Capítulo 30. Y se armó “la Carol”

A ver, está claro que si una mujer atractiva se enamora de ti, te sientes halagada. Pero, ¿y si esa mujer es una idiota integral, un fiasco sexual y encima te carga a ti con sus defectos? Que soy una ególatra dice… ¡Coño, esta es mi historia! 

Allí estaba Carol, recostada a mi lado, lagrimeando, con su cabeza oculta entre mi costado y la sábana. Confieso que se me partía el corazón al ver a una persona tan dura reducida a cenizas por mi culpa. ¿Qué podía hacer? No estaba dispuesta a meterme en una relación con alguien por quien no sentía nada más que un deseo sexual pasajero.

— Vamos a cenar.

— No quiero que nadie me vea así.

— Nos duchamos, y verás que te encuentras mucho mejor.

— ¿Juntas?

De perdidos al río… El agua caía sobre su piel. Me mordí el labio en más de una ocasión. No quería volver a caer en sus redes. No podía. Si de verdad había despertado esos sentimientos, tenía que evitar por todos los medios sucumbir al sexo fácil.

Aquella noche durmió a mi lado. Solo dormir. Quizá comprendió mi imposibilidad de amar. Quizá, por una vez, su empatía se puso en acción. No solo la situación me impedía enamorarme. Me lo prohibí. Aquella noche, con Carol abrazada a mí, comprendí que desde la muerte de Cris, no sólo intenté buscarla en otros cuerpos, sino que quise herirla por medio de mis actos, y la única perjudicada era yo misma.

Pasé del rodaje. ¡Qué sopor! En vez de eso, mi pequeño maestro me esperaba en el muelle. Él, otro fornido muchacho y una lancha que se caía a cachos… Al menos tendría oxígeno si caía en medio del mar. Empezamos las clases con pequeñas inmersiones. A pocos metros, un arrecife de coral bailaba al son de las corrientes. Millones de peces de colores se arremolinaban ante él, succionando a saber qué… Me gustaba esa ingravidez, la libertad de poder sobrevivir más de un minuto bajo el agua. Me sentí ligera, incluso con aquella masa de agua sobre mis hombros. Todo resultaba hermoso. 

A unos veinte minutos, realizamos otra inmersión. A diez metros, una legión de estatuas protegía el fondo marino. Las algas las vestían, y la fauna los convirtió en su casa. ¿Cómo había llegado todo eso ahí? Eran como los Soldados de Terracota, pero bajo el agua. Mi imaginación comenzó a volar. ¿Algún barco español se hundió ahí mismo, dejando a esos guerreros como testigos inertes? No, solo era la obra de un artista inglés, que despertó en mí, un inesperado interés por los piratas, el oro y los tesoros. Me sedujo. Proseguiría con mi nueva afición en Virgin. Quería mi cofre, y estaba dispuesta a hacer lo que fuera necesario para obtenerlo.

  
Regresé al hotel. El salitre había formado diminutos cristales en la piel. Me gustaba verme así. Me sentí guapa después de mucho tiempo. Fuerte, esa era la palabra. La fuerza que perdí regresaba a mí. ¡Qué placentera sensación la del poder!

Carol prosiguió con sus intentos. No dieron sus frutos. Ese día tenía la capacidad mental para apartarla de mí.

— Solo quiero que lo intentemos. Puedo ser una buena novia. Quiero serlo para ti.

— Me siento halagada, de verdad. Pero no siento nada parecido al amor. No es justo para ti. Solo estaría aprovechándome. No quiero que llegue un día en el que te des cuenta de que lo nuestro es solo sexo. 

— No me importa que te vayas con otras, mientras siempre vuelvas a casa para dormir.

— ¿Tú te escuchas? ¿A casa? Carol, que no te quiero. Si no pienso en una relación estable contigo, ¿cómo vamos a compartir casa? ¡Esto es absurdo! Mira, no sé qué te pasa, pero háztelo mirar.

— ¡Estoy enamorada de ti!

— ¡Yo no!

La discusión se complicaba. ¿Se había vuelto loca? Quizá la pastilla tenía unos efectos secundarios no especificados en el prospecto. Si ya era insoportable cuando solo necesitaba de mí un alivio, lo del amor (o lo que ella creía que era amor) le sentaba francamente mal. Se fue llorando, con un portazo que hizo temblar las paredes. Me senté en la cama e intenté calmar mi respiración. Nunca he soportado los gritos. ¿Por qué todo se torcía así? ¿Por qué no se enamoró de mí antes de volverse una arpía? Lo hubiera intentado. ¡Joder, me fascinó con sus bailes en la playa! Pero no, era mucho más lógico que se comportara como una cabrona, que me dejara a medias, cosa que no me hubiera importado si se hubiera molestado en intentarlo. ¡Qué fácil es abrirse de piernas y dejar que hagan todo el trabajo! ¡A la mierda ella! ¡A la mierda Sus! ¡A la mierda todas!

La vuelta fue agitada, entre las tormentas y las miradas de reproche que me regalaba Carol, tuve que sujetarme con fuerza para no caer por la borda. ¿Sabes esa sensación de seguridad que sientes al llegar a casa? Pues no. ¿Por qué iba a ser así? La puerta estaba abierta, los muebles volcados, los cojines destripados… La policía tardó más de una hora en llegar. No se tarda una hora de una punta a otra de la isla. Pero es mucho mejor estar cebándose a hidratos de carbono que acudir al auxilio de una extranjera. Sí, en Virgin Gorda, si eres de fuera, vives allí y no vas alardeando de dinero y soltándolo sin ton ni son, no eres nadie. ¿Qué vas a hacer? ¿Ir a una embajada inexistente a quejarte?

— ¡Hagan el favor de encontrar al autor de este desastre!

— Hacemos todo lo posible.

— Marian es de mi familia. Si me entero de que esto queda en un cajón al que, con sus enormes barrigas, nadie alcanza, nos veremos las caras. ¿Ha quedado claro?

— Sí, señor -dijo cuadrándose el policía de mayor rango-. Parece un hecho aislado. Tomaremos huellas, y pronto encontraremos a los responsables.

— Te vienes a nuestra casa. No voy a permitir que tengas miedo. Mañana mismo mando que instalen un sistema de seguridad. Haré lo que esté en mi mano para que todo esto se resuelva pronto.

Robert me abrazó. Yo no era capaz de dejar de temblar. Nunca me había visto en una situación parecida. Ni pude negarme a su invitación. Necesitaba sentirme segura,  y él me ofrecía eso. Comprendí por qué unos hombres armados rondaban su casa. Había creído excesiva esa medida. Lo era. Pero agradecí que los guardias también me protegieran a mí.

Lauren también me tendió los brazos. Era tan raro estar entre ellos… Con la de veces que nos habíamos besado, y seguía sin terminar de creerme que ella no fuera Cris. Una señora menuda me acompañó hasta la habitación de invitados, que de habitación tenía poco. Era una pequeña casa de madera, con su dormitorio, su baño, su cocina, su salón, su jacuzzi y hasta una parcelara ajardinada, con un par hamacas, sombrillas y un estanque repleto de peces.

— ¿Necesita algo más, señorita Marian?

— Sí, llámeme solo Marian, por favor.

Lo de “señorita” era una de esas cosas que me sacaban de quicio. Parece que tienes la obligación divina de contraer matrimonio.

— La señora Lauren me ha pedido que le comunique que la cena se servirá a las siete. Es usted la invitada de honor. No hay etiqueta para este evento. Siéntase en la libertad de vestir como guste. Si necesita mis servicios, marque el cero. Durante su estancia aquí, estaré a su disposición a cualquier hora.

Solo le faltó llamarme Escarlata… Saque de la maleta la poca ropa que me atreví a coger. Agradecí que Robert no me dejara ni un segundo sola. Quizá parezca exagerado, pero tenía muchísimo miedo. Incluso pensé en contratar a un guardaespaldas.

— Me alegro de verte, aunque sea en estas condiciones. ¿Está todo a tu gusto?

— Sí, sin duda. Muchas gracias por abrirme las puertas de vuestra casa.

— Robert se ha ido. Tiene una reunión en Caracas. Tomaremos un cóctel en la piscina tras la cena. Así charlamos tranquilamente.

No es que quisiera hablar, aunque me pareció descortés negarme. Un barman nos sirvió con mucha soltura las bebidas, que engullí como si hubiera pasado el día en el desierto. Lauren sacó una pipa de agua, y comenzó a fumar, no sin antes ofrecerme.

— Deberías relajarte…

— No creo que esa sea la forma. Además, cuando fumaba, me entraba un hambre atroz. Prefiero mecerme aquí, con esta luz, con el sonido del mar de fondo.

— Cuando acuesto a los niños, me tumbo aquí un rato, y disfruto de mi tiempo. Se vuelve difícil ser doña perfecta. Y esta isla es un horror. No sé por qué mi maridito decidió que nos viniéramos aquí. Vivíamos en Brasilia. No tiene tanto glamour como las hermosas playas de Ipanema, pero tenía su encanto. Y el portugués, es tan dulce… Estoy harta de hablar inglés, ¡es tan áspero! Y mira que aquí son más cantarines, pero qué siesos. Es la isla más sosa de todo el Caribe. Menos mal que las “chicas del club” se han renovado. Ha entrado mucha sangre fresca. Deberías venirte. Nos subimos en un yate y vamos recorriendo pedruscos en medio del mar. Sin niños, sin maridos, sin modelitos divinos, sin maquillaje, incluso sin depilar. No sabes lo liberador que es bañarte con un montón de mujeres desnudas.

— Sí… Lauren, la verdad es que no te entiendo -confesé-. Te muestras distante, estirada. Luego te da un no sé qué, y parece que me conoces de toda la vida. 

— Eres preciosa. En otras circunstancias, me hubiera rendido a tus pies.

— No sabes lo que dices. ¿Tan aburrida estás? 

— ¿Crees que serías la primera? Antes Robert viajaba mucho. Yo me aburría, y las mujeres resultaron realmente cautivadoras. 

— Tu marido es poco amigo de la diversidad sexual.

— ¡Mi marido es un psicópata! Él tiene sus rollos, yo los míos. Y que no se le ocurra meterse en mi vida, o lo pagará caro.

— ¿Qué tienes contra él?

— ¡Ja! Lo suficiente como para complicarle la vida. Pero no hablemos de Robert… No puedo dejar de mirarte. Eres realmente hermosa. 

— Has bebido y fumado demasiado. 

— Enséñame qué sabes hacer.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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