Capítulo 33. Siéntate y disfruta

Creí que mantendríamos nuestro tira y afloja, pero no fue así. María me tendió una tarjeta dorada. 

— Mi socia y yo, vamos a abrir un local de ambiente en la playa. Ya sabes, rollo hamacas y sofás. Con eso eres VIP, y puedes tener tu propia mesa. La inauguración es esta noche. Me gustaría que vinieras con tus amigas.

— No conozco a muchas chicas aquí.

— Pues ven tú. Lauren también vendrá.

— Me lo pensaré. ¿No es algo arriesgado montar este tipo de negocios aquí?

María comenzó a darme datos, números. Al parecer, movemos millones de dólares al mes, y la isla estaba en pleno despertar LGTB. Por supuesto, eso era algo que debían aprovechar los pocos con algo de dinero. Explotarnos, hacernos beber y bailar hasta que nuestra cuenta corriente tiritara. No le veía mucho futuro a su bar, y menos después de ver que las asiduas al local de Brit variábamos muy poco.

— Te esperaré.

Una noche en una discoteca o una noche en esa casa que tanto miedo me daba. No resultó difícil elegir. ¿La etiqueta? Pues como cualquier sitio ibicenco cutre que se precie, requería vestiduras blancas. ¡Qué manía con el blanco, con lo que se ensucia! Desde que me trasladé a Virgin, me había comprado más ropa blanca que en toda mi vida, incluyendo aquellas braguetas con lazos rosas y horribles que mi madre me compró hasta que tuve 12 años y mi primer sujetador. ¡Qué momento más bochornoso! La pobre mujer venía con aquel conjunto de top (en realidad distaba bastante de sujetar nada) y esas horribles bragas rosas con puntillas. Todo a juego. Todo menos yo, que me pasé dos días llorando porque no quería hacerme mayor. Para mí, el incremento de mis senos era inversamente proporcional al hecho de seguir jugando. Ni siquiera me había fijado en que aquellos dos granitos de arena necesitaran sostén alguno. ¿Qué vendría después? ¿La regla y sus macro-compresas? ¿Depilarme? Me juré no pasar por nada de aquello. Por supuesto, me vi en la obligación de romper mi promesa una mañana un par de años después, en la que tuve que despertar a mi madre porque creí que el “sacamantecas” se materializó y dejó como única prueba, mis teñidas braguitas blancas, con lazo rosa.

El sitio era curioso. Se entraba por una edificación blanca, por eso de no desentonar con los invitados. Unos camareros en short y con pajarita, te ofrecían una copa y unos canapés. Todo muy gay. Y allí estaba yo, rodeada de musculosos hombres, con la bebida en una mano y haciendo cabriolas para que la tartaleta se acercara a mi boca sin que mi bolso desparramara todo el contenido por el suelo.

— ¡Qué gusto verte! Pensaba que ya no querrías saber nada de nosotras -afirmó Lauren mientras me amarraba del brazo y dificultaba aún más mi labor como malabarista.

— Fue solo una insolación. No puedo culparos de ello.

Andrea y Catherine también estaban allí. El evento social del año y yo quería perdérmelo. La que fuera mi amiga hizo el amago de acercarse pero mi mirada detuvo sus pasos. No fue tan efectiva con Marina, que estaba encantada de verme (más bien de que mi tarjeta fuera dorada) e intentó, por todos los medios, unirse a nuestro grupo de nudistas de ultramar.

— ¿Quié es tu amiga? No está nada mal.

— Lauren, no te metas en ese jaleo. Trabaja para mí o, lo que es lo mismo, para Robert. Y no sabe tener la boca cerrada.

— Si la abre en el lugar indicado, por mí bien.

No entendía absolutamente nada la relación del homófobo de Robert con la clon de Cris. Es más, hubiera jurado que, esos besos que le di pensando que era otra, eran los primeros que una mujer le regalaba. “Las apariencias engañan, y yo soy una engañada de la vida”. 

  
Un hombre enorme nos dejó pasar al reservado. Música a un volumen muy adecuado, la brisa y el rumor del mar de fondo. Sentí paz y soledad, y eso que me veía rodeada de gente. María no me dejó disfrutar por más tiempo de mi relax nocturno, empeñándose en mostrarme todas las instalaciones. La seguí sin demasiado interés en sus explicaciones, pero mucho en ella. Me había cautivado, y no supe ni por qué.

— Estas son las saunas de hombres. Ahora no podemos pasar. Las de mujeres son iguales, aunque hay menos cuartos oscuros. 

Una mujer le tendió una llave dorada. María la anudó en su muñeca con una cinta roja. Caminamos por un estrecho pasillo. Se detuvo. Abrió una puerta y me condujo al interior. La tenue luz apenas me dejaba distinguir una cama con las sabanas vistas, muchos espejos y un dispensador de juguetes eroticos que funcionaba con billetes. Aquello era la habitación del pecado, y mi borde acompañante me había llevado hasta ella. ¿Qué hubieras hecho si una chica que te gusta te mete en un cuarto así? Pues lo lógico, lanzarte a sus labios, haciéndola presa de tus deseos más primarios.

— ¡Para! Solo hemos venido a hablar.

— ¿A hablar? ¡Ja! ¿Tanta parafernalia para “solo hablar”?

— Shhh. Escúchame. No te fíes de nadie.

— Ya, ya… 

— ¡Te hablo en serio! Tu jefe no es trigo limpio.

— Y eso lo sabes por Lauren, ¿no? Mira, que me da igual el rollo raro que tengan entre ellos. Son mis amigos (¿amigos?), y no voy a consentir que una tía a la que no conozco de nada me venga con estas gilipolleces -grité enfadada mientras me encaminaba hacia la puerta.

— Marian, ¡joder!, escúchame. Te han puesto micros. ¿Quién crees que entró en tu casa? Aquí hay inhibidores de frecuencia. Nadie quiere ser presa de un chantaje.

— En serio, ¡cambiad de agua! Sois unos paranoicos. Si tanto os aburrís aquí, siempre os podéis ir.

— Cris quiere verte.

— ¿Perdona?

— Está aquí, pero no encontramos la forma de que se acerque a ti sin que uno de los esbirros de Amedia esté presente. Ni siquiera en Madrid.

— Estás jugando con fuego. ¡Cris ha muerto! ¿Podéis dejar ya de recordármelo?

— La camarera de ese bar de lesbianas al que vas. No sé su nombre. Está con ellos. Tenemos que sacarte de aquí.

— No tienes que sacarme de ningún sitio. Me voy yo sola. ¡Panda de locos…!

La puerta estaba cerrada. Miré a aquella idiota con la clara petición de que me abriera la puerta. Ella se acercó y me susurró: “solo te he gustado porque Cris me dijo cómo hacerlo. Porque llevaba su perfume. Su color de uñas. Incluso sus anillos”. Apoyé la espalda contra la pared, y me dejé caer. Era cierto que un olor familiar me había envuelto en el yate. ¿Mercadotécnia lo llamaban? Manipulación de mi frágil mente, ni más, ni menos. El teléfono sonó. María me lo tendió. Yo no tenía fuerzas para respirar hasta que la oí.

—  Marian, escúchame.

— ¡¿Cris?!

— Escúchame, cariño. María es mi amiga. Ella te ayudará a escapar. Confía en ella.

— ¿A escapar de qué?

Pi, pi, pi, pi,…

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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6 Responses to Capítulo 33. Siéntate y disfruta

  1. Chanin dice:

    A escapar de qué ???? una semana esperando por el desenlace, esto no se hace 🙂 Te ha costado pero valió la pena, va genial

  2. Muy buen capítulo. Va ganando en intriga y eso me encanta, pero hay un problema…. Ya no tengo uñas para esperar otra semana más 😀

  3. Es necesario esperar una semana!!! Excelente capitulo, me encantó!!!

  4. Laura dice:

    Por favor sigue con la historia. He conocido tu blog hace poco y lo he leído todo. Gracias por escribir.

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