Capítulo 22. Todos merecemos una segunda oportunidad

Nos encaminamos a una de esas calles empedradas a las que los turistas no se atreven a acceder. Un pequeño bar caribeño, lleno de colorines, de madera, de máscaras y un sonriente señor, nos recibieron nada más entrar. No sé qué problemas tienen con qué se tome café a las nueve de la mañana y no uno de esos dulzones cócteles.

— Bueno, dime ya qué es lo que quieres. 

— Tomar algo contigo, que charlemos…

— Ya, y yo soy gilipollas. Si es por lo de la campaña, no te preocupes, Robert ha decidido que tú seas la imagen, y yo no pienso oponerme.

— Marian, no es eso. Hemos empezado con mal pie -se detuvo a pensar su siguiente movimiento-. Vente esta tarde a mi casa, te demostraré que no soy así.

No me negué. Apuré el café, dejé la taza sobre la mesa y, tras los tres besos a los que acostumbran en esa zona, regresé a la oficina. Terminé de hacer unas llamadas que tenía pendientes, y me fui directa al restaurante donde había quedado con Sus.

—¿Desde cuándo te has vuelto una depredadora sexual?

— No digas gilipolleces. Solo vamos a hablar.

— Ya, como que tiene mucha conversación… No he conocido a una tía que se quiera más a sí misma. Si por eso me la tiré, no sabes cómo me aburría.

— Dejemos el temita. ¿Lo has pasado bien estos días?

— De puta madre. No sabes qué envidia me das. Podría pasarme los días follando. ¡Joder, pero si hasta tú, que eres una sosipava no dejas de tirarte a toda la que se menea un poco!

— Echo de menos Madrid. Lo de Cris me ha dejado muy tocada… Bueno, termina ya, que sino perderás el vuelo.

  
Llegamos al aeropuerto. Allí, los turistas se mezclaban con los lugareños que recorrían las islas en pequeñas avionetas privadas. Sus facturó las maletas, y esperamos, tomando un refresco a que la hora de salida se acercara. No quería que se marchara. Quizá yo quería irme con ella. Se me haría difícil llegar a casa sin escuchar sus “tía, tú lo flipas”. 

— Folla mucho, no seas imbécil, que ya vendrá la sequía. Incluso fóllate a Carol, está buena. No es que sea una máquina sexual, pero para un polvo, sirve. Y a Andrea… A esa te la tienes que tirar y retirar. Pufff, si yo pudiera, no le dejaba salir de entre mis piernas. ¿Has visto qué culo tiene? ¡Y qué tetas! Solo me dan ganas de agarrarlas y lamerlas hasta que se arruguen.

— ¡¿Quieres parar ya?!

Le di el abrazo más grande que pude. Ojalá no hubiera tenido que dejarla ir. Un gorila enorme nos miraba con cara de pocos amigos, no sé si porque le habíamos hecho levantarse de su silla para comprobar el billete o porque no era muy amigo de las muestras de afecto.

Sus desapareció detrás de un grupo de niñatos americanos, y yo salí corriendo de allí, dispuesta a refugiarme en mi cama. Un mensaje en el móvil me recordó mi cita con Carol. Suspiré, lo último que me apetecía era escuchar lo mucho que le gustaba a los hombres, cómo se volteaban para contemplar su “inconmensurable belleza”.

— Pensaba que ya no vendrías.

Carol abrió la puerta, con una bata de satén, llena de flores apagadas por un fondo dorado. No comprendí por qué no se había adecentado un poco sabiendo que mi visita era programada.

No importó lo que mi mente anduviera cavilando, ella me tomó de la mano y con grandes zancadas, me llevó hasta su cuarto, me tiró en la cama, y desapareció. Yo me miré los pies, aún tenía los zapatos puestos. Unos zapatos que habían pisoteado la calle y ahora se posaban sobre el fino edredón de hilo.

Carol regresó a mi lado, se puso de rodillas a la altura de mi cintura, y dejó caer la poca ropa que recubría un cuerpo que debió ser perfecto años atrás y ahora se veía ajado por los años. Permaneció inmóvil, sonriéndome, quizá deleitándose por tener una espectadora. Una puerta chirrió. Una sombra se apresuró a hacer acto de presencia en la habitación. Me costó distinguir su rostro, mi mirada había decidido vislumbrar la desnudez de aquella silueta, que se colocó a la misma altura que Carol, pero en mi flanco derecho.

— ¿Qué está pasando?

— Tú relájate, nosotras haremos todo el trabajo.

Sin tiempo para una réplica, comenzaron a besarse, a tocarse, mientras mis ojos querían escapar de sus cuencas. No me podía creer lo que estaba viendo. ¿Qué pretendían? ¿Así se hacían los tríos?

— No tengo tiempo para esto. Y no sé cómo tú te has prestado a esto -recriminé a Andrea.

— Te lo debía por las veces que nos quedamos a medias.

— Sí, nos quedamos. Tú y yo nos quedamos. Ella no.

— Venga, no seas gruñona. ¿Cuándo vas a tener la oportunidad de que dos mujeres como nosotras te follen lentamente?

Reconozco que estaba excitada, pero mi cerebro tomó el control tras una batalla intensa contra mis hormonas, y traté de incorporarme. Con un empujón, ambas dejaron mi espalda nuevamente sobre el colchón. Carol se sentó sobre mis caderas y continuó besando a Andrea, que aprovechó para tomar mi mano y colocarla en su vientre. Su tacto me volvió completamente loca. Quería arrancarme la ropa, y volver a sentir su piel. 

Todo era tan surrealista… Ellas se movían al unísono. Primero quitándome los zapatos, los pantalones, incorporándome para sacar mi camisa, mi ropa interior. Y me quedé como ellas, desnuda, con tantas manos por mi cuerpo que me sentí una diosa hindú. Tomaron mis brazos, y me ataron al cabecera con unas telas rosas. 

Sus bocas fueron trepando desde mis rodillas, subiendo lentamente por mis piernas. Notaba sus lenguas serpenteando por mi piel. Yo solo podía suspirar ante la imposibilidad de moverme. Quería más, deseaba que aquel momento durara eternamente. Pero, al mismo tiempo, necesitaba incorporarme y ser partícipe de aquella encerrona.

Ambas convergieron entre mis piernas, y tras un par de lengüetazos y un jadeo por mi parte, continuaron su ascenso, sin que yo pudiera retenerlas allí, en ese lugar. Estaba claro que pensaban jugar con mis necesidades primarias. Tenía a Carol a mi izquierda, a Andrea a mi derecha, y a mí en algún lugar parecido al paraíso.

Mis pechos eran lamidos con dulzura por estribor y con fuerza por babor. Lo definiría como “sexo de fusión”, en el que el frío y el calor se conjugaban de una forma tan perfecta, que ni Adrià, con todo su nitrógeno hubiera logrado tal explosión de placer.

Sin abandonar sus besos, emprendieron un viaje hacia mi vientre, Andrea con la yema de sus dedos, Carol con la palma de su mano. 

— Tu lubricación habla por ti… No puedes negarnos que esto te está gustando.

Negué con la cabeza. Me era imposible articular palabra. Quería más, y no había forma de hacérselo saber. Andrea me miró, y con media sonrisa se acercó a mi boca, devolviéndome aquellos besos que se esfumaron en ocasiones anteriores. Carol, por el contrario, decidió que era hora de introducir sus dedos en mí, logrando que mi espalda se curvara y sintiera los labios de Andrea con mayor intensidad.

Andrea se sentó sobre mi abdomen, comenzó a moverse de forma rítmica. Su cabeza se inclinó hacia atrás, expresando el placer que sentía. Sus manos me masajeaban, y yo no podía apartar la mirada de ella, salvo cuando la boca de Carol complementó a sus dedos. Quería arrancarme la piel y poder sentir aún más placer, si aquello era posible. 

Mis jadeos, los de Andrea, la respiración agitada de Carol, aquella imagen mental que tenía de ella disfrutando de mí… No aguanté más, y en una explosión pausa, solté un grito grave, dejándome vencer, eliminando la tensión de todos mis músculos.

— Aún no hemos acabado contigo -la voz de Carol sonaba lejana.

— Ahora me toca a mí saborearte.

Acto seguido, Andrea me desmontó, y pude ver cómo, con una mirada cómplice entre ellas, unieron sus lenguas y se dirigieron hacia el campo de pruebas de Carol. Creí que moriría de gusto en aquel instante. Pero eso no era todo lo que aquellas dos tenían planeado para mí…

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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