Capítulo 1. La llamada

Hay cosas que nunca te esperas que pasen…, pero pasan.
Lina me había dejado. Después de un año juntas, después de una relación idílica, me deja. Su excusa: no estar preparada para una relación seria. ¿Qué coño es una relación seria? ¿Cuál es el tiempo estipulado? Desde luego yo pensaba que íbamos en serio, y por eso le pedí que se viniera a vivir conmigo. Se pasaba el día en mi casa, tenía su ropa, sus libros, sus cosas de aseo, sus cosméticos, todo allí. Pero no era una relación seria, debía ser un rollo de una noche que se prolongó trescientas sesenta y cuatro más, y yo no me enteré. Me destrozó. Fui arrastrando los pies durante meses, sin ser capaz de mirar algo que no fuera el suelo. Le odié, le grité al aire la pena que me daba, le lloré, le supliqué, intenté que regresara a mi lado, y ella, solo me bloqueó. Tan fácil es deshacerse de una persona…, solo hay que apretar unas pequeñas teclas en el móvil y, ¡pluf!, desaparece. Eso hice, desaparecí, me refugié en mi cuarto y en el trabajo, obviando el resto de componentes que habían conformado mi vida.

El trabajo…, bueno, trabajo me daba. Hice las prácticas allí, y en vez de hacerme un contrato, decidieron que q era mejor que yo pagara autónomos, y ellos se ahorraran una pasta en Seguridad Social. Diez años trabajando más de doce horas, sacando campañas millonarias a cambio de ganar poco más de mil euros. Pero mi miedo a los cambios evitó que buscara otro puesto, en aquella época dorada de la publicidad. Y ahora eso era imposible. El capullo de mi jefe me tenía ganas, y las demostró presionando a la directiva para contratar a una empresa que hiciera mi trabajo, por supuesto, cobrando la mitad. Así es que, a la voz de “Marian, ya no precisamos de tus servicios”, me vi en la calle, con un paro que no pagaba el alquiler, gracias a que los autónomos somos esas promesas electorales incumplidas.

Tenía ahorros para malvivir un par de meses, después, mi madre sería mi mecenas. Mi madre…, la quiero mucho, pero si pasamos más de dos días juntas, nos odiamos. Encima, no le había contado lo de Lina, por lo que me esperaba una charla sobre cuánto se alegraba, porque no era suficiente para mí, porque yo me merezco a alguien mejor, y ese “alguien mejor” pasaba de mujer a hombre en una sutil transición que solo las madres saben conseguir. No es que se hubiera tomado mal que yo sea lesbiana, creo que lo sabía antes que yo, pero tampoco se puso a dar palmas con las orejas.

El teléfono sonó con insistencia, sacándome de mi ensimismamiento televisivo. Era el fijo, y ahí solo llamaban comerciales, esos que te ofrecen el oro y el moro. Yo tuve que hacer ese trabajo para pagarme la universidad, así es que procuraba no ser una borde, escucharles, y luego decirles que no estaba interesada, para que el cómputo de tiempo jugara a su favor. Pero no estaba en mi mejor momento, así es que descolgué con ira.
– Mira, me da igual qué coño vendas. No me llames más o me dedicaré a denunciar a tu empresa por acoso y terminaré siendo tu jefa -dije en un claro intento de que no insistiera en que me cambiara de compañía.

– Disculpe, intento localizar a Marian Ramírez. Le llamo de Amedia. ¿Podría hablar con ella?
¿Amedia? ¿Qué era eso, la compañía de Marco y su mono? Ya no sabían qué nombres poner a las empresas.
– Soy yo. De verdad, no quiero que me llamen más. Me va bien mi ADSL, estoy contenta con estos que me roban, y no quiero a otros que me timen aún más.

– No soy una comercial. Le llamaba en relación a un puesto de trabajo.
Menos mal que por teléfono no se ven las caras, porque me quede blanca como la leche. Pero, ¿qué clase de empresa se pone en contacto conmigo por teléfono sin haberle mandado el currículum? Algo no encajaba.

-Nos gustaría que nos facilitara un correo electrónico para remitirle el contrato, y que así lo estudie tranquilamente antes de tomar una decisión -prosiguió la chica.

– A ver, ¿me está ofreciendo un trabajo sin entrevista, sin saber mi experiencia, ni lo que he estudiado?

– La directora sigue su carrera desde hace tiempo. No sé más.

– Perdona que sea tan clara, pero a mí esto me suena a timo. ¿Pretenden robarme mis datos o algo así?

– No, señora Ramírez. Solo queremos mandarle el contrato. Si me facilita una dirección, se lo remito. Así usted decide si quiere trabajar en nuestra compañía.

– ¿Quién es la directora? ¿A qué se dedica su empresa?

– No puedo facilitarle ese dato -se excusó-. Amedia es una agencia de medios, recién creada, y que desea contar con su experiencia.

– Bueno, mándemelo, ya veré qué hago.
No estaba del todo segura de si aquello era una broma o una estafa, pero les di el correo. La puerta sonó al mismo tiempo que mi móvil me advertía de la entrada de un nuevo mail. Dejé el teléfono en el sofá, y fui a abrir. Era Sus, con los brazos en jarra y con ganas de sacarme de mi enclaustramiento.
– Das asco, tía.

-Gracias.

– Anda, quítate esa ropa roñosa y vete a la ducha, que hueles a comino que echas para atrás.

– ¡Qué exagerada eres!

– Lo que tú digas… Pero a la ducha ya.
Mi mente no tenía fuerzas para discutir, así es que me desnudé, eché el pijama en la lavadora, y abrí el grifo. La verdad es que la sensación que me producía el agua cayendo por mi cuerpo fue liberadora. Inmediatamente comencé a sentirme mejor. Sus siempre cuidó de mí, desde que nos conocimos con catorce años. Empezamos juntas el instituto, y a mí me encantaba esa forma que tenía de normalizar su lesbianismo en una época en la que eso “no existía”, y era más un insulto que algo intrínseco en una mujer. 
– Pero, ¿qué más le da a la peña que me mole una tía?

– No sé, es raro, nada más.

– No lo será durante mucho tiempo para ti.

– ¿Qué quieres decir?

– Ya lo sabrás.
Tardé cuatro años en comprender lo que ella ya sabía, que mi desinterés por los chicos no era debido a ser una estudiante aplicada, sino a que era lesbiana. Y lo supe cuando conocí a Cris. Estábamos en la cafetería de la facultad. Ella se acercó, y nos pidió unos apuntes para fotocopiarlos. En aquel momento me pareció que tenía mucho morro, pero todo cambió cuando se abrió a mí metafórica y físicamente…
– Tía, que le jodan a la zorra de Lina, que le jodan al hijo de puta de tu jefe, y que le jodan al mundo. En mi curro no hay nada, pero en cuanto salga cualquier cosa, te meto de capón.

– Me han ofrecido un trabajo…
Le expliqué con todo detalle cómo había sido. Sus me miraba con la mandíbula desencajada. 
– ¿Para cuándo te mandan ese supuesto contrato?

– No sé… -miré el móvil y allí estaba-. Pues parece que ya.

– ¿A qué esperas para abrirlo?

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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3 Responses to Capítulo 1. La llamada

  1. Carlos dice:

    UY! Que me voy a enganchar a leer por aquí. Me ha gustado mucho este capítulo. Gran trabajo!

  2. ¡Qué gran descubrimiento tu blog! Muchas gracias por escribir y compartir.

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