Capítulo 7. Recorriendo mi futuro

Me desperté a las cinco de la mañana, sin saber dónde estaba. Rodé por la cama, buscando lugares que me fueran familiares, pero nada estaba en su sitio, porque yo ya no estaba en mi transitado Madrid. Me levanté a tientas, y lo vi, allí estaban, aquellos barcos de pescadores faenando. Allí estaba yo, con unas vistas increíbles del horizonte.  Sonreí. ¿Cuánto tiempo hacía que no sonreía estando sola? Ni recordaba la última vez que me maravillé con algo. De pronto, todo ese miedo que sentía, todo ese vacío que me acompañó durante años, se disolvió, desapareció, y me sentí plena.

Toqueteé el móvil. Las luces iban respondiendo a mis pulsaciones. Me preparé un café, me senté en una banqueta junto a la isla de cocina, y degusté cada sorbo, sin dejar de mirar la puerta que daba acceso a la playa. Pero debía esperar a que amaneciera. Planché la ropa, la coloqué en el armario, y dispuse cada adorno, cada foto, de forma que aquella casa me hiciera sentir en mi hogar.

El sol iba trepando sobre el mar, lentamente. Yo estaba en la terraza, esperándolo con otro café en mi mano. Maravillada. Corrí hacia la arena. Estaba aún fría por la humedad contenida. Todos deberíamos tener un momento catártico, y ese fue el mío. Sentí que me limpiaba por dentro, que todo el peso que había llevado sobre mis hombros se ancló en aquella playa. Fue esa mañana cuando me encontré de nuevo conmigo misma. Parecía que no habían pasado los años, que nada me había herido, que nada me había preocupado. Estábamos la playa y yo, juntas, en una armonía mística.

Después de unas horas en soledad, subí a ducharme, y esperé a Mark, que vino a recogerme con su eterna sonrisa. Quizá a él le pasó lo mismo que a mí, y por eso ambos no dejábamos de sonreírnos, aunque no entendiera nada de lo que decía.

Luz insistió en enseñarme las instalaciones antes de firmar el dichoso contrato.
– Y este es tu despacho -dijo señalando una habitación enorme, con una mesa de madera de roble, y una decoración de estilo colonial-. Puedes adornarla como quieras. Será tu sitio, y tú mandas en él. Uis, voy a presentarte a Marina, tu ayudante. Ella se encargará de ponerte al día. ¡Marina! -gritó sin que yo pudiera abrir la boca-. Esta es Marian, la nueva directora.

– Un placer -afirmó una chica de veintitantos, con la cabeza rapada, una camiseta de medio lado y unos vaqueros rotos-. En cuanto se incorpore, le pongo al día.

– Vale -solté, sonando completamente borde.
Aquel lugar era completamente distinto a donde yo trabajaba. En Madrid, tenía un pequeño zulo con un ventanuco por el que veía los pies de la gente. Todo estaba pintado de un amarillo, sucio por los años, el tabaco y cualquier porquería que entrara por la calle. Las arañas se apoderaban de cada esquina. Los veranos eran sofocantes, tenías que pensarte mucho si abrir la ventana y respirar el calor que desprendía el asfalto, o dejarla cerrada, y que la condensación y la falta de higiene te penetraran los sentidos. En Amedia, todas las estancias estaban climatizadas. Los suelos de madera brillaban, las paredes, pintadas de estridentes colores alegraban la vista. Pero no solo el lugar era distinto, también la gente. En Cosepru todos teníamos que ir vestidos como para una boda, bueno, no tanto, pero el conjunto de chaqueta, falta y zapatos de tacón, no te los quitaba nadie. En Amedia, cada uno iba como quería. Eran todos muy jóvenes, y su aspecto desenfadado, me llamó la atención. Me sentí un poco fuera de lugar, con mis pantalones de raya diplomática y mi blusa blanca. Allí podías ser tú misma, y estaba deseando estrenar unos vaqueros cortos y una camiseta rosa que me había comprado unos días antes.
– Este es el contrato. Es el mismo que te mandé. Tienes que firmarme dos copias de este y dos de su traducción en inglés, para entregarlo en Trabajo. Está compulsado por un traductor homologado por el Gobierno. Y esto es el compromiso de exclusividad con la empresa y el de confidencialidad en cuanto a todo el material en el que trabajemos, así como los procesos de creación y miembros de la empresa.

– ¿Miembros de la empresa?

– Sí, no se permite la divulgación de los integrantes de Amedia.

– ¿Y eso? ¿Trabajamos para la CIA?

– Jajajaja -rompió a reír con su estridente tono-. No, pero es la política de la empresa. No sé explicarte los motivos, nunca lo pregunté.
Aquello se volvía más raro aún. ¿No podría irme de cañas con mis compañeros de trabajo? ¿Debería evitar saludarlos si me los cruzaba por la calle? En todo eso había gato encerrado, y yo estaba dispuesta a descubrirlo, pero sin prisas, que ante un lugar idílico no puedes pasarte el día sacando pegas.

Me devolvieron a mi casa. ¡Joder, cómo me gustaba esa casa! Si mis amigas estuvieran allí, tendría la obligación de montar una fiesta, que terminaría siendo una bacanal. Las echaba de menos, y eso que hacía solo dos días que no las veía, pero quería compartir aquel lugar con las personas que siempre estuvieron a mi lado.

Hacía un calor infernal y, aunque quería bajar de nuevo a ver el mar, preferí no sufrir una insolación y dedicarme a pasar los números del móvil al nuevo, mandar mensajes avisando del cambio, leer, preparar un poco de comida, y buscar información sobre la isla en internet.

Mi primer impulso fue buscar asociaciones LGTBI, pero nada. Los autóctonos no eran del tipo de gente que se junta con otra con la que solo comparte unos gustos. Lo de buscar amigos iba a ser complicado, ya no solo por la barrera idiomática, sino porque mi timidez me complicaría mucho crear nuevos lazos. Preparé las rutas que haría al día siguiente. Cogería el coche que me habían dejado, y pondría rumbo a ver esa impresionante piedra con forma de calavera. El resto del día, la pequeña playa fue mi aliada.

La mañana siguiente, después de obligarme a dormir hasta las ocho, me levanté con ilusiones renovadas. Me preparé y abrí la puerta del garaje, en el cual me esperaba un BMW descapotable precioso. Nunca había conducido un coche así, mi pequeño Fiat Punto nada tenía que ver con aquella máquina de carreras.

Arranqué mientras la puerta se abría. Y salí. No puse rumbo fijo, solo deseaba sentir el aire en mi cara. Aceleré y aceleré, y me di cuenta de que los descapotables serán muy glamourosos en pantalla, pero yo gastaría un bote de acondicionador para desenredarme el pelo, por no hablar de que las gafas de sol me salvaron de algún ataque “dipteriano”.

Los coches alquilados, los microbuses, los turistas posando…, la isla era digna de ver, pero, ¡qué agobio de gente! No entendía por qué todos se aglomeraban en las mismas calas, cuando la mía estaba siempre desierta. La respuesta la descubrí tiempo después. Mi casa no solo estaba robotizada, no solo era una pasada, no solo tenía acceso a la playa, sino que esta era privada. ¡Era toda para mí! No sé qué trabajo mío pudo gustar tanto, ni lo buena que había sido en una vida anterior, pero aquello era el paraíso, y era todo mío.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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