Capítulo 38. La tormenta perfecta

Lauren temblaba. Me miraba como si no me conociera. Quizá ni yo misma lo hiciera. El cuerpo me pesaba, aunque me sentía con fuerzas. Cris me apuñaló. ¿Por qué haría eso? ¿Sería verdad? Dudaba de todo. Ellas me hicieron dudar. Lauren y Cris me hacían dudar. ¿A quién creer? La tormenta rompió sobre nosotras. El suelo comenzó a emanar vapor. Llevaba poco tiempo en aquella isla, pero sabía lo que iba a suceder. Busqué mi móvil con la intención de consultar las predicciones meteorológicas. Siempre obsesionada con el tiempo. Comparaba la temperatura de Virgin con la de Madrid. Sonreía al ver que allí estaban a menos de diez grados. 

— ¿Dónde está mi teléfono?

— Cris nos los quitó. Robert no los encontró. Te dará otro, no te preocupes…

— Siento no habértelo contado. Cris me pidió que no lo hiciera. No entiendo lo que sucede. Tú insistes en que Robert es malo. Robert dice que lo es Cris. Cris asegura que lo sois los dos. Pero ninguno me da motivos. Lauren, por favor, sácame de las sombras y dime qué está sucediendo y por qué estoy en medio de todo esto.

— Robert es… ¡Robert es un hijo de puta! Le jodió la vida a Cris cuando la internó.

— Creo que tú no te opusiste.

— No lo entiendes. Estaba enamorada. Él siempre parecía saberlo todo. Me dejaba guiar por cualquier cosa que dijera. Y, eso de ser lesbiana era, cuanto menos, una novedad en mi familia. Si Robert lo veía como una enfermedad, yo también.

— ¿Una enfermedad? Lauren, ¡te has liado conmigo!

— Que lo pensara entonces no significa que lo siga haciendo. 

— ¿Qué te hizo cambiar?

— Estaba embarazada. Él no venía mucho por casa. Contraté un detective. Lo que descubrí me hizo replantearme quién era mi marido y todas las cosas que tenía por ciertas.

— Lauren, ya basta de rodeos. Cuéntame toda la historia.

“Había llamadas extrañas a casa. Comencé a sospechar, pero lo achacaba al embarazo, me sentó fatal y no pensaba con claridad. Robert iba y venía sin reparar mucho en mí. Yo lo necesitaba a mi lado. Íbamos a ser padres, y parecía no importarle. Un día, desayunando con una amiga, esta me comentó que había contratado a un tipo para que siguiera a su marido, y que le había pillado liándose con una chica. Algo se revolvió en mí, y opté por saber si Robert ya no me quería por haberme quedado embarazada. No lo habíamos planeado así.”

Lauren iba bajando la voz cada vez más. Me costaba seguir la conversación. Ella parecía apenada. Los recuerdos tienen esa cualidad, la de remover nuestras emociones o nuestras conciencias. La misma mujer que me sirvió el té, apareció de nuevo con otra jarra y unos aperitivos. Tenía hambre. No sé si de comida o de conocimiento. ¿Qué me pasaba? Devoraba todo con ansias

“Guillermina, mi amiga, me dio la tarjeta del detective privado. Me dijo que ella llevó las fotos a su abogado, y que se iba a quedar con la mayoría de sus bienes. A mí me importaba muy poco el dinero. Solo quería saber si él se veía con otra. Al día siguiente, contraté sus servicios. Tardó casi dos meses en ponerse en contacto conmigo. Yo estaba muy enferma. El médico me había obligado a permanecer en reposo absoluto. Un embarazo de riesgo… Cuando llamó, y me contó todo aquello, solo pude colgar el teléfono. Las pruebas llegaron poco después a un correo electrónico seguro, que él me había proporcionado. Robert sabía todas mis claves. No podía arriesgarme a que descubriera que le estaban siguiendo. Después de eso, de ese mazazo, pedí el divorcio. Aquello me provocó un aborto. Me rompí. Robert consiguió que me internaran en un centro de salud mental, y la demanda no prosperó. Una enfermera, me hizo unos análisis de sangre, pues yo no terminaba de mejorar. La chica era nueva. Le advertí que me habían analizado la sangre un millón de veces. Ella insistió. El resultado fue que me habían estado drogando. Llamó al director del centro para contárselo. Nunca volvió. Me asusté tanto… Robert había matado a nuestro hijo. Casi me mata a mí. Con la poca claridad que me brindaban aquellas pastillas, lo convencí para que me sacara de allí. No sabes lo que es tener que besar y follar a un tío que ha sido capaz de semejante crueldad.”

— Lo siento. Debiste sentirte traicionada.

— Eso es poco. Lo quería tanto… Y él…, él solo me quería lejos -rompió a llorar.

— No entiendo sus motivos. ¿Descubrió que lo espiabas?

— Sí, pero me enteré mucho después, cuando comencé a desenmarañar sus historias.

— ¿Cómo lo supo?

— El dinero te hace poderoso. Se dedicó a pagar millonadas a todo aquel que pudiera decirle algo de mí. Encontró al detective, que no tuvo mucho inconveniente en venderse, en venderme.

— ¿Qué había en aquel correo?

— No sé si debo contártelo.

—¡Déjate de gilipolleces y dímelo!

La mujer menuda volvió, esta vez con unas ensaladas. Parecía que sabía el momento exacto en el que interrumpirnos. Lauren se secaba las lágrimas. Yo la entendía. También había amado a alguien que me quiso asesinar. Sabía lo que se sentía, lo que dolía, lo que abrasaba. Cada vez era más consciente de lo sucedido. Cada vez me amargaba más la idea de que Cris, mi Cris, aquella que volvió mi mundo del revés, estuviera trastornada. Aunque, ¿cómo reprocharle que se le fuera la cabeza después de lo que había vivido? Pero, ¿matar? ¿Se podía perdonar eso? No era capaz de encontrar una relación entre lo que recordaba de ella y en lo que se había convertido. 

— Por favor, continúa.

“Abrí el correo. El detective solo había escrito: “¡sal de ahí!”. Dudé. No estaba segura de querer corroborar lo que me contó por teléfono. Había varios archivos adjuntos. Fotografías de Robert reuniéndose con gente que no había visto antes, entrando a un restaurante griego, en zonas que jamás hubiera pisado. También había registros de sus llamadas. Se pasaba horas hablando con alguien en Voula, una ciudad al sur de Atenas.”

— Me estás sacando de quicio. Ve al grano. No creo que tuviera una amante en Grecia.

— Eso pensé. No la tenía. Era mucho peor.

— ¿Qué coño era?

“Robert tenía contactos con la mafia griega. Creí que eran drogas. Pero una foto lo aclaró todo. Estaba él, con un tipo con pinta de baboso. Metían a un montón de chicas en un camión. Parecían tan asustadas… Abraão, el detective, había seguido a aquellas muchachas hasta Voula. De allí pasaban a Europa. Eran unas crías. Y mi marido se dedicaba a venderlas como si fueran objetos. Niñas secuestradas y obligadas a prostituirse.”

— ¿Me estás diciendo que Robert se dedica a la trata de blancas?

Asintió con la cabeza. Seguía lloviendo. Las gotas que resbalaban de su pelo, se mezclaban con la explosión de lágrimas. El aire comenzó a volverse más denso. Soplaba el viento. Aquello no sería una tormenta cualquiera, sino una tropical. De esas que se convierten en huracán. Por suerte, Virgin contaba con algún tipo de bendición divina, porque siempre se salvaba de los desastres naturales, y todo quedaba en un pequeño susto de intensidad dos.

  
— Es mejor que vayamos dentro.

Seguí a Lauren hasta un inmenso salón. Estaba decorado con figuras de porcelana. Las paredes pintadas de verde pistacho. Unas pequeñas mesas de madera dominaban la estancia.

— Esta es la sala del té. Decidimos conservar toda la esencia de la casa. Con solo entrar, puedes remontarte trescientos años. Era de un…

— ¡Me importa una mierda la casa! -le interrumpí-. No puedo creerme que Robert, un tío que dirige un millón de empresas, que le sale el dinero por las orejas, se dedique a traficar con mujeres.

— Shhhh, aquí no. 

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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