Capítulo 28. Compuesta y sin polvo

Carol se fue… No me lo podía creer. ¿De dónde había salido aquella falsa dignidad? Y lo mejor me esperaba fuera. Una desconsolada Carol, llorando en el hombro de Sus, como si le hubiera dado la peor de las noticias. Lina me miraba, con esa sonrisa de satisfacción del que se sabe ganador de una disputa en la que ella es la única participante. Eli contemplaba la situación, también me escrutaba y, como el resto, me juzgó y condenó sin haber sido culpable.

Podía haberme ido, indignada, con una salida de esas que se transmiten de padres a hijos. Quizá debí hacerlo. En mi favor alegaré que no estaba en mis cabales. Oteé el ambiente, elegí una víctima, y la hice cómplice de aquel delito que me achacaron, eso sí, con visita al baño, y un principio y un final mucho menos melodramático que el de darle un significado despectivo a la palabra follar.

Y volví al redil. Carol seguía en su papel de novia despechada. Sus seguía conteniendo sus lágrimas. Miriam intentaba recuperar la atención de Lina, que estaba más interesada en mis idas y venidas que en los arrumacos de su pareja. Mario estaba ausente, mirando a su amada con esos ojillos tiernos que entornaba cuando creía que nadie podía verlo. Olga, Sandra y el resto, bailaban, ajenas a aquel lanzamiento de rayos, de los cuales, yo era la diana.

— ¿Desde cuándo eres así?

— ¿Así cómo? ¿Una zorra? 

— No esperaba de ti esto. Pensaba que eras una persona comprometida con su pareja. Supongo que me equivoqué. Las imágenes no representan la realidad tan bien como quisiéramos.

— Piensa lo que te dé la gana. Si vas a creerte las gilipolleces de esa pirada, adelante. Yo también creí conocerte mejor.

— ¿Me vas a decir que no es tu novia?

— No te voy a decir nada, Eli. Si lo hago, terminaré mandándote a la mierda. Prefiero ahorrármelo.

— No te entiendo. Si no estás con ella, ¿por qué me has hecho creer que sí? ¿Por qué no has venido a mí, en vez de irte con esa tía? ¿Por qué no les dices a todos que no eres una gilipollas?

— Porque lo soy. Eres buena tía, así es que aléjate de mí.

No quería a nadie cerca. Eran las cinco de la mañana. Necesitaba un sitio para pasar un par de días, sería difícil encontrar una habitación. Me dediqué a llamar a todos los hoteles y hostales de la zona. Por fin conseguí que uno de la calle Hortaleza tuviera a bien acogerme. La habitación no estaba mal, el baño era ridículo y el ruido atronador. Toda mi ropa estaba en casa de Sus. Y yo con aquel puto vestido amarillo. A ver dónde encontraba ropa el primer día del año… 

Entre los matasuegras, los petardos, la ausencia de persianas, y el que nunca me acostumbraré a dormir desnuda sin haber tenido sexo inmediatamente antes, no pegué ojo. Sus me había mandado un trillón de mensajes. No leí ninguno. No podía creerme que precisamente ella, que sabía que no soportaba a Carol, me hiciera responsable de una ruptura amorosa. Cada vez tenía más claro que mi sitio ya no estaba ahí. Donde antes me sentía cómoda, ya no había más que un desierto. Era una forastera en mi ciudad, una extraña para mis amigas, y una mala hija por no visitar a mi madre. 

— ¿Dónde coño estás?

— Sus, pasa de mí.

— Ven a buscar tus cosas.

— Quédatelas. No pienso salir a la calle con estas pintas.

— Pues dime dónde te las acerco.

Necesitaba al menos cambiarme de ropa interior. Tuve que ceder. Fui al baño, me duché, cogí una de esas toallas despeluchadas, me cubrí el cuerpo con ella y esperé a Sus viendo la tele. Se me hacía tan raro poder ver una película doblada al castellano… Había llegado un punto en el que me costaba más pensar en mi lengua que en inglés. Incluso soñaba en ese idioma.

— ¿Por qué te fuiste así?

— Lo dices como si no hubieras formado parte del pelotón de fusilamiento… ¿Por qué coño le dijiste que viniera? ¿De dónde sacó la idea de que era mi novia? ¿Os habéis vuelto todas idiotas?

— Me lleva semanas diciendo que está enamorada de ti. El otro día se iba a atrever a decírtelo, pero no te encontraba. Tuve que confesar que estabas aquí. Es buena chica. Sé que es tu tipo…, está buena. 

— Es una gilipollas. No la aguanto. Ya te conté lo que quiere de mí, un polvo. ¿Ahora viene con estas? Pues paso, tía.

Sus se sentó en la cama mientras yo rebuscaba en la maleta, y abrigaba mis vergüenzas, que son más de las que se estiman. Estaba tan cabreada con el mundo que no me di cuenta de que mi desnudez propició que mi amiga se solidarizara conmigo.

— ¿Qué coño estás haciendo?

— Querías follar, pues follemos.

— ¡Dios! -bufé-. ¿Eso quieres? ¿Quieres que echemos un polvo? ¿Para eso has venido? ¿Vas a aprovecharte de mi estado anímico para fornicar? ¿Crees que después me sentiré mejor? Pues te equivocas -respondí a su afirmación-. Me quedaré hecha una mierda, porque mi amiga, o la que supuse como tal, ha pensado más en sus picores que en que Cris ha muerto. Porque cuando me levantase de esa cama, no querría volver a saber de ti. Es más, ya no quiero saber nada de ti. 

Sus recogió su ropa, y sin vestirse, salió indignada de la habitación. ¿Así es el mundo? No pretendía que nadie me consolara, pero tampoco ser un animal herido frente a las fauces de una leona sedienta de sexo. En ese tiempo que había estado fuera, perdí mi rumbo. No sé si me convertí o me convirtieron en un trozo de carne. Me negué a serlo. ¿Dónde había quedado aquella muchacha que se enamoraba de lo imposible? Quizá se quedó en mi piso de Madrid, y los nuevos inquilinos la despellejaron. Con el ceño fruncido, decidí no volver a ser presa de nadie. Sería una depredadora, “y que le den por culo a los sentimientos”.

Por fin llegó el día de mi regreso a casa, a mi añorado hogar, a mis aguas cristalinas, al sol bailando sobre mi piel. Por fin pude tomar aire, respirar, llenarme de algo que no fuera dolor o rabia. Robert se acercó hasta mi casa, y conversamos durante un rato. Parecía otra persona. ¿Dónde había quedado el cabrón que conocí? Pensé en que solo lo odiaba porque creí que me había robado a Cris, y aun descubriendo que no era cierto, esa quemazón me trepanó la imagen que construí en torno a él.

La vuelta al trabajo supuso un alivio más para mi cerebro. Los papeles, los documentos, el chirriar de mi silla… Me sentía cómoda dentro de mi pequeña burbuja de cristal. Incluso Marina, con sus constantes intentos de obtener mis halagos, o la estridente voz de Luz. Todo, todo parecía de nuevo en su sitio, y yo también.

Carol retornó a mi vida, como si nada hubiera pasado. “Debí haber tomado aquellas lecciones de falsedad en mi adolescencia”. Tenía que aguantarla, tenía que soportar esas excentricidades de estrella en decadencia. Se lo debía a Robert…

Tardé un tiempo en regresar a mi rutina fuera del horario laboral. Brit me recibió como si no hubiera faltado un solo día a nuestra conversación insustancial. Las mismas caras, las mismas mujeres que se contoneaban al ritmo de los tambores y las maracas. Las miraba, no puedo negarlo, pero de un modo completamente distinto. Desapareció toda la humanidad que antes residía en ellas (o en mí), y pasaron a formar parte de una campo de pruebas, de experiencias más cercanas al hedonismo que a la sociabilización. 

— ¿Cuánto tiempo vas a seguir evitándome?

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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