Capítulo 2. El dichoso contrato

Abrí aquel documento con el cuidado con el que se coge algo en lo que no confías. Sus se impacientaba, y me pedía reiteradamente que lo leyera en voz alta, y eso hice: “cargo de directora del Departamento creativo…, contrato indefinido…, exclusividad laboral…, pago antes del día dos…, derecho a vivienda, coche y dietas…”.

– Si no lo quieres tú me lo quedo yo.

– No creo que sea real, ese sueldo es desorbitado. Además, me parece muy raro que sea un contrato blindado.

– No pierdes nada por echar una firmita y ver qué pasa.

– ¿Tú crees? -Sus afirmó con la cabeza-. Vale, pero no pondré mi firma real, de hecho, vas a poner la tuya, que no quiero que vayan a mi banco y me cuelen una hipoteca.

– No pueden hacer eso…

Media hora después, el dichoso contrato estaba firmado y enviado. Tras ello, el teléfono volvió a sonar.

– Como me pidan que ingrese dinero en una cuenta, te vienes conmigo a la comisaría a denunciarlo. ¿Dígame?

– Buenas tardes. Soy Luz, de Amedia. Ya hemos recibido el contrato. Como necesitamos que la firma sea presencial, este solo será temporal hasta tener el original, aunque con la misma validez legal. 

– Bueno, ¿cuándo debo ir a firmarlo?

– En cuanto usted me diga, le preparo el visado y los billetes de avión. ¿Tiene el pasaporte en regla?

– Sí -contesté por inercia-. ¿Avión? ¿Dónde es el trabajo?

– ¿Qué dices, tía? ¿Me estás vacilando? -susurraba Sus.

– En Virgin Gorda -respondió con total tranquilidad la mujer-. El domicilio social de la empresa se encuentra aquí, lo pone en el membrete del documento.

– ¿Virgen y gorda? Mira, te vas a ir a tocarle los ovarios a quién yo te diga.

Colgué con tanta rabia que casi saco la tecla por la parte de atrás. Aquella tía no sabía con quién se había metido. Apunté el número desde el que llamaba, y me puse las zapatillas con la intención de ir a denunciarlo.

– ¿Qué coño ha pasado?

– Pues no va y me dice que me vaya con gordas vírgenes…

– ¿Cómo te va a decir eso?

– Textualmente me ha dicho que el trabajo es en Virgin Gorda.

La risa de Sus debió escucharse por todo Madrid. A mí no me hacía ni puta gracia, y me dediqué a mirarla con odio, hasta que su carcajada cesó.

– Tía, ¿tú no eras la aplicada de clase? ¿Te dormías en Geografía?

– ¿Qué quieres decir?

– Que te estaban ofreciendo un curro en una de las islas del Caribe. Si no recuerdo mal, Virgin Gorda está en Barlovento. Pero me parece que tu lechosa piel se va a quedar sin un buen baño de sol y de ron.

– ¿Te estás quedando conmigo?

Sus no tuvo tiempo de responder, el teléfono volvió a entonar su dichosa melodía.

– Buenas tardes, de nuevo. Creo que ha habido una confusión. Perdone si se escucha mal, estamos en plena época de tormentas, y a veces la línea no funciona como debiera -hizo una pausa-. Como le comentaba, nuestras oficinas centrales se encuentran en Virgin Gorda, en las Islas Vírgenes Británicas. Nos gustaría que se incorporara en quince días, por lo que el vuelo se lo puedo programar para la semana que viene, así puede ir acomodándose en su casa, y conociendo el entorno.

– Perfecto -solo pude decir eso.

Luz prosiguió contándome que el vuelo salía de Madrid, haciendo escala en Filadelfia. Que tenían aeropuerto en la misma isla. Que me mandaría toda la documentación en cuanto estuviera lista, y me dio la dirección y el teléfono de un guardamuebles con el que tenían convenio en Madrid, para que dejara allí mis enseres, Amedia pagaría las mensualidades, hasta que yo procediera a concluir la mudanza.

No lo pensé bien. Un trabajo indefinido, en una isla que no conoce nadie (salvo Sus), sin familia, sin amigos… Las manos comenzaron a temblarme, un calor infernal me subía por el estómago, me faltaba el aire. 

– ¿Qué coño he hecho, tía?

– Pues encontrar un trabajo cojonudo en el paraíso. Ya te puedes acordar de mí para que vaya a buscarme a una morenaza que me alegre los bajos.

– Pero, ¿qué voy a hacer allí sola?

– Ponerte morena, beber ron, follar mucho, y darme envidia.

Sus seguía mostrándome su visión de mi nueva vida, y yo continuaba viéndolo todo negro. Necesitaba salir, respirar aire fresco y contaminado, por lo que improvisamos una cena y unas copas por Chueca con el resto del grupo.

Todas se alegraron de mi situación laboral, recibí besos, abrazos, grititos, y toda muestra de júbilo conocida. Las cañas caían a la velocidad del rayo, ayudadas por los múltiples brindis que me dedicaron a mí y a toda mi vida sexual. Las pocas chicas que se habían decidido a salir un miércoles, nos miraban con curiosidad, y no faltó algún intento de ligue por parte de Sus. Aunque todo se quedó en eso, en intentos. Creo que me odió durante unos minutos, cuando Eli, la camarera, volvió a la carga. Llevaba meses lanzándome sutiles intentos de confraternización, o eso era lo que pensaban mis amigas, yo solo veía a una chica agradable, que estaba haciendo su trabajo.

– Voy a echar un piti, ¿te apuntas? -me preguntó.

Aunque dejé de fumar años atrás, nunca le hacía ascos a las conversaciones “tabaqueras”. No sé qué tenían, pero lograban despejarte la mente de la música machacona, y siempre terminabas con una sonrisa.

– Hoy hay poca gente -apunté en un intento de romper el hielo.

– Sí, los miércoles son flojillos, pero cada vez se nota más que deja de importar el día de la semana que es. La gente siempre quiere tomarse algo con sus amigos y salir de la rutina.

– ¿Cómo sale una camarera de la rutina?

– Huyendo de los bares. No sé, me levanto tarde, como algo, salgo a correr… Me gusta ir al Retiro y tirarme un rato allí, charlando con algún amigo. Quizá te apetezca venir algún día.

– Creo que estoy mayor para sentarme en el césped a comer pipas.

– Pues yo creo que estás preciosa.

Vale, ¿qué debía contestar a eso? Supongo que el tono rojizo que adquirió mi cara, lo dijo todo. Si me hubiera vuelto con una sonrisa, y regresado con mis amigas, aquello se hubiera quedado en un halago, pero no, como siempre, la idiota de Marian se quedó paralizada. Eli aprovechó la coyuntura para sostener con su mano mi barbilla, y plantarme un beso adolescente.

– Si cambias de opinión, avísame.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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2 Responses to Capítulo 2. El dichoso contrato

  1. Paula dice:

    Ay, cómo me encanta.

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