Capítulo 10. La barbacoa y otras canciones del verano

¿Vestida así? ¡Qué idiota! Pues así no iría, cambiaría las zapatillas por sandalias, los vaqueros por unos shorts negros, y la camiseta por una blanca, casi transparente, y con un escote monumental, y no importaría si “Robertito” iba todo trajeado a esa fiesta de pijos. Con los años, supe ser una experta en camuflaje.

Llegué a aquella horripilante construcción rosa pasadas las seis. Era la misma que veía desde mi casa. Con su puerto privado, su playa privada, su piscina privada, su oxígeno privado… Una señora me abrió la puerta, agachó la cabeza y me condujo hasta un jardín precioso, lleno de flores tropicales, de lagartijas y de unos pájaros cantarines. Robert estaba en el centro, riéndose de una forma estruendosa de sus propios comentarios. Alzó la vista, y me llamó con la mano, como si yo fuera una sirvienta.

– Amigos, les presento a Marian, la mujer de la que les hablé.

Todos empezaron a saludarme en inglés, yo me limité a sonreír y a utilizar el socorrido “nice to meet you”, con mi pronunciación de Cuenca.

– Y este grandullón es Mark, mi hijo. ¡Oh! -espetó mientras el niño me tendía la mano imitando a los adultos-. Y Lauren, mi adorable esposa.

Me enderecé para saludar a la consorte del idiota, estiré la mano, y otra se alargó hacia mí, logrando un escalofrío con solo su tacto. Alcé la vista, y empalidecí ante aquella belleza.

– Mucho gusto en conocerte, Marian.

– Eh…, ig…, igualmente.

La gente comenzó a reagruparse, a continuar con sus charlas trascendentales. Yo permanecí inmóvil, embaucada por aquel rostro. Mark se fue correteando tras una pelota, y nos quedamos solas. Ella y yo, sin nadie cerca, como si el destino hubiera decidido reunirnos. Ella brillaba por encima de cualquier reflejo que el mar dejara en las olas. Creo que babeé como un viejo verde. Pero, era tan sumamente preciosa. Ni mi mente era capaz de atar los lazos que la unían a ese idiota, pues en mi imaginación, era conmigo con quien compartía sus noches.

– Me ha costado mucho traerte -dijo en un susurro-. Me alegro mucho de tenerte aquí -continuó sin dejar de mirar a todos lados, esperando que nadie nos oyera-. No sabes los años que llevo analizando tus trabajos, son geniales, tú eres genial. Tus campañas son las más originales que he visto nunca…

– ¿Lauren?

– Perdona, hablo mucho -afirmó llevándose la mano a la frente, y meciendo su pelo, en perfectas ondas-. ¿Qué tal te estás amoldando? ¿Te gusta tu casa? La elegí yo. Aquí es difícil encontrar una que no sea una chabola. La compañía posee varias, pero ninguna con playa privada. Robert decía que era demasiado, pero para que la use en sus partidas de póker, prefiero que la disfrutes tú. Ya sabes cómo son los hombres, y mi marido no se salva. De nuevo hablo de más. Son los nervios, ansiaba tanto que llegaras…

– ¿Tu marido? -pregunté sin dejar de mirar esos ojos oscuros.

Ella me agarró del brazo, y en un tono lo suficientemente elevado como para que todos la escucharan, me advirtió que me mostraría su casa. Bueno, casa-casa no es que fuera, a eso en mi pueblo se le llama mansión. 

Recorrimos enormes estancias, plagadas de cuadros modernistas, vitrinas con supuestos restos de barcos hundidos, monedas de oro, largas alfombras persas, subimos por una escalinata de mármol rosa, en un intento de combinarla con la estrambótica fachada. Entramos en un vestidor en el que podrían vivir dos familias del Opus. Las valdas plagadas de zapatos, debía ser la envidia de Imelda Marcos. Unos largos vestidos, perfectamente enfundados en sus pechas, sin que ni una partícula de polvo pudiera posarse en sus caras telas. Y allí estaba yo, rodeada de espejos que reflejaban la perfecta figura de mi anfitriona. Ella me miró, con esos ojos que te mostraban el Universo; se acercó a mí, posó con suma delicadeza sus manos en mis caderas, y me dejé arrastrar hasta sus labios. Quizá fueran horas, o tan solo un instante en el que disfruté junto a sus labios, deleitándome con su lengua. Pero un flash, un maldito rayo me recorrió todo el cuerpo, provocando una sacudida que me hizo alejarme de ese Edén.

– No puedo.

– Claro que puedes. Hacía tanto que lo deseaba…

– ¿Que lo deseabas? Pero si estás casada con un tío, ¡joder! Que tienes un puto crío -grité.

– Baja el tono, por favor.

– ¡No! ¿Por qué haces esto?

– Marian, cielo, sigo siendo yo.

– ¿Tú? ¿Qué coño tú? ¿Lauren? ¿Quién cojones es Lauren? ¡Mierda, Cris, casi me da un soponcio cuando te he visto!

– Shh, se acerca alguien -susurró mientras sus ojos daban vueltas en sus órbitas, en un intento frustrado de ampliar su campo de visió-. Y este es mi vestidor. Robert siempre dice que tengo mucha ropa. Este marido mío no sabe que una mujer no puede vivir sin sus modelitos -prosiguió con un tono pijo que denotaba una estupidez supina.

Salimos de aquella estancia. Ella seguía con su canal verborrea, mientras yo seguía sin creerme que fuera ella, mi Cris. No importaba que se hubiera cambiado la nariz, subido los pómulos y que en vez de Lauren se debiera llamar “Paloma la que era de goma”. El pulso me temblaba, y ver a Robert, mirándonos fíjamente desde el otro extremo del pasillo.

– ¡Robert, amor! Le estaba enseñando la casa a tu nueva empleada. Es un sol -dijo mirándome con aires de superioridad-. 

– Sí, es una persona encantadora. ¿Por qué no regresáis a la fiesta? Mark te está buscando, y los inversores quieren saber con qué ideas nos sorprende Marian.

Y así fue cómo Robert me separó de Lauren-Cris, sin haber obtenido respuestas. Los sudorosos inversores, me hacían mil preguntas sobre cómo enfocar campañas que ni siquiera teníamos. Sus apestosos puros, y sus ojos desviados a mis tetas, me ponían mala, pero sabía que mi desorbitado sueldo lo pagaban ellos, y con esa sonrisa que guardas para estas ocasiones, continué dialogando con personas que no sabían lo que era una agencia de medios, y solo buscan llenar sus rebosantes arcas.

No recordaba haber llegado a mi casa. Simplemente me desperté con un dolor de cabeza tremendo, con los pies llenos de ampollas, y sin ser capaz de enfocar la vista. ¿Qué coño había pasado la noche anterior? Recordé a Cris, sus besos, sus manos recorriendo mi espalda. No había sido real, alguien debió drogarme, esa era la única explicación lógica para aquella aparición. “¡Qué idiota! ¿Cuándo pensaba olvidarme de ella? ¿Cuándo dejaría de verla en cada rincón?”

Sacudí todos esos falsos recuerdos de mi cabeza, me metí en la ducha, y me dispuse a comenzar el día como si el ponche no me hubiera tumbado. Pero me costaba tanto olvidar su tacto… No había cambiado con el paso de los años, por eso sabía que no era real, ella dejó de ser real mucho tiempo antes. Debía volver a la normalidad, en ese momento, lo único que debía importarme era mantener aquel estupendo trabajo en un idílico lugar.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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