Capítulo 5. La mudanza no avanza

Unos fornidos hombres, cargaron sin esfuerzo las pesadas cajas, los pocos muebles, y una parte de mí. Solo me quedaba el suelo, donde comí y dormí durante un par de días. Miriam me invitó a su casa, pero necesitaba despedirme de una época de mi vida. Dejaría Madrid en dos días, con un destino incierto, a una isla que era un granito de arena en medio del océano.

Esa noche, quedé con las chicas. El nudo de mi garganta no quería irse. Ellas reían mientras cenábamos en el Vips. Yo no era capaz de hablar, solo pensaba en el miedo que tenía. Recordaba a mi madre advirtiéndome de los peligros que conlleva aceptar un empleo sin saber quién era aquel directivo que “siguió mi carrera”. ¿Qué carrera? Solo estaba metida en un zulo, mientras otros se llevaban la gloria.
– Hija, que eso puede ser un negocio de trata de blancas. ¿Y si te secuestran para que seas la concubina de algún jeque?

– Mamá, con la edad que tengo y el culo que he echado, dudo que ningún jeque quiera nada de mí.

– Bueno, si supiera que eres “eso” -la palabra prohibida-, temería que le revolucionaras el harén.
Las madres y sus visiones catastróficas de la vida. Sabía que como recluta sexual no valdría, pero mis órganos estaban en buenas condiciones. Aunque, pagarle un viaje a tu víctima para extirparle el riñón, no me resultaba un negocio rentable. La verdad es que había barajado todas las posibilidades, me veía desangrándome en una bañera, pidiendo dinero en la calle para la mafia, con un paquete bomba, trayendo drogas a Europa o vendiendo cerillas por las “calles nevadas del Caribe”… En fin, cualquier situación en la que me viera perjudicada. 
– Alegra esa cara, que tienes un curro estupendo en medio del Paraíso.

– Ya tía, pero sigo sin entenderlo. ¿Por qué me contratan a mí?

– Ya lo sabrás. Ahora, intenta aprovechar el poco tiempo que te queda con tus amigas. Vamos a hacer que no olvides esta noche nunca.
Miedo me daban esas noches que nunca acaban y en las que no tengo dominio de mi destino. La última vez fue antes de la boda de Carmen. Nos bebimos hasta el agua de los floreros. Bailamos hasta que las ampollas nos destrozaron los pies. Y sí, algún polvo rápido en los baños hubo. Carmen lo quiso así. No puedo contar mucho más de esa despedida de soltera, lo que ocurrió allí, se quedó allí (más de una me mataría si leyera esto).

Para variar, terminamos en el bar de Eli. No la veía desde aquella mañana en la que huí. Intenté evitar sus miradas, centrarme en la conversación con mis amigas, pero sentía sus ojos en mi espalda, clavándose en lo más profundo de mí. Me ponía nerviosa aquella situación, pero la cosa no mejoró cuanto más avanzaba la noche, todo lo contrario, un nuevo personaje entró en acción, Lina. Bueno, no era Lina sola, sino Lina con una chica que no llegaba a los veinte años, y que la miraba con total admiración. Mi ex, esa que me prometió no pisar los bares a los que íbamos juntas, esa que compartía conmigo la idea de que estar con una jovencita no era buena idea.
– ¡Cuánto tiempo! -exclamó mientras me daba los dos besos de rigor-. Te veo genial. ¿Qué celebráis?

– Pues nuestra chica acaba de conseguir un trabajo de puta madre, y estamos aquí brindando, para que sepa quién le quiere de verdad -Sus y su odio por Lina intercedieron por mí.

– ¡Cuánto me alegro! Podríamos quedar un día, o una noche -me dijo en un susurro-. ¿Qué te parece si me paso el sábado por casa, y charlamos…, o lo que sea.

– ¿Por mi casa? -pregunté acentuando el “mi”-. Creo que paso.

– ¿Ya te estás follando a la camarera o a la bocazas de tu amiga?

– Si yo te contara a cuántas se folla… -añadió Sus.
Lina se volvió hacia su joven compañera, y comenzó a comerle los morros. La escena me resulto del todo nauseabunda. No eran celos, era más bien que el sonido de sus lenguas chocando superaba al de la música. 

Me tocaba ir a pedir otra ronda, y recé para que fuera Inma la que me la sirviera. Pero no, Eli le dio un disimulado culetazo, colocó sus brazos sobre la barra, y se inclinó hacia mí.
– ¿Qué te pongo?

– Diez cervezas, dos ron con cola, tres ron con naranja y un mojito.

– Con un simple “perraca” hubiera bastado.

– Eli…

– Vale. Marchando.
Sirvió las copas, con la mirada gacha, sonriendo a los piropos que alguna chica le regalaba. Mientras, yo me dediqué a dibujar circulitos con el agua que había sobre el aluminio. Los cubatas me quedaban a la izquierda, y Eli, encaramada a la barra, estaba a la altura de mis ojos.
– Si quieres te doy dos besos. Si quieres no hago nada. Pero ten en cuenta que te plantaría tal beso, que tendrías que sujetarte a algo para no caerte.
La voz de Lina se abrió paso entre el gentío, confirmando su suposición sobre mis relaciones sexuales. Quizá debí pensarme mejor aquella reacción, pero mis manos se agarraron al cuello de Eli, que me brindó un largo beso, como los que me daba después de follar. Se separó de mí, me pidió un segundo, salió, cogió las bebidas con mucha soltura y los fue repartiendo entre mis amigas. Mi cubata se lo dejó a Sus, me cogió de la mano, y salimos fuera. Eli encendió un cigarro, se apoyó en la pared, pensativa.
– ¿Me has besado porque estaba tu ex?

– No, lo he hecho porque me apetecía.

– Pero no quieres más que un par de polvo conmigo. ¿Estás en esa fase?

– No estoy en ninguna fase, Eli. Te dije que me marchaba. No puedo comprometerme con nadie.

– Vamos, que solo soy un polvo. No creo que te vayas tan lejos como para que no pueda ir a verte cada semana, o cada dos. Joder, Marian, ¿de qué forma debo demostrarte que me gustas?
No sabía cómo decirle que no. Me gustaba, me gustaba mucho. Me acerqué a ella y la abracé. Eli colocó su cabeza en mi hombro, e inspiró con fuerza. Adoraba tenerla así, poder acariciar su pelo, poder sentirla tan cerca. Quizá si hubiera tenido una semana más, todo se hubiera vuelto más complicado. Pero las complicaciones no solo las dan las horas, también las ex que aparecen como por obra de magia, te echan esa sonrisilla prepotente y te sueltan: “¿qué?, ella no te folla como yo. ¿Verdad?” Hay idiotas e idiotas, pero Lina se llevaba la palma. Y no se llevó una hostia porque contuve a Eli.
– Lina, pasa de mí.

– No quiero perderme este momento de ruptura.

– No estamos rompiendo nada.

– Pedazo de zorra, ya te puedes ir largando, porque de una te ha salvado, pero de dos, lo dudo.
Lina se marchó junto a su joven amiga y una mirada asesina por parte de Eli, que las acompañó hasta que desaparecieron entre la gente.
– No sé cómo has estado con esa tía. Tú vales más.

– Nunca fue así.

– ¿Aún te mola? ¿Es eso? -preguntó Eli con miedo de mi respuesta.

– No, me gustas tú, pero no puede ser. No me voy a ningún sitio al que puedas ir en un día. Me voy a una isla en medio del Caribe.

– ¿No jodas?

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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