Capítulo 32. No puedo captar tu sonrisa…

Preferí bajar por la escalerilla. Nunca me he fiado de que un agua tan clara no tuviera peligros bajo su arena fina. En una bolsa de plástico, pude llevar una botella de agua. Nada más. Ni toallas, ni pareos, ni el bikini, ni siquiera unas gafas de sol que impidieran que mis córneas se abrasaran por el albedo. 

  
Las mujeres se dividían en dos grupos: las que se daban arrumacos en el agua y las que se hacían carantoñas en la playa. ¿En cuál estaba yo? En ninguno, suficiente tenía con tapar mis vergüenzas mientras la arena se me metía en lo más profundo de mi ser. Y María ahí, delante de mí, contemplando cómo me retorcía en figuras imposibles.

— ¿Has venido para disfrutar o para que nadie ose verte el coño?

— Me siento incómoda así.

— Ya, pero luego bien que criticas a las que no son una Barbies recauchutadas.

— Perdona, bonita, ni soy una muñeca, ni he pasado por el bisturí. Y jamás se me ha ocurrido burlarme de nadie por algo tan nimio como su cuerpo.

— ¿Entonces? ¿Soy tu monito de feria?

— Pues me parecías una mujer muy atractiva, pero abres la boca y todo desaparece.

María parecía desconcertada. Pensé que optaría por zambullirse en el mar, pero no, se sentó a mi lado, y me mostró algo realmente hermoso, su sonrisa. Nunca había visto algo tan bello. Un océano de perlas, alineadas solo para mí. Unos labios carnosos, quizá salvajes, pero suaves como la caricia más pura. Hasta ese momento, las mujeres me habían atraído de una u otra forma, pero no así, idealizando cada parte de su anatomía. Quería pasar mis manos por su rostro, regalarle el mundo, luchar contra dragones. Sí, soy enamoradiza, pero no de esa forma, no en ese contexto. 

— ¿Vas a seguir mirándome como un baboso o te vas a decidir por hablarme?

— Quiero besarte.

— Tú no estás bien de la cabeza.

No, no lo estaba. En un parpadeo, regresé a la casa de invitados de Robert. Estaba tendida en la cama. Unos palos empapados en algo que olía a descomposición, chorreaban por mi frente. Un gotero. Podía oír el “plof, plof, plof” rítmico del suero. Intenté incorporarme. El estómago recibió el primer puntapié, después mi nuca. Caí de nuevo.

— Señora, parece que ya despertó.

Los atronadores pasos que se acercaban, martilleaban con frenesí mis sienes. Era Lauren. Desde su posición erguida, me contemplaba, y me mostraba dulzura. Más pasos. Robert asomó la cabeza sobre el hombro de su mujer, que torció el gesto.

— Sabía que tú no eras como ellas. Esta panda de desvergonzadas cualquier día matan a alguien. ¿Te encuentras mejor? -preguntó con voz paternal.

— ¿Qué ha pasado?

— Una insolación. Te pondrás bien pronto. Además, tengo una buena noticia para ti. Podrás dejar de ver a mi mujercita. La policía terminó en tu casa, y ya han cogido al delincuente. Un crío, seguramente enviado por la zorra de Catherine, para buscar papeles en tu casa.

Algo se colapsó en mí. Mi casa. Aquel lugar que dejó de ser seguro… Empecé a temblar. Un gélido líquido congeló mi sangre. No quería volver ahí. No podía volver. Me gustaba estar bajo el refugio de aquella horrorosa casa rosa y sus guardias armados, incluso compartiendo techo (o suelo) con Robert, Lauren, aquellos endemoniados críos y su séquito de “mujeres para todo”.

Abrí la puerta con cautela. Me negué a ser acompañada. Aquel acto tan común como es el meter la llave en la cerradura, tendría que repetirlo cada día, y sin escolta. La alarma que Robert me procuró comenzó a pitar, cada vez más rápido, mientras me afanaba por encontrar la ranura en la que mis huellas serían reconocidas. Y ahí estaba, como si el huracán la hubiera dejado de lado, todo en su sitio, impoluto, pero distinto. Caminé con miedo sobre el suelo de madera tratada. Ni tan siquiera mis pasos hacían ruido. Saqué mi móvil del bolso, y llamé, no sé si por azar o de una forma inconsciente, a Andrea, que no tardó ni veinte minutos en llamar a la puerta (menos que la policía).

— No pensé que querrías volver a verme.

— Yo tampoco. No quiero estar sola. 

— Me enteré de los del robo.

— Y yo de que ha sido tu amada Catherine la cabecilla.

— ¡No es cierto! ¡Maldito Robert! ¿Quién gana más apartándote de mi empresa? 

— Ya me había apartado. Lo de Cris no os lo perdonaré nunca.

Cris… La mente humana es realmente idiota. Llevaba días sin pensar en ella, y todo por una mierda de rocambolesco estudio sobre las fobias. ¡Ja! Si tenía su gracia y todo. Aquello en lo que no creía, resultó ser lo que me tragué con patatas. Menuda idiota.

— No sabes dónde te estás metiendo. Y saldrás mal parada.

— ¿Ahora me amenazas?

La belleza entró por la puerta, interrumpiendo lo que probablemente hubiera sido un doble homicidio (ninguna hubiera sobrevivido a aquello). Andrea la miró de arriba abajo, y advirtió mi fascinación por aquella chica de pelo castaño y recogido en una coleta. No dijo más, y se marchó.

— ¿Todo bien? Siento presentarme así. Lauren por fin me dio tu dirección. Al parecer eres muy protectora con tu intimidad, pero luego te dejas la puerta abierta.

— La dualidad del ser humano -yo y mis estúpidos intentos por parecer graciosa-. Ah…, sí, estoy mejor. Gracias.

— Pareces buena chica, y empezamos con mal pie. Aunque lo de que quieras besarme resultó algo cómico para una estirada como tú.

— La estirada quería, pero perdiste tu oportunidad…

— ¿Estás segura? No me gustaría que terminaras arrepintiéndose de tus palabras…

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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2 Responses to Capítulo 32. No puedo captar tu sonrisa…

  1. Chanin dice:

    Que entriga, por donde van los tiros con Cris? A seguir escribiendo vale, que ganas tengo a ver como acaba…

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