Capítulo 8. Es hora de trabajar

Mi primer día de trabajo, y aún no había decidido qué ropa ponerme. A un lado, el traje de toda la vida; al otro, la cómoda y fresca ropa de calle. No, no podía permitirme ir vestida de un modo informal, ¿qué iban a pensar de una directora? Me enfundé los pantalones negros, la blusa blanca, los tacones, me pinté, me repeiné y me dirigí en mi fabuloso descapotable, con el techo puesto, hacia mi nuevo trabajo. La aventura comenzaba.

Llegué puntual a aquella casa con tanta historia, destripada para amoldarla a los nuevos tiempos. Luz correteaba por el interior. Aquella mujer siempre iba acelerada. Me arrastró hasta mi departamento, y me dejó allí, sola ante el peligro, con la promesa de que Marina me enseñaría todo lo que necesitaba saber. La chica estaba sentada en una mesa, entretenida parloteando con el resto. Me acerqué a ella, y en cuanto me vio, dio un respingo y se cuadró. El resto le miraron extrañados. Y allí estaba yo, entre las mesas de trabajo, los rollos de papel, y rodeada de surfistas.
– Buenos días, doña Marian. Si le parece, vamos a su despacho, y le pongo al día.
Asentí con la cabeza, y la acompañé hasta aquella maravillosa oficina. Estuvimos un par de horas allí encerradas, echando un vistazo a los antiguos proyectos y a los nuevos. La verdad es que dejaban mucho que desear. Les faltaba definición. No iba a permitir que nada así llegara a un cliente.
– Es la hora de comer. Si le parece, continuamos mañana.

– No creo que pueda acostumbrarme al horario inglés. ¿Por qué no continuamos esta tarde?

– Los directivos no tienen jornada partida.

– Me gustaría ponerme al día. ¿Dónde se puede comer por aquí?

– Si quiere, puede venirse con nosotros. Comemos en una cantina que hay calle abajo.

– Muchas gracias. Pero, por favor, deja de hablarme de usted.
Marina sonrió. Recogimos al resto de los compañeros, y nos dirigimos a aquel bar cutre que había en una calle casi sin asfaltar. No soy nada pija, pero aquel sitio daba un poquito de asco.
– Sí, parece una pocilga, pero tienen la mejor comida de toda la isla. Margaret es una cocinera fabulosa. Te recomiendo que pruebes la sopa de marisco, pescado en salsa y de postre, el más delicioso banana pie que existe.
Marina tenía razón. Aunque el lugar parecía sacado de un estercolero, los platos y los cubiertos estaban realmente limpios. La comida transcurrió entre miradas, cuchicheos y algún intento de peloteo. Me trataban como a un ente superior. No recordaba que mi jefe se hubiera sentado nunca en una mesa a comer conmigo, pero yo no soy así, y quería demostrarles que podían contar conmigo como una más (o eso creía). 

La tarde transcurrió tan rápido, que el sol se dispuso a esconderse antes de que me diera cuenta. Marina seguía mostrándome los distintos programas, la lista de clientes, los encargos, y todo lo relacionado con el trabajo.

– ¿A qué hora sales? -pregunté mientras miraba el móvil plagado de mensajes de Sus- Parece que es tarde.

– A las cinco.

– Son las nueve. Espero que paguen bien las horas extras. Lo siento, se me ha ido el tiempo volando.

– No te preocupes. Si no te importa, pido un taxi desde aquí. Los autobuses no pasan a estas horas.

– Te acerco yo, faltaría más. Pero deja que te compense invitándote a cenar. Hay una pequeña marisquería cerca del muelle, y tienen una langosta deliciosa.
Marina no se atrevió a rechazar mi oferta. Cenamos de maravilla. Aquello de tener el marisco a un precio asequible, me encantaba. La distendida charla, dio pie a un acercamiento amistoso.

– ¿Qué pasó con el que ocupaba mi puesto antes?

– No estoy muy segura. Llevaba ahí desde que se creó la empresa. Hubo rumores, pero no sé si son ciertos.

– ¿Qué rumores?

– Bueno, se decía que intentó algo con la mujer de uno de los dueños. Pero no creo que sea cierto. Por allí no aparecen nunca. Se hacen llamar directivos, y no ejercen como tales… Lo siento, no debí decir eso.

– No pasa nada, no saldrá de aquí.

Tras informarme de todos los cotilleos, nos montamos en mi impresionante coche. Marina metió su dirección en el GPS, y, siguiendo sus indicaciones, nos dirigimos hacia el centro de la isla, por una sinuosa carretera, rodeadas de vegetación. Veinte minutos y algún susto después, llegamos hasta una pequeña casa vieja.

– Da miedo venir hasta aquí.

– Terminas acostumbrándote. Las zonas que no son turísticas no se han arreglado desde los setenta. Pero es mucho más tranquilo, sin guiris por todas partes, rodeada de árboles, de animales. Los vecinos son como los de antes, de los que se ayudan. Me gusta vivir aquí. Y es lo único que puedo permitirme sin tener que compartir casa con ocho personas más.

– No sabía que la vivienda aquí fuera cara. Salvo esa horrible mansión rosa que se puede ver desde mi ventana.

– Entra, te enseñaré el auténtico estilo de vida de los habitantes de Virgin Gorda.

Con una llave tamaño herradura de percherón, abrió la puerta, que chirrió para darnos la bienvenida. Accedimos directamente a un salón con el suelo de piedra. Un sofá rojo en el medio, y una pequeña tele de tubo era todo el mobiliario de la estancia.

– Llevo años aquí y mi casero aún no me ha cambiado los muebles -comentó como si tuviera que avergonzarse de ello-. ¿Una cerveza?

– Claro.

La cerveza vino acompañada de unas cuantas más. El volumen de las risas ascendió, el calor tropical subía por mis mejillas.

– Así no puedes coger el coche. Los policías están a la zaga en cuanto ven a alguien de fuera.

– Se me había olvidado… ¿Puedes pedirme un taxi?

– No.

– ¿No?

– Prefiero que te quedes aquí -dijo mientras su mano comenzaba a acariciar mi pierna.
  

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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2 Responses to Capítulo 8. Es hora de trabajar

  1. ey, esta chica liga más que James Bond! No me da ninguna pena…

    Venga, quiero más!

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