Capítulo 36. Yo muero, tú mueres, ella…

Abrí los ojos lentamente. Me dolía el pecho. Un dolor punzante como un cuchillo. Un cuchillo… Me habían matado. Me llevé la mano al pecho. Alguien me la sujetó. Era parte de una sombra que se acercaba. Poco a poco, pude dibujar el rostro de Lauren.

— ¡Pensé que estabas muerta!

— No. Estoy aquí contigo.

— ¿Qué ha pasado?

— En cuanto estés mejor, hablamos.

El silencio regresó. El dolor de la puñalada era casi insoportable. Lauren me agarró con fuerza y me besó con ímpetu. Me transmitió unas ganas inmensas de tenernos. ¡Joder, pensaba que me había follado a un muerto! La simple imagen de aquel recuerdo confuso me hizo vomitar. Ella no se separó de mi lado. Me sujetaba la frente, el pelo. Me intentaba consolar sin saber que ella era parte de aquellas arcadas.

Sé que me dormí, porque al abrir los ojos, todo estaba iluminado por aquel radiante sol caribeño. No sé qué tiene, pero todo resulta más verde, más brillante, más salvaje. Me incorporé lo más rápido que pude. Según iba levantándome de aquel camastro, el dolor era más intenso. Noté el pulso en cada una de mis extremidades. Me estaba agotando con un gesto tan habitual. ¿Qué coño había pasado?  Oí voces. Inmediatamente después, Lauren volvió a mi lado.

— Shhh. Con calma. Es mejor que sigas durmiendo -insistió mientras tomaba mi mano de nuevo.

— No. Quiero besarte. Tuve un sueño horrible. Te mataban, o te mataba. No lo sé. Pero tú estabas preciosa. Te besaba aun sabiéndote muerta -omití la parte sexual (escabrosa)-. Estoy enamorada de ti.

— Y yo de ti, mi estrella.

¿Mi estrella? ¡No! Entrecerré los ojos, intentando aclarar mi vista. ¡Mierda! 

— Cris…

— Estoy aquí, cielo. ¿Qué te pasa?

— ¿Dónde está Lauren?

— No lo sé.

— ¡Joder! Necesito encontrarla. Ayudame, Cris, por favor.

— Pensabas que era ella…

Noté cómo sus palabras se iban tiñendo de decepción. Su rostro se torció. Su mano soltó la mía. Un nuevo dolor vino a mi pecho. Después de tanto tiempo… ¡Estaba ahí! ¡Cris estaba ahí! Conmigo. Tanto tiempo sin poder verla, sin poder acariciarla o besarla, y termino pensando que es su hermana, como si el universo se confabulara para que la historia se repitiera a la inversa. ¿Cómo no fui capaz de diferenciar sus labios? Cris parecía la de siempre, pero no la sentí como ella. Los años habían dejado unas largas ojeras como huellas. Se le notaban las arrugas. Había fruncido demasiado el ceño. Su pelo dejaba ver alguna cana. Era ella, con algunos años más, pero ella. O no. La Cris que yo conocía no fingiría su muerte. ¿Por qué lo hizo? Tenía tantas preguntas…

— Cris, ¿qué está pasando?

— Nada. Solo te rescatamos.

— ¿Rescatarme? ¿De qué?

— De mi querida hermana y su marido. Pero, veo que ya te habían seducido con sus riquezas y sus halagos. ¿Acaso crees que les importarías si no me quisieran muerta? Te usaban. ¡Eres idiota! ¿Quién se traga que te van a llamar de a tomar por culo para ofrecerte el trabajo de tus sueños? Hay miles de personas que podrían hacerlo, ¿y te van a querer precisamente a ti? ¿Cómo has podido sucumbir ante esos falsos brillos? ¡Ja! -prosiguió mientras yo me hundía-, encima te enamoras de Laura, perdón, Lauren. ¡Qué nombre más estúpido! ¿Te la tirabas pensando en mí? No creo que ella te folle como yo lo hacía. ¿También dabas esos grititos de hámster cuando estabais en la cama? ¡He arriesgado mi puta vida para salvarte! Y resulta que no querías ser salvada. 

— Cris, las cosas no son así.

— ¿Cómo coño son, Marian? Llevo años intentando estar cerca de ti. Y así me lo pagas.

— ¿Años? ¡Y una mierda! Te fuiste. Sin decirme nada. Me abandonaste, Cris. No he dejado de pensar en ti ni un momento. Ni un puñetero día. Siempre tú. Tu puñetera imagen, sobrevolándome, destruyéndome. Ahora empezada a vivir sin tu recuerdo. Pero tú tenías que volver. ¿Qué cojones has hecho con Lauren? ¿La has matado?

— ¿Eso es todo lo que quieres saber? ¡Vete! ¡Vete ya!-gritó antes de que intentara incorporarme-. Que te vayas, he dicho. Me das asco. No sé qué vi en ti, pero ya no está.

— ¿Qué viste en mí? ¿Qué vi yo en ti? No eres quien yo recuerdo. Quizá nunca lo fuiste, al parecer es muy fácil engañarme. Y tú lo hiciste. Vete a la mierda -dije en un suspiro.

María vino a ayudarme, ante la mirada impasible de aquella que una vez amé, o seguía amando. Estaba tan confusa, que ni mis sentimientos eran claros. ¿Cuándo lo fueron? Cuando Cris era mi mundo. Lo único que me importaba. Conseguí llevarme la mano al pecho. Un vendaje lo cubría. 

— Se te han abierto los puntos. Vamos a que te vea la doctora.

Apoyada en María, salimos de aquella choza y nos dirigimos a otra. Una mujer menuda, de pelo oscuro, parecía juguetear con algo metálico.

— Cat, está sangrando.

— Túmbala en la camilla.

¿Cat? ¿Ella era la doctora? ¡Catherine! ¿Qué era todo aquello? Me mareaba solo de intentar unir los puntos. La misma Catherine que me entregó unas fotos de Cris. La misma Catherine que insistía en que me fuera a trabajar con ella. ¿Qué estaba pasando? ¿Dónde me había metido? 

— ¿Qué coño pintas tú en todo esto?

— ¿No te lo ha contado Cris? Ayudo en su causa -respondió al comprender mi negativa-. Me alegro de que hayas entrado en razón.

— ¿En razón? ¿Qué causa? ¡¿Qué está pasando?!

— Tienes que calmarte. Se te ha abierto la herida.

No sé si me desmayé o me drogaron. Desperté en mi cama. ¿Había sido todo un sueño? Me estaba volviendo loca. Me quité la camiseta, y comprobé que era real, que esa herida seguía ahí, que dolía con la misma intensidad que en aquella cabaña. Me levanté, me vestí y me fui directamente a casa de Lauren. Decidí ir por la playa. No quería que nadie me viera. Esquivé las rocas que hacían la función de separación natural entre mi privacidad y la de Robert. Subí la escaleras de piedra y, con mucho esfuerzo, llegué hasta esa horrible fuente con angelitos meones y flamencos. Una de las mujeres del servicio me vio. Debía ser nueva, porque no tardó ni un minuto en colocarse frente a mí un hombre armado.

— Necesito ver a Robert y a Lauren.

Con un gesto, la pequeña mujer corrió dentro. El muchacho, que no debía tener más de veinte años, siguió apuntándome con aquella metralleta. Robert apareció minutos después.

— ¿Qué haces aquí? ¡Fuera de mi propiedad!

— Robert, necesito ver a Lauren.

— ¿Te intentas reír de mí?

— ¿Dónde está?

— Marian, tú la has secuestrado. La policía ya está en camino. Dime qué has hecho con ella. 

— No sé lo que ha pasado, de verdad. No me la he llevado yo. Robert, tú me conoces, nunca haría algo así.

— No te conozco. ¿Cómo está tu novia? Llámala y dile que quiero a mi mujer en casa, ¡ya!

— Robert…

— Estás en mi casa, sin mi permiso, te llevaste a mi mujer, dime por qué no debería matarte.

— Porque yo no la tengo. 

— ¡Dame el arma! -el muchacho sacó una pistola y se la tendió. Robert me apuntó con ella-. Tienes un segundo para decirme dónde está.

  
— ¡No lo sé!

Oí el primer disparo. No me dio. Entonces…, llegó el segundo.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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