Capítulo 21. No hay mal que por bien no venga

No tuve que articular palabra. Andrea me dirigió hacia su habitación, sin dejar de besarme de un modo tan sensual, tan dulce, que yo sólo podía ir derritiéndome en sus labios. Nos paramos justo al lado de la cama, se separó de mí, me miró de arriba a abajo.

— ¿Sucede algo?

— Solo quiero recordar cada segundo. Deleitarme contigo. Llenarme de ti.

¡So sweet! No estaba acostumbrada a esa delicadeza. Me gustaba. Me gustaba ese deseo por el cuerpo que va más allá, sin ser yo el fin para lograr el placer ajeno, sino siendo partícipe del suyo y del mío. Adoraba sus caricias subiéndome por los brazos, esa mirada tierna, cómo, sin darme cuenta, me iba desprendiendo de la ropa. No era como en el yate, no se estaba apresurando. Y aunque la espera por sentir su cuerpo sobre el mío me estaba matando, al mismo tiempo, disfrutaba de cómo mis ganas iban en aumento. Mi espalda se convirtió en su lienzo, sentía las yemas de sus dedos, la estela que dejaban en mi piel. Mientras tanto, yo no me atrevía a estropear ese momento, y mantuve mis manos en su caderas. Andrea tomó la decisión de ser ella quien se desnudara para mí. Intenté no apartar la mirada de sus ojos, pero me fue imposible, su piel me llamaba con gritos acallados por nuestra respiración. Desnudas, frente a frente, a escasos milímetros la una de la otra, sus besos regresaron a mi boca, que los recibió con un ansia que su lengua frenaba. 

¡RING! ¡RING!…

— ¿Eso es un teléfono? ¿Sabes que puedes cambiarle la melodía? -pregunté mientras continuaba degustando su cuerpo.

— Tengo que cogerlo. Es el tono de mi jefa.

Antes de que me diera cuenta, Andrea había desaparecido de la habitación. Me quedé allí, de pie, quieta, sin saber muy bien si sería apropiado recostarme sobre la cama. Oía cómo hablaban, pero no comprendí ni una palabra. ¿Alemán? No sé si la conversación se avivó, o es que ese idioma me resultaba demasiado rígido. Tardó unos diez minutos en colgar y regresar a mí.

— Lo siento, tengo que irme.

— Pero si es domingo… ¿Me vas a dejar así?

— Tengo que hacer unas cosas.

Antes de terminar la frase, ya se había vestido, me había tendido la ropa y se impacientaba porque yo permanecía inmóvil, intentando digerir que se iba corriendo cuando yo estaba desnuda ahí mismo… El trabajo es importante pero, ¿tanto?

Salimos apresuradamente, se disculpó por no poderme llevar a casa y llamó a un taxi mientras yo contemplaba cómo se alejaba.

Llegué con hambre, con una sensación de vacío en el pecho, con la boca sedienta de besos. Quería llorar y no sabía por qué. ¿Acaso me gustaba tanto? Sabía que no sólo era eso, que junto a ella, mi libertad de pensamiento también se había alejado. Cris volvía a gritarme, y cada vez con más fuerza, con más rabia. Compredía por qué me dejó, y eso convertía nuestra ruptura en enfado. Si me lo hubiera contado…, quizá las cosas hubieran sido distintas. Pero no lo hizo, prefirió huir sin mí. ¿Por qué? Yo la hubiera seguido hasta los confines del mundo.

— ¡Estás temblando, tía!

Ni siquiera era consciente de aquel traqueteo. Estaba abrumada, sobrepasada y sin saber muy bien los motivos. Sus me tendió una manta, que hacía las veces de cojín. Se abrazó a mí, chistando, como si aquello logrará que mi mente dejara de dar vueltas por el cráneo, jugando una partida imaginaria de frontón. Sentía mis dientes rechinar. Sus me apretaba con más fuerza contra su cuerpo. El frío era inmenso, pero no en mi piel, se había aposentado en algún rincón de mí, y la tensa mandíbula no lo dejaba escapar.

— ¡Ya no sé qué hacer! ¡Espabila!

Sus gritos sonaban huecos, casi tanto como mi pecho. Entonces, sin saber por qué, mi amiga decidió que la mejor manera de calmarme era echándose sobre mí y besándome. Sus labios me parecían extraños, como si besara una pared húmeda por la condensación. Su lengua serpenteaba dentro de mi boca. Por fin reaccioné.

— ¡Qué asco! -vociferé mientras me apartaba de ella.

— Perdona, bonita, pero beso como los ángeles.

— Creo que prefiero besar diablesas…

Sus comenzó a reír, y yo a recomponerme de aquel estado de nervios. ¿Qué cojones me estaba pasando? No es que yo fuera la mujer más estable del universo, pero tampoco era una histérica salida de una película de Almodóvar. Debía centrarme. No había recorrido medio mundo para terminar internada en una institución psiquiátrica. Ese día terminó pronto, me fui a dormir con la esperanza de que el lunes trajera algo de sosiego.

Mi dolor de cabeza y yo nos dirigimos a la oficina. Normalmente disfrutaba del viaje, pero ese día, suficiente tenía con mantener mis ojos en la sinuosa carretera. A mi llegada, la chirriante voz de Luz, anunciándome la presencia del “Ilustrísimo Robert” en mi despacho, no hizo más que avivar aquel recital de trompeta desafinada que tenía por mente.

— Hay dos cosas que no consiento en esta empresa. Una es la depravación y otra la falta de honestidad.

— No sé de qué va esto, pero no soy una depravada, y mucho menos te he mentido.

— Lo sé, pero necesito que tú seas mis ojos en este departamento. No sé por qué, la publicidad solo atrae a mentes perversas.

— ¿Perdona? ¿Quieres que sea una carcelera?

— No quisiera tener que despedirte…

Alguien se atrevió a llamar a la puerta. Estaba segura de que Marina no sería capaz de interrumpir una reunión con Robert. Mientras él se entretenía en abrir la puerta, malhumorado, yo dejé mi bolso en la mesa, y comencé a sacar mis gafas, mi bolígrafo (ese al que tienes tanto cariño que lo usas solo para firmar).

— Te presento a la imagen de la campaña de Avivus. 

Alcé la vista, y vi cómo todo se complicaba.

— ¿Carol?

Lo que faltaba pa’ el burro… Robert estaba muy ilusionado por contar con una modelo de la talla de Carol. Una modelo que ya no lo era, hay profesiones en las que la edad no perdona, salvo que Robert se enamore perdidamente de esa sonrisa. 

Nos dejó a solas y en silencio, aunque creo que su intención era más la de que discutiéramos sobre la campaña que me traía de cabeza. Un anuncio que se vería en todas las Islas Vírgenes. La Viagra femenina (irónico…). Y aunque este era un tema serio, y que merecía por fin un guiño por parte de la industría farmacológica, que precisamente Carol fuera su cara visible, dotaba a todo aquello de un tono satírico.

— Mi cuerpo es tuyo, úsalo como gustes.

— Te pasaré el storyboard. Necesitamos concretar una cita para la prueba de maquillaje y peluquería. El vestuario ya está elegido, por lo que tendrás que probártelo y que la modista lo arregle. El director del anuncio querrá una muestra, te pongo en contacto con su secretario. Mejor aún, Marina se encargará de cuadrar agendas. Así casi ni tendremos que vernos.

— Quería haber hablado contigo en el barco.

— Si no lo recuerdo mal, tenías la lengua muy ocupada.

— No quiero que tengas una imagen distorsionada de mí.

— Creo que poco importa lo que opine.

— A mí me importa. Tú me importas. ¿Puedo invitarte a un café? Quisiera que lo intentáramos de nuevo.

Me dolía tanto la cabeza, que hasta su invitación me pareció una buena idea. Sobre lo otro…

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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