Capítulo 25. Ni un segundo de paz

Creí que me daría un soponcio. Andrea me miraba. No sé cuántas cosas se me pasaron por la cabeza. Ella estaba ahí, al otro lado de una invisible línea. La sentí tan cerca que su tacto regresó a mis manos.

— ¡Sal de ahí lo antes posible!

— Cris…

— Te espero en la puerta. Súbete al coche verde. Date prisa.

— Cris…

— ¡Joder, Marian! ¡Sal de ahí!

Corrí todo lo que pude buscando una salida. Aquello era como un Ikea sin huellas en el suelo que te mostraran el camino. Pero no me detuve. Seguí corriendo. Cris estaba ahí. Quizá se encontrara en peligro. Debía salvarla. Aceleré más. Por fin vi las puertas de cristal. Tenía que salir. Un guardia se interpuso.

— Debe devolver su acreditación.

Se la tiré. ¿Ponía la vida de una persona en riesgo por una mierda de tarjeta? ¿Quién es tan hijo de puta? No creo haber odiado a nadie tanto en mi vida. Pobre hombre, solo pretendía hacer su trabajo. Pero se interpuso entre Cris y yo. “Unos metros más….”

Frené en seco. Busqué el coche verde. ¿Cómo era posible que todos fueran verdes? ¿Cuántas clases de verde existen? Un destello centró mi atención. Eran ráfagas. El sol me había impedido verlas antes. Volví a correr. Abrí la puerta. Me metí dentro. El coche arrancó a toda velocidad.

— Cris… 

— Marian, no soy Cris. ¿Te encuentras bien?

— Lauren…

Había vuelto a caer. Tan distintas, tan iguales. Me mordí la lengua para no llorar. Mi corazón seguía agitado, ansiando un reencuentro inexistente.

— ¿Por qué me has hecho salir así?

— Robert venía. Alguien le dijo que estás jugando en los dos equipos. No sé qué te hubiera hecho. Es un hombre peligroso.

— ¿Peligroso?

— Olvídalo. No vuelvas ahí. No hables con nadie que trabaje ahí. Por favor.

Sonaba preocupada. Creí que exageraba al decir eso de Robert. Era un gilipollas, un ególatra, un pijo, un elitista, un racista y a saber con cuántas más bondades contaba. Pero, ¿peligroso?

— Han encontrado a Cris.

Lauren no tardó ni dos segundos en detener el vehículo. No soltó el volante. Una lágrima le resbaló por la mejilla.

— Cris está muerta.

— ¡No lo está! Mira.

Cogió las fotos que le tendí. Las miró y las remiró. Su cabeza se movía de izquierda a derecha. ¿Estaba negando la evidencia?

— Está muerta, Marian. No… Me… Nos llamaron desde Venezuela. La policía halló su cadaver. Ahora mismo está volando hacia Madrid. Mis padres la esperan. Lo siento.

— ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Qué ha pasado?

— Robert fue quien habló con ellos. Al parecer se había metido en temas de drogas. Encontraron su pasaporte entre sus restos calcinados.

— ¿Quién ha ido a identificarla?

— No… Solo es… No es posible. 

— Pero la dentadura, alguna prótesis, algo que pueda decir si es ella..

— No… Lo siento. Es ella.

Me abrazó. Mi mandíbula comenzó a temblar. ¿Drogas? ¿Muerta? ¿Quemada? Acababa de ver sus fotos, estaba bien, estaba viva. 

— Dile a Robert que necesito ir a Madrid. No puedo quedarme aquí. Tengo que verla. Tengo que saber si es ella.

Robert se adelantó a la llamada de Lauren. No se anduvo con rodeos, y me preguntó dónde estaba. Le dije que tomando un café con su mujer, que me acababa de contar que Cris había muerto, que me iba a Madrid, a su entierro. Cambió completamente el tono. No solo eso, puso a mi disposición su avión privado. Llamaría para tenerlo listo esa misma tarde. Ni tan siquiera se lo agradecí. Lauren me llevó a casa. Mientras yo hacía la maleta, ella decidió trastear en la cocina y prepararme una infusión.

Fuimos al aeropuerto un par de horas más tarde. Robert había metido prisas a todo el mundo para que saliera de la isla cuanto antes. Yo sólo era capaz de pensar en Cris, en lo extraño que me resultaba todo aquello. Tenía que hablar con Andrea.

— ¿Dónde se hicieron esas fotos?

— Marian, eso no importa. La volveremos a encontrar. Te lo prometo.

— ¡Dime dónde coño se hicieron!

— Cálmate, por favor. Voy a tu casa y lo hablamos con calma.

— Andrea, no me cabrees. ¿Dónde se hicieron esas fotos?

— No estoy segura. En Colombia o en Venezuela. No lo recuerdo.

¡Joder!, grité mientras colgaba. No podía ser ella. No podía ser mi Cris. Estaba tan cerca de encontrarla…

Me subí al avión, y me tomé una pastilla que Lauren había decidido que me sentaría bien. No fue así. Sí consiguió dormirme, pero aquellos sueños… En mi mente, no dejaba de correr. Me chocaba contra muros con grandes carteles blancos. En cada uno de ellos una pregunta. ¿Por qué la hermana de Cris no se vino conmigo? ¿Por qué Robert contrató a una lesbiana? ¿Por qué Catherine estaba tan interesada en mí? Cuestiones que no me planteé de un modo consciente, me visitaron en aquella pesadilla que duró casi la totalidad del vuelo. Había una cuestión que me perseguía, mientras escalaba aquellas barreras de ladrillo rojo, si Cris había muerto, ¿por qué yo no lo sentía así?

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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