Capítulo 11. Los meses pasan volando cuando no piensas en el tiempo

El tiempo se pasaba volando. Las mañanas en el trabajo me dedicaba a enderezar la dejadez que mi predecesor había inculcado a la plantilla. Marina mantenía una prudencial distancia entre su cuerpo y el mío. Debo reconocer que más de una noche la pasé pensando en ella, en cómo me excitaba. Sabía que no podía permitirme ni tan siquiera rozarla. Con esa estúpida y homofóbica política, lo único que conseguían era más represión y un ambiente de “caza de brujas”. Más de una queja por conducta homosexual llegó a mi mesa, y tal como la leí, la tiré al cubo de la basura. Una cosa era querer seguir ganando una pasta, y otra bien distinta, hacerlo por encima de mis principios.

Mis tardes las pasaba en la playa, sintiéndome culpable por no recorrer los lugares menos turísticos de la isla. Hasta que un día, cansada de pasarme las horas tumbada, me aventuré a recorrer las callejuelas empedradas que componían un delicioso paisaje pseudo urbano.

Al verme tan blanca, los camareros salían a ofrecerme extrañas bebidas de coco. Allí todo lo hacían con coco, y yo odio el coco. A la vuelta de una de las calles principales, decidí hidratarme en un colorido bar para turistas. Ya había pedido un zumo de mango cuando me di cuenta de que estaba poblado de una extraña tribu, la de hombres barbudos que me miraban extrañados. Pensé que el machismo de los bares llegaba hasta los confines del mundo. ¿Acaso no puede una mujer ir sola a un bar?

– Te has equivocado de sitio -se atrevió a decirme uno.

– No, he entrado donde quería entrar. Gracias -el sarcasmo en inglés no es tan evidente.

– Aquí solo hombres -respondió entonces en francés.

– No me pienso ir, tío, así es que déjame tranquila -era el turno del castellano.

– Perdón, tú no entiendes. Esto hombres. Mujeres allí.

Su penoso español y la mala hostia que me entró, hicieron que saliera de aquel bar. Segregación sexual en el siglo XXI, lo que me faltaba por ver. Me marché calle abajo con el ceño fruncido y lanzando juramentos, sin darme cuenta de que había enfilado en la dirección que “lobezno” me había indicado. Antes de poder enderezar mi rumbo, una mano me introdujo en un local. Como comprenderéis, mi mal genio se desbordó hasta tal punto que, de un codazo en la nariz, conseguí zafarme de mi captor.

Mis ojos, poco a poco, se fueron acostumbrando a la luz. Una chica estaba doblada sobre su abdomen, tiñendo el suelo con su sangre. A nuestro alrededor se formó un círculo de sombras que, con amenazadores voces, sorteaban el primer puñetazo que me darían.

– ¿Qué pasa contigo? -me preguntó una de las sombras mientras me empujaba.

– No…, no sabía qué sucedía…

– ¡Dejadla en paz! -gritó la sanguinolenta mujer.

Cogió unas servilletas, y tamponándose la nariz, se acercó a mí, con las manos levantadas, intentando calmar los ánimos con su gesto.

– Lo siento. La culpa fue mía. Me llamaron del bar de los chicos, y me dijeron que te habías confundido. No quería que terminaras en cualquier otro sitio que no es para ti.

– Pensaba que esto era un país libre. ¿Desde cuándo se restringe la entrada de una mujer? -mi indignación era evidente.

– No, si puedes entrar en cualquiera, pero no creo que esos sean de tu estilo. Quizá este tampoco lo sea.

– ¿También tú vas a echarme?

– Casi me rompes la nariz. Estaría en todo mi derecho. Pero no, te invito a una cerveza por el susto que te he dado.

Le agradecí el gesto. El grupo de sombras se disolvió, pero notaba sus miradas en mi nuca. Cogí uno de los taburetes que quedaban libres, y me senté a descansar mis temblorosas piernas.

– ¿Te has perdido?

– No, solo estaba intentando conocer la isla fuera de los recorridos turísticos.

– Esta es una zona de turistas. Vienen en busca de sexo.

– ¿Es un bar de putas? -¿cómo coño se dice alterne en inglés?

– ¡No! 

Y con las mismas, se dio la vuelta, y continuó atendiendo a los sedientos, que resultaron ser sedientas, cuando mi pupila se adaptó lo suficiente como para ver que solo había mujeres allí. Y aquella camarera osaba decirme que aquello no era un puticlub… Es por todos sabido que al Caribe no solo se viene a tomar el sol y a beber ron, el sexo barato es uno de los reclamos turísticos por excelencia. Me empezó a dar mucho asco todo, hasta el vaso. Mis escrúpulos se habían reducido mucho desde que vivía allí, pero los lugares así me revolvían las tripas.

– Gracias por la cerveza -dije mientras me apresuraba a salir por la puerta.

– ¿Ya te vas? Esperaba que te sintieras cómoda aquí.

– No busco vuestros servicios.

– No hay que ser gay para poder entrar. No es contagioso. Aquí no son bienvenidos los homófobos -me respondió de una forma tan brusca que pensé que le había soltado una barbaridad -. Que estés buena no te da derecho a despreciar a nadie.

– ¿Esto es un bar de ambiente? -pregunté mientras mi mente se centraba en que estoy buena.

– Claro. ¿De verdad pensabas que éramos putas?

Decidí no responder a la pregunta, no sé si por mi estúpida reacción o porque se me había abierto el cielo. Por fin encontraba un sitio en el que conocer mujeres. La camarera, con un tapón en su nariz, me puso otra cerveza, esta vez, con una sonrisa que le devolví.

Tras unos diez minutos siendo observada por medio bar, la camarera cogió otro taburete, y se sentó a mi lado. Los nervios afloraron de nuevo, pero esta vez por la cercanía de una mujer. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez? Marina no contaba, lo nuestro fue un “quiero pero no puedo”. Eli…, lo mío eran las camareras. Sus mensajes hacía tiempo que eran más amigables que sexuales. La distancia y el tiempo es lo que tienen, que borran de un plumazo cualquier conexión.

– ¿Llevas mucho tiempo en la isla?

– Un mes.

– ¡Qué pena!

– ¿Por qué?

– Porque pronto te marcharás.

– Espero que no. Trabajo aquí.

Su sonrisa se amplió, y la mía hizo lo propio. Era hora de dejar el pasado atrás, de hacer frente a mi nueva vida. Y si en ella estaba echar un polvo con una desconocida, pues adelante. Ya había perdido mucho tiempo en mi vida esperando por mujeres que me dejaban a la primera de cambio. ¿Qué había de malo en darse una alegría?
 

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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