Capítulo 13. Las visitas no vienen con las manos vacías

Acudí casi a diario a aquel bar. Brit no volvió a intentar nada conmigo, ni yo con ella. A cambio, nos hicimos amigas. No me iba nada mal ligando con las isleñas, pero quedé tan saturada de sexo, que durante dos semanas, no pasé de un par de besos.

Sus, cumpliendo su promesa, recorrió medio mundo para venir a verme. Parecía como si el tiempo no hubiera pasado. Nos fundimos en un abrazo de esos que solo alguien que te conoce de verdad, que te quiere por encima de todas las cosas, es capaz de darte.

— Tía, en serio, eres scort, ¿verdad?

— ¡No! ¿Estás idiota?

— A ver, nadie da duros a cuatro pesetas. Tienes un pedazo de coche, una casa con playa privada, un trabajo de mañana, y vives en el puto paraíso. Dime dónde firmar, que yo me apunto.

— No te preocupes, si necesitamos a una deslenguada, te aviso.

Recorrió toda la casa blasfemando. Se quitó toda la ropa en el salón, y bajó corriendo por la arena, para terminar zambullida en el mar. Me hacía gracia ver cómo estaba disfrutando de todo aquello, y me entristecía darme cuenta de que yo había dejado de valorarlo, ¿cuánto tiempo hacía que no me tumbaba bajo el sol a leer? Me enfundé el bikini, y fui tras ella, que ya se encontraba rebozándose en la arena.

— ¡Eres una pedazo de zorra! Y encima hace semanas que casi ni me contestas al Whatsapp.

— He estado liada.

— Ya me conozco yo eso. Has estado follandote a alguna morenaza.

Le conté un poco mi encuentro con Brit, ante la boca desencajada de Sus, que me repetía una y otra vez: “tú lo flipas”. Le hablé también de Marina, a la que se agenció como víctima de sus planes sexuales en Virgin Gorda.

— Creo que me drogaron. Toda esa noche está confusa. Solo tengo clara la cara de Cris. Parecía otra persona, pero sé que era ella.

— Claro, lo normal es desaparecer de la vida de alguien para reaparecer 15 años después, con marido, con hijos, y para tenerte a ti como esclava sexual.

— Ya…, es absurdo. Pero parecía tan real. Además, ¿qué ganaba el imbécil de Robert drogándome?

— Que te dio una insolación y lo flipaste. No le des más vueltas, y empieza a llamar a todas esas tías buenas, que esta casa está pidiendo una fiesta a gritos.

Sus siguió rebozándose en la playa, y yo la miraba divertida. No dejaba de gritar: “soy una croqueta muy sabrosa. Ven y pruébame”. El mundo de las amistades debe ser alguna fuerza mágica que te une a gente tan dispar…, pero ella, aunque coincidimos en poco, me da una alegría cósmica difícil de explicar.

Tras sus amenazas de destruir mi supuesta “tapadera heterosexual-laboral”, me vi en la obligación de llamar a Brit y a alguna de las chicas con las que intercambié un par de besos, e invitarlas a una fiesta al día siguiente. No tenía ninguna gana de mostrar dónde vivía, pero menos aún de organizar algo así. Sus me enseñó la palma de su mano, yo le tendí la tarjeta de crédito, y ella se ofreció a encargarse de todo, sin ser necesario que le pagara “en carnes”.

Dejé a Sus durmiendo, y me marché a trabajar. Allí el ambiente era el mismo que cada mañana, prisas para llegar a tiempo de presentar las maquetas al cliente. Marina entró en mi despacho, con un millón de papeles, y cerró la puerta tras su paso.

— ¿Qué me traes que merece tanto secretismo?

— El cheque de productividad, me lo pasó Luz esta mañana. También -prosiguió tras sopesar sus palabras-, quería agradecerte tu invitación.

— ¿Qué invitación? ¡Ah, la fiesta! 

La cabrona de Sus debió cogerme el móvil para mandarle un mensaje. Solo tenía ganas de estrangularla. Una fiesta llena de lesbianas con gente de una empresa claramente homófoba. Aquello no iba a ir bien.

Cuando llegué a casa, todo estaba preparado. Una barbacoa en la playa, con unas mujeres vestidas de un “blanco del futuro”, largas mesas, llenas de canapés, una improvisada barra, con su camarera preparando sus aperos. Era increíble lo que Sus había montado en unas horas, y lo más sorpréndete era que allí encontrara una empresa de catering que aceptara un encargo con tan poco tiempo.

— ¿Cuánto me va a costar esto?

— Vas a tener que comer patatas durante mucho tiempo -me advirtió Sus tendiéndome la tarjeta de crédito-. Lo he dejado todo preparado para que la casa sea un lugar de paso. Hay hasta unos baños portátiles.

Me pegué una larga ducha, maldiciendo el haberle dejado vía libre a Sus. Me puse unos vaqueros cortos, una camisola blanca, las sandalias y recordé que Marina me había entregado un cheque. Corrí al bolso, y al abrirlo, vi un cielo abierto. ¿De verdad me pagaban ese dineral por pasarme el día echando para atrás proyectos poco trabajados? Si eso era la productividad, ¡viva la productividad!

Las chicas iban llegando en discretos grupos de cuatro o cinco. Al principio todo era bastante tenso, y Sus me obligó a ir saludando a la gente. Aquello me ponía muy nerviosa, me sentía como un objeto al que todas escrutaban. Poco a poco, el ambiente se fue distendiendo, y yo pude probar los deliciosos cócteles que Melinda, la camarera, preparaba. Sus estaba en su salsa, y Marina quería untarse en ella.

Charlé con unas y con otras, hasta que un silencio atronador dirigió todas nuestras miradas hacia un hombre trajeado. Robert estaba allí, con su estúpida mirada de reprobación.

— Al menos no montaste la fiesta en el interior. ¿Sabes cuánto vale esta casa?

— No se preocupe, todo quedará como estaba.

— Eso espero. ¿Es esto algún tipo de aquelarre o de reunión de “feminazis”?

 — ¡Claro que no! ¿Por quién me ha tomado? -pregunté claramente ofendida.

— Era una broma mujer. Mientras trabajes en Amedia, esta es tu casa. Os dejo continuar. Solo pasé para saber si todo estaba bien. Vi mucha gente desde mi casa, y ya sabes, a veces los isleños se creen que todo esto es suyo. No quería encontrarme a un montón de negros borrachos.

Estúpido, estirado, elitista, homófobo, pijo y encima racista. ¡Si es que este hombre lo tenía todo! Me preguntaba qué había visto la “pseudo-Cris” en él. Supongo que su cuenta bancaria, porque era tan pobre que sólo tenía dinero.

Tuve que alejarme del gentío para sacudir la mala hostia que me entró. Pensaba que estaba sola, mientras agitaba brazos y piernas, y murmuraba el asco que le profesaba a aquel que era mi jefe. Una chica estaba sentada en una roca. El sol se estaba poniendo, y no fui capaz de verla.

— Espero que ya te sientas mejor.

— Gracias. Quizá este atardecer ayude -dije intentando recomponerme de la vergüenza.

— Entonces no dejes de mirarlo -señalándome una roca próxima a ella para que me sentara.

No sé si lo contemplé durante mucho tiempo, porque mi compañía me ponía nerviosa. Tan morena, tan alta, con una sonrisa tan bonita… El Sol saldría al día siguiente, pero desconocía si ella volvería a estar tan cerca de mí.

— ¡Qué modales los míos! Soy Carol.

— Marian. Un placer conocerte.

— ¿Quién te ha engañado para venir?

— Una amiga. ¿No te gusta la fiesta?

— No está mal. Aunque la música no invita mucho al baile.

— Ya, pero es lo que les gusta.

Carol cogió su móvil, empezó a toquetearlo, y un sonido mucho más melódico acalló las voces de fondo. Se levantó, se quitó los zapatos, y comenzó a moverse, a bailar, a fundirse con las olas del mar. Yo me quedé hipnotizada por su armónico contoneo, era como si su estado natural fuera danzando. No podía apartar las mirada del son que aquellas largas piernas marcaban. Sonreía, no dejaba de sonreír, era tan hermoso contemplarla… Me tendió la mano, y no dudé en acudir a su lado, pero me era imposible seguir su ritmo, continuar con aquel baile que hasta el viento envidiaba.

— Debes dejarte llevar.

— Lo intento, pero a tu lado me siento como un pato mareado. ¿Qué corre por tus venas? -pregunté para sentirme completamente estúpida después.

— Ahora mismo, creo que energía. No me mires así, la música me inspira, me hace sentir libre.

Y con aquella libertad, disfruté junto a Carol de una increíble noche, en la que se fundían sus movimientos con mis ganas de llegar más allá.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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