Capítulo 31. El mundo se volvió loco

En los últimos meses, mi vida se había centrado en el sexo. Sexo por todas parte. Me gustaría decir que aguanté los envites de Lauren, pero no fue así. Era tan… Cris. Fuimos hasta la que era mi nueva residencia. Lauren me condujo cogiéndome la mano. ¿Cuánto hacía que no me agarraban de la mano? Me había acostumbrado a ir directamente en busca del placer. Hice lo que supuse que se esperaba de mí, lanzarme a su cuello, meter las manos bajo su vestido. Me detuvo. Sostuvo mi cara, me miró, sonrió, y me besó dulcemente.

— Dejemos para los adolescentes las prisas.

Me costó cambiar el ritmo. ¿Tan deshumanizada era mi vida sexual? Lauren parecía deleitarse con cada caricia. Se detenía mil veces en mis brazos, en mi cintura. Era gratificante sentir algo parecido al amor. Creo que pasaron horas antes de que sus labios se desprendieran de los míos. Desabrochó mi blusa con lentitud y pulso firme. Demostraba fascinanción con lo que descubría. Cuando los botones dejaron de aprisionarme, coló sus manos entre la tela. Su dedo pulgar se deslizaba suavemente de arriba a abajo, por mi espalda. Me acercaba a ella. Mis manos, inmóviles ante tal cantidad de sensaciones, se quedaron posadas en su cadera. Hasta su lengua parecía ralentizarse cuando jugaba con la mía.

— ¿No quieres desvestirme?

— Sí… -me atreví a confesar.

Fui bajando hasta que pude tocar su muslo. Temblaba al contenerme. Poco a poco, el vestido fue liberando su radiante piel. Algo me apuñaló el pecho. Cris me clavó un puñal. Su recuerdo se cebó conmigo. Con ella siempre era así, despacio, sin prisa alguna. Era como una libélula posándose sobre la hierba. Dulce, dócil, sabiendo bien qué presión ejercer para no romperme. Sentí cómo una lágrima se deslizaba por mi mejilla. 

— No puedo. 

— ¿Estás bien?

— Robert… Robert se ha portado muy bien conmigo. No puedo hacerle esto.

— Soy yo quien se lo hace. No es por él. Es por ella…

— Acabo de despedirme de Cris. No puedo acostarme con su hermana. No puedo hacerlo mientras la vea en tu rostro. No puedo… No puedo seguir sabiendo que no está, que no estará. 

— Tranquila -Lauren intentaba consolarme.

— Cuando creía que me había dejado, lo pasé mal. Pero ella no se fue por mí. Entre todos la arrastrasteis. La separasteis de mí. Y ahora ya no hay remedio. 

— Lo hay…

— ¿Qué quieres decir? -pregunté entre sollozos.

— Puedes seguir adelante. No te ancles en el pasado. Eso no ayuda. Pero, si no puedes olvidar, una de las chicas del Club, busca mujeres para participar en un experimento. Si quieres vamos mañana, hablas con ella, y si eres apta, podrás borrar todo lo que te duela.

En cualquier otro momento, me hubiera reído de semejante proposición. Pero no podía más, quizá eso me ayudara, quizá pudiera seguir adelante, quizá Cris dejara de existir.

La doctora Vaninger me realizó un cuestionario. Lauren no se separó de mi lado. Creo que estaban liadas, esas miraditas no eran normales. Quizá pasé la criba por ir con quién iba. De hecho, la doctora no tardó ni dos horas en recibir la aprobación de la junta. Me metió en una sala, me dio unos líquidos, colocó unos diodos por mi cuerpo y me dediqué a ver una película. Al principio me angustié. Las imágenes eran grotescas. Mataderos rebosando sangre, vísceras. La voz de la doctora. Severa. Me regañaba y no recuerdo por qué. Todo empezó a suavizarse. Las fotos de Madrid me provocaban una mezcla entre morriña y agobio. Vaninger seguía con su historia sobre la muerte, la vida. De pronto, Cris. Una pequeña Cris jugando con Laura. Estaba preciosa con sus dos coletas, con su media sonrisa, con su ropa ochentera. 

— Estaba mejor sin ti -me atronó la doctora.

Cris iba creciendo delante de mis ojos. Siempre divertida. Al menos hasta llegar a la época universitaria. Sus ojos se volvieron tristes. No recordaba que eso fuera así. Mi mente la veía risueña. ¿Me había autoengaño do todos esos años?

— Solo le hiciste perder la alegría…

¡Lo hice! Le arruiné la vida. 

Las fotos seguían pasando. Salíamos todos. ¡Cómo podíamos llevar esos pelos! Sus parecía más joven que nosotras. Siempre haciendo el gilipollas. Siempre haciéndonos reír. Cris miraba al infinito. Yo la miraba a ella. Mis ojos parecían controlar sus movimientos. Mi mano, sujetando su brazo, la amarraba a mí.

— Nunca la quisiste. Era tu posesión. Tu muñeca rota. Te deleitabas viendo su dolor. Tu sociopatía no te dejaba ver más allá. ¿Acaso has querido a alguien más? ¿Recuerdas alguna relación sana? No. No lo haces. Solo disfrutas rodeándote de dolor. Eso te hace sentir viva. Quieres esclavas. 

— ¡No! No era así. 

— Sí lo era, pero estás enferma y no lo ves. Solo miras por tus intereses sexuales. ¿Con cuántas te has acostado este año? Muchas. Demasiadas. Has dejado de reprimirte. Ahora eres una depredadora sexual. ¿Quieres seguir siéndolo? ¿Quieres hacer daño? ¿Tanto te gusta el dolor? Eres mala. Lo sabes. Y quieres hundir al mundo contigo…

Cris, una y otra vez en pantalla. Su rostro se desfiguraba según pasaba el tiempo. Le hice daño. Era mala. No quería serlo. Me odiaba. Odiaba a la doctora. Odiaba a Lauren. Odiaba todo aquello que me rodeaba. Follar y más follar. ¿Me importaba algo más? Dejé que se fuera. Me quedé vacía, asustada. Había fundamentado mi vida en el castigo. Lo veía claro. Todo se volvió nítido. Follar. Follar. FOLLAR.

Salí de aquel edificio aturdida, devastada por las verdades que rompieron mis cimientos. No podía llorar. Aunque aquella ola me golpeó con fuerza, me sentía capaz de amar, de dar todo, de dejar de buscar lo que ya tenía, a mí.

— Siento que haya sido tan dura. Pensaba que era tomarte una pastillita y olvidar. Quizá no debimos venir.

Miré a Lauren y, por primera vez, era a ella a quien veía, era ella la que conducía el coche, la que me sonreía con ternura. Cris, ¿quién coño era Cris? Tan solo una víctima de mis macabros planes inconscientes (o no).

— ¿Cuándo has quedado con las del Club?

— Mañana es nuestro día. ¿Te lo has pensado?

— Quiero ir. Quiero crear lazos saludables con otras mujeres.

Creo que no dormí aquella noche. El corazón me palpitaba, expectante por descubrir si era capaz de intimar con una chica, sin necesidad de flagelarla con mis desvaríos. Sonreí imaginándome corriendo por unas praderas que no se daban en la zona, quizá con una falda, una blusa y un mandil, quizá cantando la escala musical con una rimas que dejan algo que desear, quizá rodando por la espesa hierba, quizá descubriendo a una mujer sana, quizá descubriéndome a mí.

Todas me miraban intrigadas, como si yo fuera un salmón en el Índico. Querían agradarme, pero su expectación me incomodaba. Era frágil. Siempre lo fui, pero los clavos que me sostenían desaparecieron, y solo aquella amalgama de huesos y carne me sujetaban.

La ropa no tardó mucho en desaparecer. Me costaba horrores estar desnuda, casi tanto como evitar mis lascivas miradas.

— ¿Son todas señoras casadas y con hijos?

— La mayoría. Pero no tengas reparo en disfrutar. Ser madre no te inhibe sexualmente.

— Pero corta mucho el rollo. De todas formas, no vengo aquí a tirarme a nadie. Necesito hacer amigas.

— Ya era hora de que viniera una nueva que no pensara solo en el folleteo -dijo una muchacha acercándose.

— Ella es María. Lleva viviendo aquí diez años…, no sé cómo lo aguanta. Es canaria. Se me olvidó que no éramos las únicas que hablábamos castellano.

María era una chica menuda, con un cuerpo bonito, pero no de gimnasio, sino con curvas, con sinuosas curvas que deleitarían a mis manos (¡salid de mi mente, pensamientos impuros!). Hacía tanto que no veía desnuda a una mujer real… Me sorprendió analizando su figura. Si se me hubiera dado bien pintar, ella hubiera sido mi musa.

— No hay nada malo en tener un poco de chicha.

— En absoluto. Perdona. Me cuesta dejar de admirarte.

— Y a mí que una gilipollas venga a perturbarme. Quizá seas monísima e ideal de la muerte, pero yo no estoy nada mal. No uso una 34, ni mido 1’70. ¿Es acaso motivo de vergüenza?

— Perdona, no…, no pretendía…

— Ya, no pretendías tocarme los ovarios con estereotipos machistas. Eres muy joven para pensar de una manera tan arcaica y cuadriculada. 

— No es lo que crees, de verdad. Me has parecido preciosa.

María me miró, no sé muy bien si con desprecio o con interés. Le sonreí, intentando no parece todo lo que ella pensaba que era. Se dio la vuelta justo cuando el barco se detuvo frente a un pequeño islote. Se giró, volvió a posar sus ojos en mí y, de un salto, cayó en el agua. Hubiera deseado ir detrás, haberme disculpado, pero preferí seguir cantando en mi mente aquella canción de Bosé (“intento pintarte y no lo consigo…”

  

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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