Capítulo 37. Silencio, se rueda

Un estruendo me hizo encogerme. Oí un grito.Me llevé la mano al pecho. Sangraba. Mis rodillas cayeron sobre el suelo de mármol rosa. ¿Quién pone mármol en una terraza? Rosa. Siempre odié ese color. Me miré las manos, que se tiñeron nuevamente del color de mi sangre. Las voces se acercaban. Chillaban a mi alrededor. Yo no podía hablar. El aire se había quedado prisionero en mis pulmones. ¿Así sería mi muerte? Mis manos intentaron sujetar mi cuerpo. No podía. Todo era borroso, casi inexistente.

—Te has muerto.

—¡No! Sigo aquí. Estoy viva.

— Te has muerto. Escúpelo.

— No más. No puedo más.

El sonido de los insectos me aturdía. Cri, cri, cri, cri… Alguien cantaba.

“Pues sí que he muerto, pensé. ¿Acaso importaba? ¿No era ese el fin último de mi vida? Morir. Se está bien en la muerte. ¿Dónde dejé mi vida? Da igual. Tengo el mal en mí. El rosa huele a frío. Todos mueren. Yo muero. El pájaro no deja de iluminarme. ¡Síguelo! No sé qué tipo de ave es. ¿Te vas a preocupar ahora por eso? ¡Síguelo! Floté por encima de la arena. ¿Cuándo llegué a la playa? Siempre te preocupas de más. Quiero volver. Aún no estás lista. ¿Qué está sucediendo? Bebiste de más. ¿Estoy borracha? Disfruta del viaje. No me despedí. Nadie quiere que lo hagas. El pájaro nada. ¿Podré también nadar? ¡Síguelo! Tengo sed. Bebe. El agua es como el lodo. ¡Escúpelo! ¿Por qué me has matado? Te has muerto tú. No puedo nadar, mis brazos pesan demasiado. Flota. Me hundiré. Estás en el fondo. ¿Qué es todo esto? Es hora de regresar. ¿A dónde? A tu cuerpo. Pero se está bien aquí. Volverás.”

Cri, cri, cri, cri… “Es hora de acabar el ciclo”. ¿De quién es esa voz? Mis ojos comenzaron a abrirse. La tenue luz del amanecer iluminaba aquel chamizo. Todo estaba lleno de alfombras, hasta las paredes. Alfombras mohosas por la humedad. Cri, cri, cri, cri… ¿Por qué ese hombre toca una maraca? 

— Fuiste fuerte y regresaste.

— ¿De dónde?

— Vamos a desayunar.

Seguí a aquel hombre menudo, ataviado con una túnica de colores pastel. No entendía nada. Me encontraba fatal. ¡Mi pecho! La herida seguía ahí. Parecía que las palabras se agolpaban en mi mente, para no decir nada, para provocar ese silencio tan incómodo como necesario. Unas tortillas, judias, hojas de palma cocidas con algún tipo de relleno incomible. Tenía hambre. Lo devoré. Era asqueroso. Sabía a rayos. Asentaron mi estómago. Necesitaba lavarme los dientes. Un sabor alcalino se había aposentado en mi boca.

— ¿Qué es todo esto?

— El viaje de los espíritus.

— ¿Qué dices?

Estaba mareada, y hablaba como si me hubiera bebido todo el ron de los piratas. ¿Estaba borracha o tenía resaca? Dos pequeñas mujeres me llevaron a una hamaca, debajo de una inmensa palmera. Me dormí.

Fui despertando lentamente, como cuando eres una niña, es sábado, y lo que más te preocupa es si podrás salir a jugar o lloverá y pasarás la tarde jugando al parchís. Como cuando las sábanas se vuelven tan suaves que tus pies no dejan de acariciarse en ellas,y aún te quedan un par de horas para que el despertador de advierta de que debes despertar. Me sentía limpia, como tras un largo baño en un lago glaciar. ¿Qué había pasado?

Me costó un poco recuperar mis funciones motoras. Pero, poco a poco, conseguí bajarme de aquella hamaca. Caminé por un césped muy cuidado, hasta una casa enorme.quizá la de un capitán de la armada británica. El mar me quedaba a un lado, aunque cerca, porque notaba las pequeñas gotas que se desprenden de las olas al chocar contra el acantilado. Iba a haber tormenta. Sentía los iones en mi piel. Me había recargado. ¿Sería verdad aquello de las baterías internas? Nunca creí que funcionásemos por medio de pilas invisibles. En ese momento, no es que lo creyera, es que lo sabía.

  
Una mujer apareció de la nada. El blanco de su mandil contrarrestaba el moreno de su piel. Llevaba una bandeja con una jarra y un vaso enorme de lo que parecía té con limón. Lo colocó sobre una mesa de metal, con la pintura carcomida por el salitre. Me invitó a sentarme. Tenía mucha sed. Bebí y bebí. Era tan refrescante que no podía dejar de servirme un vaso tras otro. La mujer vino a reponer la jarra. Había vaciado su contenido antes de que el insoportable bochorno derritiera los hielos.

Me quedé absorta, pensando en todo lo que había ocurrido. ¿Dónde estaba la choza de la que salí con aquel hombre? La busqué con la mirada. Nada. Una sombra con pamela se dirigió a mí, dejando el sol a su espalda. No era capaz de de definir su rostro. Se sentó frente a mí, mientras mis ojos intentaban deshacerse de aquellos círculos de colores que se ven cuando se mira directamente a la luz. ¿Era ella la luz?

— ¿Cómo te encuentras?

— ¿Eres Cris o eres Lauren? -pregunté tras entrecerrar los ojos.

— ¿Sigues sin distinguirnos?

— ¡Estás viva!

— Casi no lo contamos ninguna de las dos.

— Pero…, yo te vi muerta, me vi morir. ¿Qué ha pasado?

— Cris… Nos vio juntas en la playa. Nos habíamos dormido las dos. Me desperté justo cuando sacaba el filo de su cuchillo de mí. Intenté detenerla, pero fue a por ti. Luego todo es muy confuso.

— ¿Cómo sabes que ha sido ella?

— Robert la localizó, nos localizó. Nos tenía retenidas en algún lugar del interior de la isla. Nos drogó con Ayahuasca y con a saber qué. 

— ¿Me estás diciendo que Cris, mi Cris, nos ha apuñalado, nos ha drogado y casi nos deja morir?

Lauren afirmó con la cabeza y bajó la mirada. Parecía tan triste. Quizá porque ella había tenido más tiempo para asimilar lo ocurrido. Cris no dejaba de ser su hermana, y había intentado matarla. Pero, ¿por qué? ¿Para qué drogarnos? Nada tenía sentido. Inspiré profundamente, y el horrible dolor volvió a mi pecho.

— Soñé que Robert me disparaba -comenté mientras me llevaba la mano a la herida.

— La Ayahuasca te hace morir. No sé muy bien cómo funciona. Los nativos la usan para comunicarse con su yo interior o para alinear cuerpo y mente. No sé muy bien. Solo sé que algunos tienen la sensación de que mueren. Quizá quería que experimentáramos lo que ella vivió en aquel incendio. Está viva -su dialogo interior se externalizó-. No pareces sorprendida.

— No. Lo sabía. Ella me llamó.

— ¿Por qué no me dijiste nada?

— Parecía asustada. Tenía miedo de ti. No podía traicionar su confianza.

— Pero sí la mía…

Anuncios

About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
Esta entrada fue publicada en Buscándome. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s