Capítulo 3. Tómame o déjame

Me escondí en el baño, con la idea de esquivar el tercer grado al que me someterían mis amigas. No funcionó, las preguntas de Sus volaban por encima de la puerta. 

– Pues no sé qué tiene de malo tirártela.

– Que es una cría. ¿Te parece poco?

– Pues sí. O te la tiras o tendrás que follar conmigo.

Aquello no iba a tener fin. Eli me gustaba, era una chica muy mona, pero la edad y el tener que marcharme, hacían que no fuera capaz de tomar una decisión. Bueno, supongo que también influía el hecho de que hacía siglos que no me acostaba con nadie que no fuera Lina.

– Mira, no me vengas de puritana. Te conozco desde hace veinte años. Y te he visto zorrear.

Hubo una época en mi vida en la que no me importaban los sentimientos de la gente, en la que follaba por follar, en la que acumulaba cadáveres y en la que me era completamente indiferente edad, estado civil o etiquetas. Me tiraba a cualquier tía que se me pusiera a tiro. Pero ya no tenía veinte años. Ya no sentía esa necesidad de llenar un vacío que ellas no cubrían. Buscaba a Cris en otros brazos. Lina no dejó tanta huella en mí, ni siquiera estaba segura en ese momento de si había estado enamorada. 

– Cambio de planes -me susurró Eli-. Te invito a la última en mi casa. Nada de parques, ni césped, ni pipas. Tú y yo, en el sofá, charlando tranquilamente. Sin que Inma me mire mal por desatender la barra.

– Eli… -yo siempre tan locuaz.

– Mira, ya no sé cómo decirte que me gustas. ¿Prefieres un polvo a una cita? Vale. Lo entiendo. Acabas de romper con esa tía. Yo no soy ella.

– Ya sé que no eres ella. Pero, no sé Eli. No soy así. No voy de cama en cama.

– Hagamos una cosa. En una hora salgo. Si me esperas, iremos a mi casa, y haremos lo que nos apetezca. Si no estás fuera, entenderé que no quieres nada conmigo, y no volveré a molestarte.

Por supuesto, el consejo de mis amigas fue: “fóllatela”. Y les hice caso. Esperé a Eli en la puerta, al menos lo hice durante veinte minutos, hasta que algo me encogió el estómago. No podía hacer eso. No podía estar ahí parada, como una adolescente. ¿Veinte minutos para echar un polvo? ¿En quién me estaba convirtiéndo? Así es que huí. Caminé lo más deprisa que pude.

– Me has hecho sudar sin estar desnudas.

– No tenías que correr detrás de mí.

– Me gusta hacerlo. Quizá así consiga al menos otro beso.

Por inercia, terminé subiendo las escaleras de su casa. Los nervios se habían extendido como un virus alienígena por mis brazos y mis piernas. No sabía qué hacer. Eli sacó dos cervezas, y me invitó a sentarme cuando estaba a punto del colapso. Quedamos en silencio durante un rato. Ambas bebíamos y mirábamos al infinito. Se levantó y trajo dos botellines más.

– No sé cómo romper el hielo contigo. Eres una tía complicada.

– ¿Quién no lo es?

– Aclárame una cosa. ¿Esperaste por mí?

– Sí -respondí agachando la cabeza, con la intención de ocultar el tono rojizo que adquirió mi cara.

Eli sonrió. No era la primera vez que veía su sonrisa, pero esa era distinta, como si el resto del tiempo se viera forzada a regalarlas. Se acercó a mí, despacio. Alargó su brazo, y me acarició la mejilla. Sus manos no eran suaves, se notaba que su trabajo le abrasaba la piel. Aun así, su calidez y dulzura hicieron que girase mi cabeza, con la intención de aumentar el contacto. Volví a sentir sus labios sobre los míos. No fue un beso improvisado, sino sosegado. Me gustó, me gustó mucho. Y me dejé llevar por sus dedos deslizándose por mi espalda.

– ¿Quieres que pare?

– ¿Esa es la impresión que te he dado?

– No, pero no quiero que estés incómoda. Quiero estar segura antes de quitarte el jersey -se detuvo esperando una respuesta que no obtuvo-. Marian, dime algo. Me siento idiota. No sé si quieres que siga o no.

A veces las palabras sobran, y más cuando te abalanzas sobre alguien. No sé qué clase de botón tocó en mí, que un resorte me empujó a sentarme sobre sus piernas, a besar su cuello. Su respiración se clavaba en mis pulsaciones como diminutas agujas que me atraían y excitaban cada vez más. Sus manos recorrían mi espalda, intentando encontrar algún recodo por el que colarse. Las mías, acariciaban su nuca y su cintura. Algo se despertó en mí, y una especie de rabia apasionada me impulsó a desnudarla, a tomarla como mía, con fuerza, con ira. Sus dedos se colaron bajo mi ropa interior, avivando una llama de fuego griego. Arañé su piel, la estrujé, y nos follamos.

– Para ser tan joven, no se te da nada mal -afirmé intentando levantar un escudo.

– Para ser tan vieja, aguantas mucho -respondió con sorna.

Eli quería abrazarme, acurrucarse en mi pecho. Yo no estaba dispuesta a encoñarme con una cría, y menos con mi viaje tan cerca. Pero, ¿supe reaccionar a tiempo? 

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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