Capítulo 12. Menos playa y más sexo

Resultó que la camarera vivía justo encima del bar, lo que evitó esos incómodos caminos hasta su casa o la mía. Brit no se anduvo con rodeos, y se desvistió antes de que yo cerrara la puerta. Su lengua no esperó a sus besos, y comenzó a recorrerme el cuello, mientras su mano se colaba por debajo de mis pantalones cortos. No soy una mujer muy pasional, pero aquellos arrebatos siempre habían acelerado mi pulso. Su piel era suave, y mis dedos se deslizaban por ella, como si la conocieran desde hacía años. No había miedos, no había tapujos, no había límites, aquello era un polvo en toda regla.

Tardó muy poco en entrar dentro de mí. Su decisión y fuerza hicieron que se me escapara el primer gemido. Sentía cómo sus dedos pintaban cuadros abstractos en mí. Yo, que no pensaba quedarme atrás, empecé a acariciarla al ritmo que marcaban sus envites. De pie, como si volviera a tener veinte años, me arrebató un par de orgasmos. Tras ellos, caímos al suelo, se sentó sobre mi vientre, y mientras se contoneaba, volvió a penetrarme. Sus nalgas me estremecían a un ritmo marcado por una melodía que tan solo nosotras éramos capaces de escuchar. Volvimos a explotar, y la insaciable Brit, decidió que era hora de utilizar sus juguetes.

Sin haber sido capaz de reponer mi aliento, apareció con un arnés. No había visto ninguno así. Era de un color verde horroroso, con dos extremos al frente, y uno que colgaba. Se introdujo este último en su vagina, apretó un botón, y el sonido me anunció que aquel artilugio tenía función vibradora. 

— ¿Eres mujer de prejuicios?

— Hoy no.

Aún no estoy segura si di la respuesta correcta, pero en ese momento, bien poco me importaba lo que Brit quisiera practicar conmigo.

Cogió una bolsa, y de ella sacó unos preservativos. ¿Qué coño quería hacer con unos condones? Descartó unos de colores, y se decidió por otro, que fue abierto con cuidado, y colocado en dos de sus dedos. Después, con un bote de una marca desconocida para mí, embadurnó los falos.

— Ponte a cuatro patas.

Con el parón para buscar los preservativos, mis ganas fluctuaban más que el IBEX35. Aunque lo de ponerme en esa posición no me atraía mucho, su voz, su seguridad, su dominio de la situación, lograron que obedeciera sin rechistar.

— Te secas rápido -advirtió justo antes de pasarme su lengua-. Solucionado.

Notaba el bicho ese en mi culo, pero no me penetraba con ello. En cambio, volvió a masajear mi vulva, con ímpetu, con más de mis gemidos, y el zumbido de fondo que le provocaba placer a ella, y a mí un masaje de nalgas. Se detuvo, y metió aquel falo con un pulso muy firme. Yo no pude hacer otra cosa que volverme, pues aquello me resultó delicioso, y eso que siempre había renegado de los juguetes sexuales, pues el contacto humano me parecía más apetecible. Comencé a moverme, buscando más placer. Ella tenía sus manos en mi cintura, sosteniéndome con fuerza, demostrándome quién manda ahí. Entonces la cosa se puso “extraña”. Ella humedeció sus dedos con saliva, y empezó a dibujar círculos en una zona que yo no pensé que estuviera diseñada para eso. Iba entrando, muy despacio. Al principio, me sentí violentada, como si me hubieran mancillado; pero después, ¡joder!, aquello me estaba gustando. Hasta ese momento ni había pensado en para qué tenía aquello dos protuberancias, no tardé en averiguarlo. Cuando eso entró en mí, sentí que la garganta se me cerraba. Echaba de menos sus dedos, aquello parecía excesivo e irritante. Se recostó sobre mi espalda, y retomó los masajes. Pensaba que los ojos se me salían de las órbitas. Me sentía completamente llena, completamente complacida. Mi espalda se arqueaba y se hundía hasta casi tocar el suelo. No importaba que las plaquetas estuviera desollando mis rodillas. Deseaba que aquello no terminara nunca, no quería un orgasmo, quería sentir a Brit por todo mi cuerpo, por fuera, por dentro, y por donde ella deseara estar. No era el plástico lo que me estaba llevando a lugares inexplorados, era ella.

Una gran bola bajó desde mi garganta a mi estómago. Me extremecí. El orgasmo se avecinaba. Brit también lo notó, y empezó a disminuir el ritmo, hasta terminar sacando aquel aparato de mí.

— No es el momento.

Aquella frase fue el preámbulo de una nueva postura. Agarrada al reposabrazos, de cuclillas sobre ella, sin tocarla… Yo, que siempre necesité sentir todo el cuerpo de mi amante, me encontraba desprotegida en esa posición. Sus manos me fueron colocando a la altura que ella consideró apropiada. Acto seguido, fue la lengua de Brit la protagonista. Un minuto así, y explotaría. No era un movimiento suave, estaba dura, y yo me mecía sobre ella, ansiando el codiciado orgasmo. Entonces volví a sentir cómo me penetraba con los dedos enfundados en el condón. Los movía en círculos. Su pulgar se abrió paso por mi vagina. Volvía a sentirme llena, aunque, ingenua de mí, aquello no era lo que Brit tenía planeado. Fue abriéndome, introduciendo su mano. No sabía que podía contener una mano entera ahí. Se abría y se cerraba, fundiéndose con mis fluidos. Me gustaba, y quería más, quería que sus dedos entraran más aún, y así se lo hice ver.

— No pongas límites. Llega al fondo.

Noté su sonrisa entre mis piernas. Yo bajé aún más, y ella profundizó en mi anatomía. Sus dedos se fueron plegando, tomando la forma de puño, que me golpeaba suavemente la paredes. No sabía qué tipo de movimiento debía realizar, ¿horizontal o vertical?, ¿qué me provocaría más placer? Opté por la diagonal, y no me equivoqué, pues, segundos después, un orgasmo impresionante me sobrevino.  Brit se apartó, y dejó que cayera rendida en el suelo.

— ¿Estás muy cansada o me vas a dar lo mío?

— Te lo daré. Pero debes guiarme.

— Voy a buscar otro vibrador. Ahora tú llevarás el arnés.

¿Yo? ¿Estaba de coña? Brit me pasó las cuerdas por los muslos, mientras me besaba el vientre. Yo veía un apéndice rosa, colgando de mí, y no podía dejar de pensar en lo horrible que me resultó siempre un hombre desnudo. ¿Cómo debía moverme?

— Me gusta con fuerza -me advirtió mientras tomaba una postura de “cangrejo cociéndose”, encima de un sillón.

Podía verle las antípodas… Agarré el chisme, y lo introduje en su vagina. ¡Qué difícil era atinar! Brit se plegó aún más, puso su mano sobre la mía, y tomando una velocidad supersónica, se penetró. Permanecí inmóvil. Ella me miró, siendo consciente de que no tenía la menor idea, y me colocó sobre ella, se agarró a mi culo, y me mostró cómo debía ser el movimiento. Algo se frotaba contra mi zona erógena, y el ritmo comenzó a marcarlo esta. Nunca habría imaginado verme empujando de esA manera, pero no lo debí hacer muy mal, porque los gemidos de Brit podían oírse a distancia.

— Ahora quiero que lo hagas por detrás -mientras se sacaba el falo y se encorbaba aún más.

Por mí no hubiéramos parado ahí, pero después de cómo me había llevado al éxtasis, no podía ser egoísta. Esta vez, le pareció bien que lo introdujera con calma. Brit empezó a acariciarse y a retorcerse, yo volví a sentir esa presión, era tan grande el placer, que creo que comencé a bizquear. Mis manos soltaron el “miembro” y recorrieron su cuerpo. ¡Joder! Nuevamente volví a explotar, pero aquel movimiento no dejaba que me calmara. Otro más, y otro, y Brit no acababa. Veía que si aquello seguía así, terminaría desmayada. Pero conseguí que llegara, tras dos orgasmos más míos.

Mis rodillas volvieron a posarse en el suelo, mientras las manos sostenían mi desfallecido cuerpo. Brit se sentó en el sillón, con las piernas abiertas, dejando una vista muy interesante ante mí.

— Te vendrá bien vivir en la isla. Las chicas de ciudad no tenéis mucho aguante.

— O tú tienes demasiado.

— ¿Vas a dejar que mi coño se quede sin probar tu lengua?

No es que esa frase fuera un buen reclamo, pero, ¿quién era yo para negarle una necesidad al cuerpo que me llevó a parajes inexplorados?

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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2 Responses to Capítulo 12. Menos playa y más sexo

  1. Carol dice:

    Complacer con placer!!

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