Capítulo 39. El día que no amaina

Las palmeras se movían como si fueran de goma. Sus robustos troncos cedían al envite del viento. Sus hojas, en un baile constante, producían un estruendoso ruido. El ambiente era tan denso que podía haber cogido una brizna de aire. 

Me había sentado en una de las sillas, con la absurda esperanza de que la tormenta pasara pronto y que Lauren prosiguiese con su historia. Ella deambulaba de un lado a otro, con un paso mecánico, perdiéndose en sus propias palabras. Me hablaba de cada persona que había vivido en esa casa. No me interesaba, suficiente tenía con escuchar mis pensamientos.

Robert, aquel tipo que me brindó la oportunidad de cambiar de vida, que me resultó chulo y odioso, al que terminé teniendo aprecio, era un salvaje. Traficar con mujeres…, ¿qué clase de energúmeno haría algo así? Intentaba recordar cada una de sus conversaciones. No encontré ninguna que fuera la llave que desvelara su auténtica personalidad. Había pasado tanto tiempo junto a él, y no fui capaz de reconocer a un sociópata. ¿Tan cegada estaba por mi resplandeciente trabajo? Pensé en Sus. Hacía mucho que no sabía nada de ella. La soñé, soñé que estaba a mi lado cuando me drogaron, cuando me creí asesina y muerta. Me había alejado de mis amigas, incluso de mi familia, me había centrado en mirarme el ombligo, en saltar de cama en cama, de beso en beso. Debía volver atrás, recuperar lo que un día abandoné, y ahí me incluí yo misma. Lauren parloteaba sin descanso, y yo le seguía dando vueltas a Cris, a Robert, a esa pobre gente a la que hicieron daño. Los dos eran culpables. Ambos habían herido a las personas que los amaban. 

El oxígeno no llegaba a mis pulmones, por más fuerza que hacía, estos seguían colapsándose en mi pecho. Me levanté y corrí hacia los estupefactos brazos de Lauren. Ella me miró con dulzura, acariciándome el pelo. No pude evitar derretirme ante la única persona que me mostraba un cariño real en Virgin. Mis labios, sus labios, se perdieron en un bucle infinito de besos. La pasión no nos visitó aquella vez, pero sí un ansia incontenible por redescubrirnos. Me hubiera desnudado allí mismo, sin importar que aquella mujer desnuda apareciera de repente. No pudo ser. Una piedra, del tamaño de una canica, atravesó el cristal, abriendo paso a que la tormenta accediera a la casa. ¿Tan fuerte era el viento? Lauren me agarró de la mano, y me arrastró hasta una pequeña habitación debajo de la escalera. 

— Vayamos fuera. Quiero ver la fuerza de la naturaleza.

— ¿Estás loca? Ya lo verás mañana en la televisión. Este es el lugar más seguro. Estaremos bien, te lo prometo.

— Lauren, necesito ver la tormenta. Necesito sentirla.

— Siénteme a mí.

Y así, con esas palabras, me rendí ante sus caricias. ¿Cuántas veces nos vimos en las mismas? ¿Cuántas me eché hacia atrás por recordar a Cris? No esa vez, porque era con Lauren con la que quería fundirme. La temperatura había bajado, pero mi cuerpo ardía al contacto con el suyo. Su aliento en mi cuello lograba que mis poros compusieran un mapa sobre mi piel. No lo supe hasta entonces, pero ansiaba su cuerpo, ansiaba tenerla. Lentamente, fuimos cayendo al suelo, donde la ropa dejó de ser un inconveniente más en nuestra truncada relación. Su lengua no calmaba mi ardor, lo encendía aún más. No podía contenerme, no era capaz de prolongar aquel orgasmo que me acompañó desde la primera fiesta en su casa, desde que estábamos en su vestidor. En el fondo tenía claro que no era Cris, sino una persona distinta, una mujer con la quería amanecer, con la que quería no dormir. Me había enamorado de ella sin darme cuenta. La quería. La amaba. Y había sido una gilipollas por no ser consciente de ello, por creerme todavía entre las garras de su hermana. 

— Por fin lo logramos.

— ¿Acaso soy un reto? –pregunté claramente enfadada.

— Lo eres. Eres mi reto, Marian. Quiero besarte cada segundo. Me faltaba algo en la boca y eran besos. ¿Cómo no va a ser un reto tenerte a mi lado? ¿Cómo no va a serlo conseguir que te quedes?

— No quiero quedarme. Vayámonos. Lejos, muy lejos.

— ¡Te has vuelto loca! ¿Sabes lo que Robert nos haría? No puedo dejar a mi familia.

— Tu marido es un cabrón sádico.

— No puedo dejar a Mark. A saber qué le haría su padre con tal de vengarse de mí.

— Pues nos vamos los tres. Lauren,dejemos esto. Tengo dinero ahorrado. Podemos ir donde quieras.

— Daría igual lo lejos que nos fuésemos, Robert nos mataría.

— No puede abarcar todo el mundo. Por favor, no dejemos que él nos meta miedo. Te quiero. Y me da igual vivir en una chabola o debajo de un puente, me da igual todo si estamos juntas.

— ¿Te estás escuchando? Hasta hace un rato ni siquiera confiabas en mí. Las cosas no se hacen así. No te fugas con alguien por haber echado un polvo. 

— ¿Un polvo? ¿En serio? ¿Eso soy? ¿Un puñetero polvo? Cuando nos vimos por primera vez, cuando me besaste, me dijiste que llevabas años esperando por mí. Ahora solo soy un polvo… Enhorabuena, conseguiste acostarte conmigo. 

Me escabullí de su cuerpo, de las manos que sentí que me apresaban, abrí la puerta y salí. Todo estaba lleno de arena, la playa parecía haber encontrado un nuevo hogar. Era muy difícil respirar, no sé si por la angustia o por el polvo en suspensión que no dejaba de entrar. Me abrí paso entre el viento, y logré llegar fuera, donde todo era tan caótico y hermoso a la vez. No sé si era la lluvia o el granizo lo que se clavaba en mi piel. Quizá fuera la tierra, que rabiosa, escapaba alzando el vuelo. Caminé esquivando los escombros de lo que antes era calma. Por primera vez en mucho tiempo, no quise cambiar el dolor emocional por el físico. El viento no soplaba, me gritaba que fuera más allá, hacia unas indomables olas que se chocaban contra lo que antes fue un lugar de paz.  Continué mi marcha, mientras seguía oyendo esas voces que llegaban entrecortadas, “¡Marian! ¡Marian!” De pronto, todo se volvió negro. 

  
— ¿Cómo te encuentras?

— Me duele la cabeza. Creo que me va a explotar. 

— Te llevaste un golpe muy fuerte. No debiste salir. 

— Ni tú jugar conmigo.

— ¿Jugar a qué?

¡Mierda! ¡Qué bocazas! No vi que Robert estaba allí. Podría haber pedido que la tierra me tragase, pero estaba convencida de que estuvo a punto de hacerlo. 

— ¿Qué te pasó? Lauren me contó que os refugiasteis en el cuarto de la limpieza, y que de pronto te vio salir desnuda. Menos mal que llegué. Casi no lo cuentas. Bueno, lo importante es que estás bien. No dejes que el miedo se apodere de ti de esa forma. 

— ¿El miedo?

— Lauren, ¿nos dejas solos? Marian -prosiguió una vez que ella desapareció de la habitación-, estoy preocupado por ti. Sé que lo estás pasando mal, pero tienes que dejar de hacer estas cosas, de poner tu vida en peligro. Quizá debí hablar contigo antes. Sé que últimamente estás estrechando lazos con mi mujer. Normalmente me parecería bien que se relacionara con gente de su país, pero a ti te está afectando. Lauren puede ser…, Lauren puede joderte la vida si se lo propone.

— Robert, no te entiendo.

— Ella tiene esa capacidad, la de comerte la cabeza y que dejes de pensar por ti mismo. Llevo años intentando que esté bien, que esté satisfecha con todo. Ella nunca lo estará, siempre querrá más, siempre querrá aquello que no puede tener, ahora te quiere a ti. Marian, no te pido que te alejes de ella, solo que tengas cuidado. Lauren es una persona inestable.

— No lo es. Es una mujer muy segura. No sé por qué me dices todo esto, Robert. Supongo que es porque soy lesbiana. Aunque quisiera, esa es una parte de mí que no puedo cambiar. Aunque te moleste, soy y seguiré siendo lesbiana.

— ¿Por qué iba a molestarme? ¿Crees que temo que transformes a mi mujer? ¡No digas tonterías! He intentado avisarte.

Lauren regresó junto con un hombre que portaba un maletín. Pronto se identificó como médico, invitó a mis anfitriones a marcharse, examinó la herida de mi cabeza, y comenzó a hacerme preguntas un tanto sospechosas. Quería saber si a veces me sentía triste sin motivo aparente, si tenía ganas de autolesionarme, si dormía bien, si me irritaba con facilidad…

— Voy a ponerte esta inyección. Te sentirás mucho mejor en un rato.

— ¡No! ¡Maldito hijo de puta!

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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