Capítulo 19. Mujeres, mar, poca ropa (II)

¿Toda aquella belleza estaba oculta bajo las aguas? Mis ojos se maravillaban, mientras mi mente solo era capaz de pensar en lo gilipollas que fui con Andrea. Era una mujer preciosa, inteligente, amable y con la que conseguí conectar. ¿Qué problema tenía? 

  
Me quedé flotando, absorta en aquel paisaje, hasta que noté unos golpecitos en el tobillo. Andrea me sonreía, y me apremiaba para subir al barco. No sé ni cómo era capaz de mirarme a la cara. 

Arriba, Carol y Sus seguían a lo suyo. Al menos a Sus sí que le complacía Carol. Eso era lo mucho que yo le gustaba… La mesa bajo la lona, estaba llena de platos con ensaladas, frutas, y un camarero que portaba las langostas. Solo con olerla, todos mis sentidos se dispararon. Si las que me comí en el puerto eran deliciosas, esa era increíble.

Tras el café, que fue lo menos apetecible, el yate se dirigió a la isla. Nos habíamos retrasado en los planes de Andrea, por lo que la tarde la pasaríamos en la playa. “La pareja del día” se adentró en la pequeña jungla, supongo que buscando una privacidad que descuidaron cuando estaban en el barco. Andrea sacó unas toallas de una bolsa impermeable, y las extendió, dejando entre ellas la prudencial distancia de medio metro.

— ¿Me odias mucho? -pregunté con la voz más dulce que tengo.

— No digas tonterías. Eres un amor. Pero creo que deberías apuntarte a una escuela para mejorar tu inglés, a veces me dices cosas en español, y me pierdo.

— Quizá tú deberías aprender castellano… ¡Me gustas! -grité de forma impulsiva.

— Ya, pero soy trans, y eso te frena.

— Para un polvo sí. Si hubiera algo más, creo que no me acordaría.

— ¿Quieres que te invite al cine y a cenar para poder acostarme contigo? -su tono sarcástico me molestó.

— No, tampoco es eso. No sé, Andrea. Te follaría ahora mismo, pero no sé si a mitad del polvo me paralizaría, ni cómo me sentiría después. 

— No lo estás arreglando. Déjalo así. No pudo ser y ya está. No intentes explicarme que en realidad no me ves como a una mujer. Ya sé lo que pensáis de mí, me lo han dicho mil veces, “estás muy buena, pero…” Ya no me duele como antes. ¿Sabes que antes de la operación muchas mujeres no tenían problemas en que tuviera tetas y pene? Pero después la pregunta fue “¿para qué te haces mujer y lesbiana?”, como si eso tuviera alguna relación. Y por si tú también tienes esa duda, me han gustado las mujeres siempre, nunca fui gay, y cuando te cambias físicamente de sexo, el cerebro no te lo tocan, por muchas hormonas que tengas que meterte.

— Que no me haya acostado contigo no implica que sea tan retrógrada. Entiendo que te gusten las mujeres, sea en el cuerpo que sea. Me cuesta ponerme en tu piel con respecto a tu género, no sé, no he vivido algo así.

— No voy a intentar explicártelo. Marian, haz como que no te dije nada, como que jamás pasó.

¿Cómo pretendía que olvidara que me aceleraba el pulso? Tenía que cruzar las piernas para intentar controlar mis ganas. “¿Por qué te retienes?”, me preguntaba. Y dejé de preguntarme. Rodé por la arena, y me situé a centímetros de unos labios que me habían estremecido. 

— Me gustas. Me sorprendió lo que me dijiste, y fui idiota, pero me gustas. Llevo una temporada un poco rara. Me he acostado con gente que no me atraía de ninguna manera, solo por dejar de tener la mente en un tema que me está jodiendo. Contigo es distinto. Tú me gustas, me excitas. No quiero perder la oportunidad de sentirte. No sé cómo tocarte, no sé nada. Pero, si aún te apetece, me gustaría que me mostraras cómo lograr que sientas el máximo placer que esté en mis manos.

— ¿Le das tantas vueltas a todo? Sólo bésame, el resto irá saliendo solo.

Y eso hice, la besé, la besé con tantas ganas que las nubes cubrieron el cielo. Notaba las grandes y frías gotas de lluvia recorriendo mi espalda. Me encantaban aquellas tormentas tropicales, y esa en especial, porque incendiaba aún más mis ganas de sentirla.

— Creo que la climatología no quiere que esto suceda. Debemos volver al barco.

— ¿En serio? -pregunté con resignación-. Tenemos que esperar a “las amantes de Teruel” -esa frase en inglés carece de todo sentido.

No tardaron en aparecer, desnudas, exhaustas. Nadamos hasta el yate. El cielo se estaba poniendo negro, el viento se avivaba, los toldos vibraban, la cubierta era un charco, el camarero de las langostas nos traía más toallas (creo que el barco flotaba por algún tipo de sistema basado en algodón egipcio). El viaje de vuelta fue movidito e incómodo. Sus miraba a Carol, Carol me miraba a mí y yo miraba al suelo mientras notaba los ojos de Andrea clavándose en mi nuca.

Tras las correspondientes despedidas, aparentando que nada había ocurrido, Sus y yo nos fuimos directamente a casa, a refugiarnos de aquellos truenos que reverberaban en las palmeras. 

— ¡Tú flipas! ¿Y no te la has tirado?

— No hemos tenido la oportunidad.

— ¡Si habéis desaparecido tres horas!

— No ha sido tanto tiempo. Estuvimos charlando en la sauna. Pero, ¿tú en qué tenías la mente, en Carol, o en lo que yo hiciera?

— Puedo follármela y saber dónde estás.

No quise decirle nada de aquella conversación. No por vergüenza, sino porque consideré que era algo íntimo y si Andrea quería contarlo, ya lo haría. Sin duda, esperaba volver a verla, y quizá terminar con aquello que la lluvia había interrumpido.

No me había dado tiempo a ponerme el pijama, con la intención de sentarme junto a la ventana y quedarme absorta mirando la tormenta, cuando el estridente timbre me fastidió mis tranquilos planes. Fui hacia la puerta con total desgana, arrastrando los pies y gruñendo. No pregunté quién era el osado que perturbaba mi paz, y abrí con bastante mala leche.

Mis manos se alargarón de forma instintiva, y tiraron de una Cris empapada. ¡Joder, otra vez caía en sus besos! No quería conformarme con ellos, quería más, y la fui conduciendo con mi cuerpo hasta el sofá. El calor me ahogaba, mi ropa iba saltando sobre los cojines, cayendo sobre la de Cris que, algo cohibida, me acariciaba la espalda. Solo pensaba en devorarla lentamente, en saborear cada milímetro de su cuerpo, lo había echado tanto de menos… Mis labios se dispusieron en su abdomen, ansiaba atesorar cada momento. Busqué los lunares con los que tanto tiempo juguteé, recorrí, besé, uní con líneas imaginarias…, no estaban. ¿No era allí donde los escondía? ¿Y esa mancha que tenía junto al ombligo? No recordaba haberla visto nunca. Mi memoria me estaba jugando una mala pasada, veía de una forma tan clara su cuerpo en mi mente. ¿Estaba confundiendo su cuerpo con el de otra mujer?

— Será mejor dejarlo así -me instó.

— No eres ella. ¡No eres Cris! ¿Qué coño es esto? ¿Cómo cojones sabe Robert de Cris? ¿Quién coño eres tú? ¿Por qué intentas suplantarla? ¿Por qué te ha mandado?

— Cálmate, por favor. Deja que te lo explique…

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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