Capítulo 6. Vamos que nos vamos

Tras una larga charla con Eli, que se centró en mis mis miedos y no en lo que sucedió entre nosotras, me quedé mucho más tranquila. Bueno, quizá no solo fue el hecho de hablar con ella, también la sesión de sexo que supuso la despedida del suelo de mi salón.

Me costó cerrar la puerta. Me costó entregarle las llaves a la casera. Me costó separarme de la casa que había sido mi hogar durante tantos años, que supuso mi independencia, mi libertad. Algo se quedaba ahí, algo de mí. Intenté centrarme tarareando la primera canción que vino a mi cabeza: “por límite el horizonte, y por frontera la mar…”

Sus me llevó al aeropuerto. Eli también nos acompañó, sin soltar mi mano, intentando que no me diera cuenta de que le daba pena que me marchara. Tras las correspondientes despedidas y promesas de visitas, entré dentro del aeropuerto. Por delante, más de un día de viaje.

La escala en Filadelfia me permitió recomponer mi maltrecho cuerpo, conectarme al wifi del aeropuerto, y mandar mensajes tranquilizadores, tanto a amigas como a familiares. No sabía ni qué hora era en España. El miedo volvió a mí, golpeándome en el pecho como una ola. Entonces rompí a llorar. Sin saber por qué, me sentía perdida, triste, confusa. Un niña más rubia que Marisol, me acarició las mejillas, y bulbuceó algo ininteligible. Aquel pequeño gesto, de una diminuta desconocida, me reconfortó. Me levanté, compré unas chocolatinas, se las mostré a la madre, esperando su gesto de aprobación, y se las di a mi pequeña salvadora.

Otra vez en un avión, otra vez dando gracias por viajar en primera clase. Los confortables asientos, la pantalla individual, el reposapiés y los snacks y bebidas que nos brindaban las azafatas, amenizaban aquel eterno viaje.

Al salir del avión, un golpe de calor me abofeteó. Comencé a sudar por lugares que no sabía que se tenía. Fui arrastrándome hacia la climatizada zona de equipajes. Esperé mis maletas, que no tardaron en deslizarse por la cinta. Seguí las indicaciones que anunciaban el camino de salida y me aventuré entre la gente que había decidido pasar allí sus vacaciones. Estaba acojonada. ¿Y si allí no iba a buscarme nadie? Me cabreé por no haber trazado un plan de rescate. Ni siquiera había buscado un hotel, por si aquello era una pesada y cara broma.

Un cartel con mi apellido apareció entre las cabezas. Un muchacho negro, muy negro, con una sonrisa enorme, me recibió. En un perfecto inglés, me invitó a acompañarlo al coche. Intenté decirle algo, pero hacía tanto que no usaba mi inglés, que la vergüenza por terminar hablando en bable, me paralizó. 

Nos subimos en un todoterreno rojo. Y recorrimos las sinuosas carreteras, que nos daban una espectacular vista del mar. Quedé prendada de inmediato de aquella pequeña isla, en medio de la nada, y que era capaz de reflejar una belleza contenida en muy pocos kilómetros cuadrados.

Mark, que así se llamaba mi improvisado guía, detuvo el coche junto a una casa de estilo colonial. Fuimos trasladados a épocas de piratas, guerras de independencia y tesoros escondidos. Subimos las escaleras, y un amplio recibidor, con una escalinata doble, nos recibió. No tardó mucho en aparecer una mujer menuda, de mediana edad, con el pelo rubio y algo cardado. 
– Bienvenida, Marian. Soy Luz. Hablamos por teléfono -dijo con una estridente voz de pito-. Supongo que estás cansada, así es que te llevaré a tu casa.
De nuevo me vi en la carretera, esta vez en un pequeño coche azul cielo. Luz tomaba las curvas con demasiada soltura, y mis agarrotadas piernas se anclaban al suelo del auto.
– No sé muy bien qué debo hacer aquí. 

– Bueno, tus labores te las explicará tu ayudante. 

– ¿Puedo saber ya quién es ese directivo que sigue mi carrera?

– No podemos divulgar esos datos. Pero, tranquila, por tu puesto, deberás reunirte con la Junta Directiva con frecuencia. ¡Ais! -exclamó soltando el volante y llevándose las manos a la cabeza-, se me olvidó sacarte el contrato y las cláusulas de privacidad y exclusividad. Bueno, tendrás que prescindir de un día de asueto para firmar. Mañana mando a Mark a por ti, echas un garabato, y puedes pasarte el día en la playa.

– ¿Cuándo empiezo a trabajar?

– Técnicamente, ya estás trabajando. Pero hasta la semana que viene, cuando ya te hayas acostumbrado al clima, al horario y te hayas cansado de tomar el sol, No empezarás de verdad. Te va a encantar este sitio. Intenta recorrer la isla en estos días, ya verás lo preciosa que es.
Pocos minutos después, amenizados por el chirriante sonido que Luz emanaba, aparcamos el coche en una entrada de garaje. Ante mí, una increíble casa acristalada, con un diseño vanguardista, en tonos roble. Accedimos a la vivienda, insertando un código en el teclado que estaba junto a la puerta. Luz quitó la alarma.
– Bueno, esta será tu casa. Son poco más de cien metros cuadrados. Todo domotizado. Toma -dijo téndiéndome una caja-, con este móvil podrás manejarlo todo. Aquí se lleva mucho el estilo abierto, y a mí me encanta. Creo que esta es la mejor vivienda que tiene la empresa. Por la cocina, tienes acceso directo a la playa.
Ella seguía hablando, pero yo me quedé en eso de “acceso directo a la playa”. ¿Qué coño quería esa empresa de mí para dejarme un sitio así? 
– Bueno, yo me voy ya. Tienes el coche en el garaje. Te dejé programada esta dirección en el navegador, por si te pierdes. Disfruta mucho. Es un placer tenerte en nuestro equipo.

– Luz, antes de que te vayas. ¿A qué hora van a venir mir compañeros de piso? Es por esperarlos despierta, y que me digan cuál es mi habitación.

– Jajajaja. Coge la que quieras, todas son tuyas. No tienes que compartir casa con nadie. Ahora eres una directiva, y como tal, tienes ciertos privilegios.
Luz se fue, dejándome con mi cara de “estoy flipando”. Recorrí toda aquella casa, intentando decidir en qué lugar me aposentaría. La elección fue fácil, una habitación enorme, con baño incluído y una cristalera con vistas al mar. Solo podía pensar en lo alucinante que sería despertarse viendo los veleros, dormirse con las luces de los cruceros, de la luna sobre las olas. Cogí mi antiguo móvil. Introduje el wifi de la casa, hice millones de fotos, y se las envía a Sus, que no tardó en responderme: “¡hostia puta! ¿A quién te has follado para vivir ahí? Pedazo de zorra, ve guardándome un sitio, que en un mes me planto allí.”

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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