Capítulo 26. Madrid me es ajeno

Robert me puso un coche para llevarme hasta casa de Sus. Ni siquiera le comenté a mi madre que estaba allí. No era capaz de enfrentarme a sus abrazos o a sus preguntas. No sé qué don poseen las madres, pero logran que te desmorones entre sus brazos.

Sus me recibió con dos besos. Ni me habló. Sabía que yo no quería hablar. Me di una ducha, y nos fuimos al Tanatorio de la M-30. Allí estaban sus padres. Los años los habían arrugado y encogido. Recordaba a Tomás mucho más grande, con un porte más severo. Ahora solo era un hombre mayor y destrozado. Gertru me reconoció rápidamente. Se acercó a mí, me tendió la mano y me invitó a sentarme junto a las plañideras. Sus permaneció de pie. Me estaba ahogando. Quería verla. 

— No deberías, niña.

— Tengo que hacerlo.

Sus me sostuvo del brazo mientras nos dirigíamos a esa cueva en la que meten los féretros. Mis piernas temblaban. Las cortinas estaban cerradas. Me tuve que apoyar en la pared.

— La familia no ha querido que se la pudiera ver. A saber cómo está la muchacha. Drogadicta, imagínate. Seguro que era un cadaver andante. No habría mucha carne que quemar.

Mi amiga tiró de mí. Apreté los dientes y los puños. ¿Cómo se puede decir algo así? Si Sus no me sujeta, le hubiera estampado contra el cristal. Estaba hablando de Cris, de mi Cris. No era un personaje de una peli, era una persona. La gente no sabe el daño que hacen las palabras, aunque vengan de una gilipollas desconocida.

— No debiste venir. Fuiste tú quién la lanzó a esa vida. Tú destrozaste su futuro. ¡Márchate!

— ¿Yo? ¡Serás cínico! ¿Fui yo quien la metió en una clínica? No, fuisteis vosotros. La apartasteis de mí. La echasteis de su casa, de su vida. Era una cría. Debíais protegerla. Y ¿qué hicisteis? Nada más y nada menos que lanzarla a los lobos. Vergüenza os debería dar estar aquí. No creo ni que esas lágrimas que regaláis sean reales. No supisteis ser padres, ahora no escurráis el bulto de vuestra culpa. La habéis matado. Sí, vosotros la habéis matado. ¡Vivid con ello, hijos de puta!

Todos nos miraban y cuchicheaban. Me daba igual. Me hubiera callado si no hubieran intentado castigarme por sus actos. Menudos hipócritas. No les deseé la muerte, sino una vida muy larga junto a su conciencia, si es que la tenían.

Robert me llamó aquella misma tarde. Quería saber cómo estaba. Me resultó tan raro desahogarme con él. Quizá había errado en la imagen que tenía. Me volvió a ofrecer su avión, lo tendría disponible en un par de días, por no sé qué normativa de horas de vuelo de los pilotos. Le agradecí el gesto entre lágrimas. Él me repetía que no me preocupara por nada. Incluso se definió como amigo y no como jefe.

Necesitaba beber. Nunca ahogué mis penas en alcohol, pero ese día estaba tan destrozada, que la única salida que veía era amarrarme a un grifo de cerveza. Quedamos donde siempre. Mis amigas me sonreían con timidez. No sabían muy bien cómo debían tratarme. Las abracé, una a una. No me reconfortó. Daba igual.

— Pensé que el sol te haría sonreír más.

— ¿Perdona?

¿Cuánto hacía que no veía a Eli? Me costó reconocerla. Sabía que la conocía de algo, pero a mi cerebro le costaba ubicar su rostro. En un principio me cabreé. Su actitud era tan alegre… Ella no sabía nada. No tenía por qué saberlo. ¿Debe el mundo sentir el dolor ajeno?

— ¿A qué hora sales? Vamos a tu casa.

— ¡Qué directa! Dame quince minutos.

Desaparecimos. No di explicaciones, ni tan siquiera a Sus. Todo me dolía tanto. Notaba cómo mi peso se multiplicaba por infinito. El aire no era capaz de llenar mis pulmones. Al final no bebí tanto, no me dio tiempo, pero mis ojos decidieron que todo se viera tras un filtro de niebla. Mis pensamientos viajaban tan rápido que tan solo dejaban un rumor, un nombre, Cris.

La casa de Eli me resultaba tan familiar como extraña. Ella intentó ejercer de anfitriona. No quería eso. Quería sentir otra cosa, no aquello que me colapsa. Al principio pareció sorprenderse, pero no tardó en comenzar a desnudarme, a desnudarnos, a que nuestras pieles se tocaran de nuevo. Sus labios desbordaban mi boca, mis manos se apresuraban entre sus piernas, su respiración se agitaba, yo me agitaba. Necesitaba más.

— Más fuerte.

— Te haré daño.

— Házmelo.

Eli detuvo su marcha, se separó, me miró. 

— ¿Qué te pasa?

— Nada. ¿Acaso no puede una mujer querer follar de un modo salvaje?

Percibí sus dedos con fuerza dentro de mí. Me desgarraba. Grité de dolor y le supliqué que no se detuviera. Eli obedeció. Notaba sus uñas arañando mi espalda, empujándome a ella. No era placer, sino alivio. Todo se centraba en aquella habitación, en nuestros cuerpos. Me mordía el cuello, los hombros. Sentí ardor en las huellas de sus dientes. Me tiró sin miramientos en la cama. Su rodilla quedó entre mis piernas. Su boca en mi pecho. Más dolor, más bálsamo para mi angustia.

— ¿Quién es a Cris?

Todo regresó. Un yunque cayó sobre mi abdomen, comprimiendo los pulmones, empujando unas lágrimas ancladas en mi garganta, explotando mi llanto. No fui consciente de haberla nombrado. Eli se recostó a mi lado. Intentaba secar mis mejillas. Creí necesario darle una explicación, pero me resultaba imposible articular palabra. 

— Marian…

Eli me dejó sola. Lo agradecí. Me hice un ovillo. Sus susurros me atronaban los oídos. Ahogué mis gritos en la almohada. Solo pensaba en Cris, en morirme. La odiaba. Me había abandonado dos veces. “¡Dos putas veces! ¿Por qué? ¡No me quisiste nunca! Me alegro de que te hayas ido para siempre, porque si te tuviera enfrente pagarías cada puñalada que me has dado. ¡Puta drogata de mierda! Querías pudrirte, y eso vas a hacer. ¿Por qué? Yo te quiero. No puedes hacerme esto. ¡Vuelve! Esto no es verdad, no es real, no…” Creí que solo pronuncié esas palabras en mi mente, me equivocaba. Los pasos acelerados de Eli se detuvieron frente a mí. ¿Cuándo me había sentado?

— ¿Qué necesitas? ¿Qué puedo hacer? 

Se puso de rodillas entre mis piernas. Me abrazó por la cintura. No la sentía. Sabía que estaba ahí, pero yo me había ido. Cuando me quise dar cuenta, Sus también estaba allí, colocándome una manta sobre mi cuerpo desnudo.

— Lleva así desde que te llamé.

— Me la llevo a casa.

— ¡No!

— Marian, no te comportes como una cría. Tú lo flipas si crees que te voy a dejar sola.

— Hagamos una cosa, voy a preparar litros de tila y algo para comer. Ya nos acoplaremos como podamos las tres.

Lo que me faltaba, otro trío en el que me sobraba una participante. Ellas cuchicheaban, yo quería correr o quedarme sentada. ¿Qué era lo que necesitaba? Eli salió de la habitación. Sus me tendió el brazo sobre los hombros. Volví a romperme, volví a llorar. La tristeza, la rabia, no comprender nada…

— Marian, tómate esta pastilla, te sentirás mejor.

— No pienso drograrme. No quiero nada de alguno de tus putos camellos. ¿Te los follas a cambio de porros?

— Son legales, pedazo de gilipollas. Y no te cruzo la cara porque hoy no estás en tus cabales… 

Eli interrumpió nuestra sarta de improperios. Me tendió una de las infusiones. ¿Cómo era capaz de llevar tres vasos en una mano, dos platos en otra y encima abrir la puerta? Me la bebí con cara de asco. No me gustaba la tila, ni la manzanilla, ni ninguna de esas pociones que las madres te hacen tragar con la promesa de que te sentarán bien. Me negué a comer. Decidieron que no debía seguir sentada. Me colocaron en el medio de la cama, y cada una se recostó sobre uno de mis hombros. ¡Qué agobio! ¿Empezarían pronto a meterme mano? 

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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