Capítulo 40. Todo lo que empieza, sigue

“¿Qué estáis haciendo? ¿Qué le habéis dado?” “Ahora estará mejor. No puede seguir investigando.” “Eso no es decisión tuya.” “Sí lo es. Lo es. Lo es. Lo es. Lo… Lo….—————-”

— ¿Cómo se encuentra?

— Aturdida. ¿Quién eres?

— El mayordomo, señora. ¿Necesita que le traiga algo?

— A Lauren.

— La señora ha salido. Puede esperarla abajo, si lo desea. Le prepararemos algo de comer.

Me costó un tiempo ponerme en pie. Fui tambaleándome hasta la puerta principal. La luz me cegó por completo. Necesitaba ese aire húmedo para seguir respirando. Sy, el mayordomo, me acompañó hasta la pequeña mesa en la que Lauren compartió una parte muy oscura de su vida. La mujer menuda reapareció con su jarra inmensa de té. Colocó dos platos, y sirvió algún tipo de pescado, tan bien decorado, que hasta resultaba apetecible.

— ¿Me acompañará alguien?

— No lo sé, señora.

Sy no tardó en aparecer. Llevaba un paño blanco en el antebrazo, como los mayordomos de las películas. Me mostró una botella de vino, esperó a que yo, una completa analfabeta en esos temas, aceptara su sugerencia y sirvió dos copas.

— ¿Quién comerá conmigo?

— Una amiga del señor. Está en la playa. Subirá en pocos minutos.

— Se enfriará el pescado.

— Es un plato frío, señora. Es un marinado en crudo.

Me dieron náuseas. Nunca fui una amante del sushi, y aquello tampoco es que se pareciera mucho. Olisqueé el plato, quería saber si trataban de envenenarme. No olía a raticida. No sabría definir aquella mezcla de olores.

— Me alegro de que te hayas despertado. He traído un par de bikinis de tu casa. El agua está deliciosa.

— ¿Qué cojones haces aquí? 

— Lauren ha tenido que salir del país. He venido a hacerte compañía.

— Has venido a vigilarme. ¿Desde cuándo eres amiga de Robert? ¿Dónde está Lauren?

— Tranquila, cariño. Vamos a comer y luego nos damos un chapuzón.

— ¡Ni cariño, ni hostias! Carol, responde.

Y como el que oye llover, prosiguió con su charla sobre el mar, y lo delicioso que estaba el pescado. Yo no podía comer. La cabeza me daba vuelta. ¿Qué pintaba Carol en todo esto? ¿Acaso Robert había hecho que Lauren se fuera? Quizá la había matado mientras yo dormía. Pero fue ella la que llamó al médico. Estaba casi segura de que Robert le recriminaba mi sedación forzosa. Quizá mi mente, al no poder desenmarañar todo aquello, lo complicaba aún más. 

— Tienes que comer, amor. Necesitarás energías para esta noche -amenazó con un guiño.

— No sé si me da más asco el pescado o tú. ¿De verdad te piensas que puedo ir a bañarme contigo como si nada? 

— No hablaba de nadar.

Su pie se aventuró a acariciar mis piernas.  Me eché hacia atrás. La silla cayó al suelo, yo intenté mantener el equilibrio mientras las arcadas me sobrevenían y Carol seguía ahí, como si nada fuera con ella.

—¡Tengo que salir de aquí!

— A menos que te saques una avioneta del bolsillo, lo tienes difícil.

— ¿Dónde coño estamos?

— En una pequeña isla.

  
¿En una isla? Robert me había dejado incomunicada. Y con la compañía de una loca, un mayordomo y una señora bajita. Tenía que salir de allí pero, ¿cómo? Lo mejor era cambiar de estrategia.

— Sy, por favor, necesito hablar con Robert.

— Sí, señora.

No tardó ni dos minutos en regresar con un móvil. Me lo tendió. Yo me quedé mirándolo. ¿Era mi teléfono? Lo desbloqueé. La foto de mis amigas estaba oculta tras un montón de aplicaciones. Quizá me estaba volviendo paranoica, pero no podía fiarme de lo que Robert hubiera hecho con mi teléfono. Seguro que podía escuchar mis llamadas. Abrí la agenda, busqué su nombre y llamé.

— Robert, soy Marian.

— ¡Marian! -parecía realmente entusiasmado por oír mi voz-. ¿Cómo te encuentras?

— Tengo que volver a casa, tengo mucho trabajo, no puedo quedarme aquí.

— Marian, cálmate. Ahí estás segura. Nadie te hará daño.

— ¿Quién quiere hacerme daño?

— Ya lo sabes. Mira, Carol es una buena amiga. En cuanto le conté lo que pasaba, no dudó en ir a cuidarte. Con ella estarás bien. Estás en tu casa. Disfruta y no pienses en nada. Yo me encargo de solucionarlo todo.

— Pero, Robert…

— Tengo que entrar a una reunión. Iré a visitarte en cuanto pueda.

Y colgó. No sé por qué, cuando alguien nos deja con la palabra en la boca, miramos el teléfono, como si este de verdad fuera inteligente y pudiera darnos las respuestas que buscamos. ¿Él se encargaba de solucionarlo? ¡Él era el motivo de mis problemas! Volví a pensar en Lauren. Estaba preocupada por ella. Pero no podía hacer nada. Recordé nuestra conversación, cuando me dijo que fue horrible convivir con alguien como su marido. Quizá yo debiera hacer lo mismo. Quizá esa era la solución. Me bebí la copa de vino de un trago, intentando arrastrar el asco que me producía lo que iba a hacer. Cogí de la mano a Carol, que no tardó en levantarse. Siempre me sorprendía lo alta que era. La acerqué a mí y la besé con las ganas que reservaba para Lauren. Ella se quedó sorprendida ante mi cambio de actitud. ¿Qué más podía hacer? Necesitaba engañarla, que confiara en mí. Quizá me abriera las puertas para salir de la isla o para conocer el paradero de Lauren.

Carol se deleitaba con nuestros besos, mientras yo contenía mis tripas dentro del cuerpo. Se empeñó en ir a la playa. Me arrastró. Sobre la ardiente arena, se quitó la ropa. Un pequeño bikini le cubría. Prosiguió con la mía. “Se me va a llenar la ropa de arena… ¿Estás idiota? ¡Te vas a follar a un pirada! Todo sea por salir de aquí”. 

— Deja que empiece aquí.

Carol se arodilló. Las olas mojaban mis pies. Me abrió un poco las piernas, lo suficiente como para que su lengua me acariciara. Un escalofrío me recorrió. Me estaba gustando… Quizá fuera verdad que me volví una especie de adicta al sexo. O puede que Carol no me hubiera demostrado hasta ese momento lo que sabía hacer. Tuve que sujetarme en su cabeza. Su pelo se ensortijó por las pequeñas gotas que le salpicaban. Si seguía mucho tiempo ahí, no iba a poder evitarlo. Lo disfrutaba. 

— No quiero que te corras aún.

— No pares, joder.

De un bocado, se llevó mi orgasmo, quizá mi integridad. Pero…, ¡qué agusto me quedé!

— Vaya, no sólo has cambiado de opinión, también parece que te gusta que te lo coma.

— Nunca me ha disgustado. Eras tú la que no quiso tocarme.

— Solo tenía miedo -miedo me daba a mí que pareciera una persona normal.

— Te he perdido muchas veces por ello. No dejaré que suceda más. No pienso soltarte hasta que caigas rendida.

— ¿Es una amenaza?

— Es lo que va a pasar…

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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