Capítulo 18. Mujeres, mar, poca ropa (I)

Ese mismo sábado, nos echamos a la mar. Sus eligió que fuera Carol la que nos acompañara, quería “hincarle el diente”. A mí no me hizo ni pizca de gracia, pero cedí, la idea de acudir sola a aquella reunión tan rocambolesca no es que fuera demasiado apetecible.

Y allí nos plantamos las tres. Sus intentando entablar una conversación con Carol, la cual solo se dedicaba a ignorarla y a mirarme por encima del hombro. Andrea nos saludaba efusivamente desde un yate enorme. Creo que jamás en mi vida había visto semejante monstruosidad… Al subir a cubierta, ver esos asientos tapizados, el jacuzzi, la forma aerodinámica, los cristales tintados, el suelo de madera…, ¡flipé! No me importaría vivir en un barco así.

   
Andrea se quitó su vestido amarillo y las chanclas según zarpamos. Carol no tardó en hacer lo propio, supongo que en un afán por demostrar que su cuerpo era más espectacular, pero la lucha estaba reñida. Aquello era como un paraíso lésbico en el que Sus y yo actuábamos como espectadoras.

— Vamos a ir hasta una zona donde los arrecifes de coral son increíbles. Fondearemos cerca de una pequeña isla, donde podremos disfrutar de un baño tranquilo y un aperitivo. Tras esto, subiremos a bordo, y el chef nos deleitará con unas langostas a la mantequilla, capturadas esta misma mañana, y que se cocerán bajo la tierra. ¡Una auténtica delicia! Para la tarde no he planeado nada, creo que es mejor que elijamos si navegar o si disfrutar de unos chapuzones en medio del mar. Ya lo vamos viendo según transcurra el día. De momento, brindemos con estos cócteles, tumbémonos al sol y pongamos en marcha el jacuzzi.

Si cuando vivía en mi zulo madrileño me hubieran contado que pasaría un día en un yate, con unas despampanantes mujeres, dejándome querer, con un sueldo que desbordaba mi cuenta corriente y viviendo en una isla llena de misterios, no me lo hubiera creído ni “jarta vino”.

— Andrea, ¿cuándo piensa hacer su aparición la Directora General?

— Ella no está aquí.

— Pensaba que si la oferta era sería, ella se dignaría a acompañarnos.

— Estoy yo, que no pienso en escatimar recursos para convencerte.

¿Recursos? Eso no sonaba nada mal. Andrea me sonrió, me tendió la mano, y me hizo acompañarla al interior de aquella embarcación. Si por fuera era increíble, lo que contenía era asombroso. De un pequeño armario, sacó dos toallas. Abrió una puerta de madera, que dejó vía libre a una nube de vapor. Mi mente no tardó demasiado en reconocer el olor característico de las saunas. No es que me gusten mucho, tanto calor me mata, pero Andrea seguía inspirándome una curiosidad insaciable. Nos sentamos en un banco de madera. El calor me subía por las mejillas. Ella me miraba, yo la miraba, y ya se sabe, “las miradas van al pan”. ¡Joder, qué manos! Me recorrió el cuerpo en dos pasadas. Ni me había fijado en lo grandes que eran. Sus labios se deslizaban por los míos, con tal dulzura que no sabría decir cuál era la intensidad de estos. No pude resistirme, y tiré del cordón de su bikini. Sus pechos ni se movieron, permanecieron turgentes ante mis manos. Había algo en ellos, algo que no supe descifrar en ese momento. Andrea se levantó y se desprendió de la parte de abajo. Tenía un cuerpo maravilloso que incitaba a pecar.

— ¿Te gusta lo que ves?

— Me encanta -respondí mordisqueándome inconscientemente el labio.

— ¿Te consideras una mujer de mente abierta?

— Soy lesbiana…, supongo que sí.

— ¿Quieres tocarme?

— Sin duda.

Se acercó lentamente a mí, mis manos se extendieron hacia ella, atrayendo su vientre a mi boca. Por su blanca piel escurrían gotas de sudor, que quizá, en otra ocasión, no me hubieran resultado tan atractivas como en ese momento. Andrea se apartó e hizo que mis dedos se deslizaran entre sus piernas. 

— ¿Qué te parece?

— Que haces muchas preguntas cuando deberías estar besándome.

Me introdujo dentro de ella. No parecía demasiado excitada, por lo que salí rápido de allí.

— ¿Me usas como ginecóloga? Andrea, me gustas, y me encantaría llegar más allá, pero no de este modo tan ortopédico.

— Creo que eres la primera que lo nota. Pensaba que te molestaría. Nunca sé cómo encarar este tema.

— Me he perdido. ¿Qué noto? ¿Qué no te excito? No tenemos por qué hacer nada. ¡Ah!, ¿esto es por el trabajo? ¡No me jodas! ¿Te ibas a acostar conmigo por eso? -el cabreo iba en aumento-. Dile a la que no quiere dar la cara que se puede meter su propuesta por donde le quepa, y al capitán que ya puede ir dando la vuelta. Yo no me vendo. ¿Por quién coño me habéis tomado? ¿Crees que un puto polvo me va a hacer cambiar de idea? Si estoy aquí es solo porque no quería que perdieras tu trabajo, y así me lo pagas…

— ¡Para! Si me iba a acostar contigo es porque quiero. ¿Me has tomado por una puta? -ella también estaba enfadada-. Pensé que te habías dado cuenta de que no soy una mujer biológica, no sé de dónde te has sacado el resto.

— ¿Pedona? -discutir en inglés me estaba costando mucho, pero juraría que había dicho algo que no comprendía del todo-. ¿Qué es una mujer biológica? Sé lo que es, quiero decir, ¿has dicho eso?

— Sí, he dicho eso. No siempre fui mujer a los ojos de los demás. Supongo que esto significa que no te habías dado cuenta. Por una parte me alegro, pues no es fácil el proceso; pero, por otra…, hubiera sido más mejor no tener que decirlo, que lo hubieras aceptado sin explicación alguna. 

— Andrea, lo siento, no…

— No te preocupes. Comprendo que lo de la mente abierta se reduce a un segmento de la población que no me incluye. Volvamos arriba, y disfrutemos del día. Siento mucho haberte puesto en esta situación, pero creí que te gustaba.

¡Joder, claro que me gustaba! Pero…, ¡mierda de prejuicios! No sabía qué decir, qué hacer. Mi cuerpo me pedía continuar con aquello que habíamos comenzado, pero mi mente, tan idiota como siempre, solo pensaba que como buena lesbiana, no me estaba permitido acostarme con alguien que era una mujer, pero que no lo era (ya, ya, sé que es una mujer bajo cualquier circunstancia).

— Andrea, no quiero dejarlo así. No soy transfóbica, pero no me había pasado esto en mi vida, y no tengo recursos para afrontarlo. Eres una mujer preciosa, y me ha encantado sentirte, de verdad. No quiero que pienses que soy una gilipollas, aunque lo sea.

— No te disculpes. Debí decírtelo antes.

¿Existía alguna obligación moral de confesar algo tan íntimo? Si era así, quizá yo debiera apostillar en todas las presentaciones que soy lesbiana. Vale, que no es lo mismo pero, ¿si me acostara con un tío un día, tras un tremendo golpe en la cabeza, debería decirle que no soy hetero? Me sentí como una retrógrada, pero no era capaz de vencer a aquello que daba vueltas por mi cabeza. 

Mientras yo seguía elucubrando, Andrea comenzó a vestirse. No volví a sentir el calor de la sauna, mi mente había bloqueado cualquier estímulo externo, hasta que vi cómo de su ojo se escapaba una lágrima que no pudo contener. Me levanté de un salto, y la envolví en mi cuerpo. Al principio me rechazó, pero terminó aceptando mi abrazo y dejándose vencer. Yo solo le repetía cuánto sentía que las cosas fueran así, mientras ella sollozaba.

— Tranquila, estoy acostumbrada. Por lo menos tú no has sido desagradable.

— No tengo motivos para serlo. De verdad, no sabes cuánto lo siento. 

— Si me hubiera callado, ¿te hubieras acostado conmigo?

— ¿Con el calor que hace aquí? Ni de coña -vi que aquello no le hizo ninguna gracia-. Sí, seguramente sí. No sé, mejor habérmelo dicho, no sé si se nota, pero no quiero ni imaginar cómo me hubiera sentido si lo descubriera en mitad del calentón. 

— Tócame y dime si se nota -propuso mientras volvía a cogerme la mano e intentaba meterla bajo su bikini.

— Andrea, esto no es necesario. Ya lo toqué. No noté nada.

Pareció quedarse tranquila con mi respuesta. Esperó a que yo me pusiera el bikini, recogimos las toallas, y subimos a cubierta. 

Sus había conseguido las atenciones de Carol, y ambas disfrutaban de una sesión de sexo bajo el sol. Una cosa es saber que tu amiga no tiene reparo alguno en follarse a esa siesa, y otra muy distinta, tener que verlo. Andrea noto rápidamente que aquello no me agradaba, y tiró de mí. Subimos unas pequeñas escaleras que nos condujeron justo encima de la cabina del capitán. El aire nos golpeaba con más fuerza, el sol incidía con crueldad sobre nuestras pieles.

— Aquí no aguanto ni dos minutos. Y tú te quemarás.

— Solo quería enseñarte mi escondite. Desde aquí se ve más de lo que el resto verán. Vamos justo ahí, donde las olas rompen con algo. No son rocas, es el arrecife. Te encantará.

— ¿Hacéis este recorrido a todos los candidatos?

— No, claro que no. Este es el yate de Catherine. No suele dejar que salga del puerto sin ella.

— ¿Qué tengo yo de especial?

— No lo sé. Me pidió que hiciera cualquier cosa para que aceptaras. Ella sugirió que saliéramos en el barco. Supongo que se siente identificada contigo. Ella pasó de una familia humilde a tener su propia empresa. La admiro. No sabes cómo trata cada proyecto, a cada cliente; como si fuera el primero. Es una mujer increíble. Cuando yo estaba en transición, ella me recogió, literalmente. Le daba igual que mi cuerpo no fuera el que mi mente esperaba encontrarse al mirarse al espejo. Cuando, por fin acabé con las operaciones, las dilataciones y demás, solo me dijo: “siempre has sido una mujer hermosa, pero hoy estás radiante”. No sé cómo supo que había terminado la mayor parte del proceso.

— Parece alguien fascinante.

— Lo es. Y te quiere como mano derecha. Nunca he dudado de su capacidad de decisión. Pero me extrañó que, sin conocerte, te eligiera a ti. Supongo que no entiende qué haces en Amedia, o por qué te han traído. No es un buen sitio para trabajar. 

— ¿Por qué dices eso?

— Al principio todo son halagos y regalos. Te darán una productividad con la que alucinarás. Después te harán ser verdugo de tus compañeros. Sanciones por llegar un minuto tarde, por hablar con sus compañeros, por ser gay, por falta de respeto… Y no es que sean reales, tendrás que inventartelas, porque cada año, cambian la plantilla de esa manera.

— Yo no he vivido eso. Si lo hago, ya tomaré las medidas que crea oportunas. De momento estoy bien. Además, depositaron su confianza en mí, no voy a dejarlos tirados.

Andrea dejó el tema, pero removió mi conciencia. ¿Y si todo aquello era real? Me quité todas esas ideas de la cabeza, cogí la máscara y el tubo, y me sumergí en las cálidas aguas.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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