Capítulo 9. Y mis manos en tu cintura…

Entre el calor y el alcohol, me costó ser consciente de que aquella chica se me había sentado encima, y me besaba el cuello de forma que conseguía estremecerme.

– No.., no…, no creo que debamos hacer esto.

– No te preocupes, yo te enseño.

– ¿A qué?

– A tocar a una mujer, a dejar que te toque, a llevarte al extremo del placer.

– Marina, creo que te equivocas… -alegué con un hilillo de voz.

– Shhh… Déjate hacer. No hay nada malo en disfrutar un poco. No vas a transformarte en un monstruo, ni nada de eso -dijo con una voz sensual que se alejaba de sus palabras.

Marina se quitó la camiseta, y dejó sus pechos, cubiertos por un sujetador azul, a la altura de mis ojos. Eran preciosos. Y yo solo tenía ganas de descubrirlos. Contuve mis manos para que no soltaran el sofá y se posaran en su cuerpo. Ella continuaba con su contoneo, con sus miradas, con su boca sobre mi piel. Yo suspiraba sofocada, ahogando mis ganas en ese aire que expulsaba. 
– No puedo, Marina, por favor, para.
Me miró como si le hubiera dicho la cosa más rara que hubiese escuchado en su vida. Regresó a su sitio en el sofá, agachó la cabeza y susurró un “lo siento”. Reconozco que me dio pena, parecía que había hundido todas sus ilusiones en un pozo. Por un lado, deseaba desnudarla, acariciar todo su cuerpo, oír cómo jadeaba en mi oído, pero trabajaba para mí, no podía terminar mi primer día de esa manera. Mezclar trabajo y placer, no suele traer buenas consecuencias. 
– Marina, eres un chica muy atractiva, pero entiende que soy tu jefa.

– Lo entiendo. Lo siento. Por favor, no le digas a nadie que soy lesbiana. No me despidas por serlo, o por haberme dejado llevar por las transparencias de tu blusa.

– No diré nada. ¿Se transparenta? -pregunté mientras estiraba la tela y comprobaba que dejaba entrar más luz de la debida-. ¡Joder!, a saber qué van a pensar de mí.

– Que estás muy buena. Perdona -reculó-. Eres una mujer impresionante. No me suelen atraer las mujeres mayores, pero…, no sé, me sentí muy cómoda contigo.

– ¿Mujeres mayores? ¿Te parezco mayor? Pero si tú debes rondar ya los treinta.

– Tengo 31.

– Así es que tener tres años más que tú me hace vieja.

– Mmmmm…, ahhhh…, lo siento, eh…, pensábamos, pensaba…. -su cara era un poema-, que tenías muchos más. Como vistes así, creímos…, creí… -balbuceaba ante mi expectante mirada-, pues eso, que, tenías más. Y como eres directiva…

– No intentes arreglarlo. 

La situación se volvió bastante tensa, ella no era capaz ni de mirarme, y yo me sentí ofendida porque todo el mundo creyera que pasaba de los cincuenta. Marina se levantó, tendió una sábana en el sofá, me dio las buenas noches, y se fue. Me tumbé, di unas vueltas, y encontré una postura en la que la madera no se me clavara en las costillas. “Me ha metido mano, me ha echado quince años más, y mañana tengo que verla durante todo el día”, esos eran mis pensamientos antes de que el sueño se adueñara de mí.

Unos leves golpes me despertaron. Al alzar la mirada con las pocas fuerzas que tenía, me encontré con Marina, que me observaba desde arriba. 

– Aquí tienes un café. Toma la llave. Tengo que salir ya si no quiero perder el autobús.

– ¿Qué hora es?

– Las cinco y media.

– Te llevo yo.

¿Cómo podía ser que en una isla tan diminuta se tardara en llegar al trabajo más de dos horas? Me tomé el café, me recoloqué la ropa de cincuentona, recogí mi bolso, y ambas nos fuimos en mi coche. Antes, una parada técnica en casa, para una ducha y cambiarme, no podía llegar a la oficina con las mismas pintas que el día anterior, y mucho menos, junto a una de las empleadas.

– ¿Esta es tu casa? ¡Joder! -exclamó sin dejarme contestar-. Tengo que conseguir un ascenso.

– Yo me quedé flipada cuando la vi. El baño es como toda mi casa en Madrid.

Dejé que Marina desayunara, mientras yo elegía una ropa que ellos considerarían más adecuada para mi edad, y me metí en la ducha. Con pocas horas de sueño, mi cuerpo agradecía el agua tibia que escurría por mi piel. Estaba enjabonándome el cabello cuando la mampara se abrió y, en una maravillosa imitación de Janet Leight, comencé a gritar, con los ojos aún cerrados por el jabón. Una mano se posó en mi brazo, intentando tranquilizarme. Forcé mis párpados, y entre el escozor y las pompas, pude vislumbrar a Marina, desnuda…

– ¿Qué haces?

– No me gusta dejar a las mujeres a medias. Me pasé toda la noche pensando en ti.

– No me has dejado a medias, porque no se empezó nada. Por favor -rogué con mi tono más severo-, sal de aquí ahora mismo.

¡Me había pegado un susto de muerte! Un sitio donde no conocía a nadie, y para una persona que me resultaba agradable, resultaba no estar en sus cabales. 

Ya os podéis imaginar cómo fue el trayecto hasta la oficina. Y allí, la cosa no mejoró. La veía cuchicheando con algunos compañeros, mirándome, riéndose (puede que fueran imaginaciones mías y que me estuviera volviendo paranoica).

– Buenos días, Marian. Soy Robert, uno de los accionistas mayoritarios de la empresa -dijo un hombre con un claro acento inglés.

– Buenos días. Un placer conocerlo.

– Veo que ya te estás adaptando al puesto. Estamos encantados de tenerte aquí. No dudes en pedirme lo que necesites. Se me olvidaba, esta noche celebramos una barbacoa en mi casa, nos gustaría contar con tu presencia. Es un acto informal, puedes ir así vestida… El resto de inversores desean conocerte. Tengo una reunión ahora, pídele a Luz la dirección. Comenzará a las seis.

Y como vino, se fue. ¿Una barbacoa con un montón de estirados? No era el plan que tenía en mente. Al menos era temprano, quizá llegara a tiempo de darme un chapuzón en la playa. ¿Puedes ir así vestida? ¿Se puede ser más cretino?

– No te enamores de él -me advirtió Marina cerrando la puerta-. Su mujer tiene muy mal genio. Es una paranoica, piensa que todas queremos follárnoslo. ¡Pues si no quiere que su maridito se ventile a todas las que se encuentra, que quite esa política estúpida de no admitir gays en la empresa.

– ¿Cómo que no contratan homosexuales?

– Es una norma no escrita, pero en cuanto se descubre que eres lesbiana, a la puta calle. Por eso te pido de nuevo que no digas nada.

– Con quién te acuestes es tu problema, el mío es que trabajes, y que no vuelvas a acercarte a mí de esa manera.

Al final, tendría que ejercer de jefa, y eso no me gustaba, seguro que era malísimo para el karma.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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