ¿Cómo va todo?

— No me llamas para preguntarme eso. Te conozco y sé que pasa algo.

— Sus… -rompí a llorar-, quieren matarme.

— ¡Tú flipas! ¿Tan idiota te has vuelto? No hace falta que te inventes una historia de mierda para hablar conmigo. Con una disculpa es suficiente.

— ¡Joder, es verdad! Estoy atrapada en una isla. Hay una señora bajita que quiere drogarme. Y un mayordomo que seguro tiene algo que ver. Carol también está aquí. Creo que ha asesinado a Lauren, y ahora viene a por mí. Necesito que hagas algo, Sus, por favor.

— Ya he mandado a las tropas de asalto. Tranquila, mujer, tu Sus está aquí.

— ¿Quieres dejar de reírte?

— Tía, no sé qué mierda has tomado, pero paso del tema. Cuando estés menos colocada, me llamas y charlamos.

— ¡Sus!

Ya había colgado. Ella era mi única esperanza. Seguro que Robert había escuchado la conversación, seguro que mandaría que terminaran de una vez conmigo. Y la imbécil de Susana Prieto, había preferido tomarme por una colgada. 

Regresé junto a Carol, que se estaba deleitando con una bandeja de marisco a la plancha. Estaba seca como un palo, pero tenía buen saque.

— ¿Todo bien? Has tardado mucho, ¿no?

— Sí, perdona. Cuando estábamos en la playa, me he dado cuenta de que tenía unos pelillos en la ingle, y quería quitármelos antes de proseguir.

— No hacía falta, pequeña. En esos momentos no me fijo si tu depilación es perfecta. Pero me gusta que quieras estar aún más guapa para mí.

— Si te metes entre mis piernas como antes, es lo mínimo que puedo hacer.

— Me estás poniendo muy burra. Lástima que nuestra sesión de sexo deba posponerse hasta la noche. Robert me ha llamado. Su reunión terminó pronto. Coge el helicóptero y viene para acá.

¡Mierda! Carol era gilipollas. Fue muy fácil engatusarla. Robert no era así. Seguro que venía a rematarme él mismo. Me temblaban las piernas. Veía mi final en aquella puñetera isla, a manos de esos dos locos. 

— ¿Cuándo has hablado con él?

— Mientras te empolvabas la nariz. Aunque, si quieres, para un par rápidos tenemos tiempo.

— Tengo mucho hambre. No puedo follar con el estómago vacío.

— Le pediré a Sy que la cena esté compuesta por platos contundentes.

Le sonreí, como sonríen los condenados a muerte, sin ninguna gana. Podía intentar nadar hasta otra isla. Esconderme en alguna selva, vivir con los indígenas. Sí, yo también pensé que era absurdo. Terminaría ahogada en medio de la noche. Que muerte más horrible. Esperaba que Robert tuviera más compasión que el mar, que acabara rápido conmigo. Sí, esa era mi única salida, rendirme y dejarme morir en uno de los lugares más hermosos del mundo.


 

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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