Capítulo 29. Vuelta a la “normalidad”

Andrea se plantó frente a mí. Estaba preciosa, radiante y enfadada. ¿Tenía derecho a enfadarse conmigo? ¡Era a mí a quién había manipulado!

— No te evito, pero prefiero no tener ningún contacto contigo o con tu empresa.

— Pensé que éramos amigas.

— ¿Amigas? Tienes muy poca vergüenza al decirme eso. Sabías dónde estaba Cris, podías haber evitado que muriera. Pero no. Siempre es mejor intentar chantajear a una persona… Te puedes meter nuestra amistad por donde quieras. 

— Las cosas no son como crees…

— ¿Qué coño sabrás tú de lo que pienso? No te acerques a mí nunca más.

Me fui directa hacia una de las chicas que me siguió con la mirada según entré. Parecía un langostino demasiado cocido. No sé qué manía tienen las inglesas de quemarse… Su piel ardía, y no por mis manos. Poco me importó. Incluso sus gestos de dolor al contacto me resultaban excitantes. En ese momento, no era yo la que quería sentir un látigo en mi espalda, era la que quería flagelar a cualquiera que estuviera cerca. De ser autodestructiva a volverme destructiva, sádica, cruel. ¿Merecía yo ese sufrimiento? “No. Es el mundo el que ha permitido que esto ocurra”. A la inglesa le fascinó la fuerza con la que mis uñas le arañaban, mis dientes se le clavaban o mis manos le sacudían. Ambas disfrutamos de mis perversiones, de mi estado delirante.

— ¿Dónde vas tan deprisa? 

— A tirarme un rato al sol.

— No. Sube conmigo.

Brit no me había vuelto a invitar a su casa desde aquella vez en la que disfruté del sexo como pocas veces. Estaba agotada de mi trasiego en el baño, pero la idea de volver a tener a Brit entre mis piernas, me excitó. Las escaleras se me hicieron eternas, los peldaños demasiado altos. Estaba impaciente por sentirme corrompida por su lengua.

— Tienes mala cara.

— ¿Importa la cara que tengo? -pregunté mientras me quitaba la camiseta.

— No repito chica. Lo sabes.

— No soy la misma. Quiero que follemos. ¿Para qué me has hecho subir?

— Porque te veo perdida. Solo quiero que sepas que puedes hablar conmigo siempre que quieras.

— No quiero hablar. Estoy harta de hablar. Quiero que me folles. ¡Fóllame, joder!

Brit no se bajó de la burra. Me quedé sin lo que ansiaba, sexo, sexo sin compromiso, sexo sin charlas, solo sexo. Al llegar a casa, me quité toda la ropa, bajé a la playa, e intenté resarcirme yo sola. ¡Qué frustrante fue siempre…! Ni el sonido del mar lograba calmar la rabia de mis dedos. Me hice daño, grité. El alarido logró lo que nadie pudo, vaciarme por dentro. Volví a gritar. ¡Qué relajante! Grité de nuevo. Los fantasmas se iban escapando de mis entrañas. Cris no salía, no importaba, quedaba solo un recuerdo lejano. Desgañitada, suspiré. ¡Joder, quiero volver a ser yo!

Robert decidió que acompañara a Carol hasta Granada (Grenada), la isla, no la ciudad. Había invertido mucho en su “gran modelo”, y yo quedé degradada de directiva a becaria en pocas horas, las que tardamos en desembarcar en aquella hermosa isla.

  

Me dejé cautivar por el paisaje, por la sonrisa de los encargados de llevar los utensilios del rodaje. Dejé el equipaje en el hotel, me di una ducha rápida y me fui a explorar aquella pequeña y encantadora isla. Por designios del destino, terminé frente a uno de esos millones de puestos junto a la playa. Había fruta, cuadros, botellitas de arena, clases de buceo… ¡Buceo! Siempre quise aprender a sumergirme, a lanzarme de espalda desde una lujosa lancha y explorar el fondo marino. Las cosas no suelen ser como imaginas. Un morenazo hipermusculado, que no levantaba un palmo del suelo, sería el encargado de darme la primera lección en la piscina de mi hotel. Quedamos par aquella misma tarde…

Carol se bronceaba, aún más (si es que eso era posible), en una hamaca blanca. Pensé que dormitaba, pero fue pasar por su lado, y la endemoniada mujer se incorporó.

— Te perdí de vista en el puerto.

— Eso pretendía…

— ¿Tratas así a todas las que se enamoran de ti o debo sentirme especial?

— Siéntete como te de la gana, pero déjame en paz.

Las lágrimas volvieron a cubrir su rostro. La reina de las plañideras actuaba de nuevo. ¡Qué hartura de mujer! Necesitaba un cóctel. “Me estoy pasando un poquito con el alcohol”. James, mi monitor de buceo, acudió puntual a nuestra cita. Primera lección, si levantas el pulgar con el puño cerrado no significa que estás bien, sino que quieres subir a la superficie. Abrir y cerrar la válvula. Comprobar el material. Respiraciones con el agua al cuello. Primera inmersión en una piscina llena de borrachos… Fin de la clase. Ya estaba preparada para ir a ver pececitos y unas estatuas que habitaban en el fondo del mar. “Esta noche dormiré como una bendita”.

— ¿Puedo pasar?

— Carol. Me voy a duchar. ¿Qué coño quieres?

Empujó la puerta y se coló en mi habitación. Aquella mujer no tenía remedio.

— Me tomé una pastilla.

— ¿De qué cojones me hablas?

— Las del anuncio. Y funcionan. Muy bien.

— ¿Te has tomado una píldora que aumenta el apetito sexual? ¡¿Estás loca?! Pero si tus hormonas son como un polvorín.

— Pensé que quizá el cuerpo liberara feromonas, y tú quisieras estar conmigo…

¿Se podía ser más estupida? ¡Idiota! Aisss, y yo gilipollas. No creo que mi deseo sexual se incrementara por la pastillita, Carol estaba muy buena, y a veces necesitamos un apaño. Yo lo necesitaba en ese momento. Ella se dio cuenta. “¡Mierda,”. Sin tocarme, logró que retrocediera hasta la cama. Caí como un plomo. Ella se plantó frente a mí. Despacio, muy despacio, se deshizo de la camiseta. “¡Joder!”, sus pechos eran mi perdición, Carol lo sabía, quizá eso la empujó a no llevar sujetador. Resultaba tan sumamente sexy con aquellos pantalones vaqueros cortos… Pronto cayeron al suelo, al igual que su diminuto tanga rosa. Posó una pierna sobre la cama. Sus manos bajaron por su vientre. No dejaba de mirarme. La ropa me quemaba. Me desnudé. Sus dedos profundizaron en su cuerpo, mientras su boca gemía y me rogaba besos sin hablar. No podía más. Me incorporé y recorrí con la lengua el camino inverso de sus manos. Mis manos le sujetaban con fuerza,  su culo se contraía, mi boca cubría su seno izquierdo. Podría habérmela comido entera. Retuve mis ganas de hacerlo. Ella seguía con sus rítmicos movimientos. No podía permitir que volviera a dejarme a media. Cayó de rodillas sobre el colchón. Aunque era bastante más alta que yo, hay ciertas situaciones en las que la altura es imperceptible. Aquella era una. Sus labios corrieron a los míos, que los recibieron con ansia. Notaba sus manos desplazándose sobre su piel. Ese no era su lugar.

— Sácala. 

No hizo falta más para que mi cuerpo fuera el receptor de sus dedos. Se deslizaron en mi interior como si nos hubiéramos engranado. “¡Qué gusto, joder!”. No tardé demasiado en dejarme contagiar por sus gritos, por sus “fuck” y sus “shit”. Y así, de rodillas, Carol y yo llegamos. No a la vez, pero por fin teníamos una relación sexual satisfactoria para amabas. ¿Cuánto tiempo habíamos tardado?

— Te quiero -afirmó con gran soltura, mientras reposaba sobre mi adormecido brazo.

— Déjalo ya. Hemos follado, ha estado bien y ya está.

— ¿No puedes aceptar que me he enamorado de ti?

— Solo te enamorarías de tu sombra. Venga, levántate, quiero ir a cenar.

— ¡Vete a la mierda! Te amo. Me da igual que no me creas. Sé lo que siento. Lamento querer a una ególatra, pero no lo puedo evitar.

— Carol…

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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