Capítulo 20. Hay piezas que encajan a presión

“Soy Laura, bueno, ahora Lauren, la hermana mayor de Cristina. He intentado explicarte lo que sucedía, pero entre tus desmayos, tus ataques amorosos y la psicópata de tu amiga, no he tenido oportunidad. Si hubiera sabido que una mujer podía excitarme tanto, lo hubiera probado antes…” Imaginaos mi cabreo.

“Llevo años buscándote. Solo tenía tu nombre y una vieja fotografía que Cristina dejó en casa cuando desapareció. Por eso, cuando me llegó publicidad de un evento, y tú aparecías de fondo, me puse a indagar, hasta que te encontré en aquella empresa. Me costó un dineral que te dejaran ir. No quería que la persona que hizo sonreír a mi hermana, se pudriera en un cuchitril. Por eso le pedí a Robert que te trajera. Por suerte su compañía se dedica a la publicidad, y tú has resultado ser realmente buena en tu trabajo.”

— ¿Qué clase de broma de mal gusto es esta? -pregunté mientras me vestía.

— Ninguna, Marian. 

— Creo que no me estoy enterando. Me traes aquí, te lías conmigo varias veces, sabiendo que te confundía con Cris, y no me dices nada… ¿Qué clase de hija de puta eres?

— No es así, Marian. No sé por qué lo hice. Lo siento. Supongo que quería sentirme más cerca de ella.

— ¿Dónde está? Quiero verla. ¡Necesito verla!

— No lo sé. Hace años que no sé nada de ella.

— ¿Me estás diciendo que no sabes dónde coño está tu hermana?

“Un día llegamos a casa. Ella no dejaba de sonreír. Yo acababa de empezar con Robert. Cris nos dijo que estaba enamorada, enamorada de ti. Mi padre se puso blanco, mi madre lloró desconsoladamente. Robert había vivido una situación similar. Su hermano llevaba años en terapia por ser gay. Así es que les propuso a mis padres pagar el tratamiento de ‘reacondicionamiento mental’. Cris se volvió loca. Llenó una mochila de ropa, tiró todos los muebles que se encontró en su camino, dejando herido a Robert. Y se fue. Durante un par de años, le seguimos la pista, hasta que logramos dar con ella e internarla. Estuvo allí tres años, pero logró escapar, y no supimos más de Cris. Creímos que se habría puesto en contacto contigo. Te investigamos, no hubo resultados concluyentes. Por eso te trajimos, esperando que ella te siguiera. Cuando nos vimos en la fiesta, y te abalanzaste sobre mí, tuve la certeza de que no la habías visto en años.”

Mi cara era todo un poema. Un poema de la Generación del 98. Apesadumbrada, enfadada, sin saber muy bien cuál sería mi camino. ¿Tratamiento para curar la homosexualidad? ¿Eso seguía existiendo? ¿Qué habría sido de ella? Pobre Cris… Siempre fue tan fuerte, tan valiente. Me la imaginaba en una habitación de hormigón, con el suelo húmedo y las paredes filtrando las aguas de la lluvia. Un hombre vestido de blanco, con un torno que perforaría su cerebro. Se me encogía el alma. ¿Cómo una familia permitía algo así? Me descubrí apretando los puños, y mirando con odio a aquella que pensé que era Cris. No era capaz de recordar con nitidez la primera noche que vi a Lauren-Laura, pero estaba casi convencida de que fue ella quien me besó.

— ¡Fuera!

— Marian, por favor, déjame…

— No quiero oír nada más. ¡Fuera!

No parecía que mis imperativos sirvieran de mucho. En ese momento agradecí que Sus hiciera acto de presencia. Mi farsante se vistió como pudo, y escapó corriendo, dejando la puerta entreabierta.

— ¡¿Qué coño hace esta zorra aquí?!

Rompí a llorar. Demasiada información para mi cerebro… Sus me miró desde la distancia. No se movió. Aquello me hacía sentir aún peor. El aire se volvió rancio, irrespirable, pesado sobre mi pecho, sobre unos hombros que pensaban en no volver a cargar con aquel doloroso pasado.

Me desperté en mi cama, con un terrible dolor de cabeza. Supuse que Sus me arrastró hasta mi cuarto, pues ella yacía a mi lado. La abracé, con todas mis fuerzas, con las pocas ganas de seguir existiendo que tenía. Ella se giró, aún con los ojos cerrados, tendió su brazo hacia mí, y buscó mi boca con la suya. Estaba tan aturdida que me dejé besar… Sí, quizá estuviera buscando algo de cariño en el cuerpo equivocado. Volví a mi ser, y me aparté, con los gruñidos de Sus como banda sonora. Al fin despertó, quizá por haberse sentido rechazada. Giró la cabeza, abrió los ojos con sorpresa y se levantó de un salto.

— ¡Yo no soy el segundo plato de nadie!

— ¡Pero si has empezado tú!

Creo que estuvimos media hora discutiendo sobre quién era la responsable de aquel encuentro casual. Al final, sin llegar a acuerdo alguno, me fui a la ducha, se hacía tarde y yo debía salir a comprar unos recuerdos para que Sus los llevará a España y engañarme pensando que me sentiría más cerca de mis amigas.

Caminé entre las tiendas, llenas de colores, de conchas, de botellitas con arena, de cuadros. Eso de elegir el regalo perfecto era un auténtico coñazo. Unos pequeños ceniceros con forma de calavera serían la mejor opción. Eran feos, horribles, pero aquella roca que inspiraba cuentos de piratas me había impresionado. Saqué el monedero, y una mano me detuvo cuando me dispuse a coger los billetes.

 
— Tienes que regatear.

— Pero si al cambio son como dos euros por cada uno.

Andrea tomó las riendas, y tras un largo tira y afloja, consiguió que el precio se redujera a más de la mitad. A mí me sabía fatal recortar los beneficios de aquella pobre gente. Ella alegó que ganaban más que ambas juntas.

— ¿Tú sabes la cantidad de americanos que pagan barbaridades por una mierda de caparazón que puedes encontrar en cualquier playa? 

— Pero se están ganando la vida. Nadie te obliga a comprar.

— ¿Has visto las casas que están junto al paseo? Esas de colores estridentes… Son de esta gente que tanta pena te da. Bueno, cambiando de tema, ¿te puedo invitar a comer?

— Claro. Estoy hambrienta.

Nos subimos en su pequeño coche, mucho más práctico para circular por aquellas impracticables carreteras. Nos detuvimos frente a una casa de estilo colonial, como la mayoría de las casas de la isla.

— Bienvenida a mis dominios.

Desapareció unos segundos de aquella impresionante mansión, y regresó con dos copas de vino blanco. “No sé cocinar sin deleitarme un poco con este californiano”. Acompañé sus pasos hasta la cocina, comenzó a sacar sartenes y cazuelas. Abría y cerraba la nevera constantemente. Se había recogido su melena en un coleta improvisada, pero que le brindaba una belleza aún mayor, sin tanto artificio. Siempre preferí la naturalidad en una mujer, creo que no hay nada más bello que contemplar a una recién levantada, sin peinar, sin haberse pasado horas rebuscando en su fondo de armario, sin toneladas de maquillaje, simplemente ella, con esa luz que irradia, la esencia de una mujer. Y Andrea estaba preciosa, radiante, cacharreando, tarareando una canción de los Beatles. Solo era capaz de decir “wow”. 

— ¿Estás bien? Te has quedado muda.

— Sí… -conseguí pronunciar-. Hoy tuve un día complicado. El pasado vino a sacudirme, y entonces apareciste tú, tan hermosa. 

— Vaya, me has sorprendido con tu cumplido. Gracias. La verdad es que no esperaba ni que aceptaras mi invitación. Pero te aseguro que nada tiene que ver con el trabajo. Me gusta hablar contigo, me siento cómoda. Tienes una mirada muy dulce.

— Mi mirada ahora está centrada en tus labios -me atreví a decir.

Andrea soltó la cuchara y se acercó lentamente a mí, analizando mis reacciones. La tenía a milímetros, sin tocarme, pero sintiendo el calor que emanaba de ella. Tenía algo que me imantaba, que me empujaba irremediablemente a su boca. Cuando estaba con ella, el resto del mundo desaparecía, ni Cris se paseaba por mi mente. Quizá era eso lo que más me atraía de ella, vaciaba mí cabeza de cualquier problema.

— ¿Estás segura de esto?

— Nunca estoy segura de nada. Pero, ¿debo resistir mis ganas de ti?

Me besó. Un beso cálido, suave. Me sorprendió su delicadeza, su manera de sujetarme la barbilla para que yo alzara la cabeza. Fueron unos segundos, hasta que decidió separarse de mí.

— ¿Lo dejamos en un romance adolescente o prefieres que te enseñe mi habitación?

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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