El reencuentro III (Lucía)

Me senté a pensar en ella, en cómo me hacía sentir, en todo lo que habíamos vivido. Rememoraba los recuerdos que aún atesoraba, cada día eran menos, y junto a ellos se difuminaban las ganas de verla, de estar a su lado. Había pasado tanto tiempo sin sus labios, sin sus miradas, sin oír su voz… ¿Cómo se puede amar a alguien que no tienes? La esperé, la esperé con ansías, porque la deseaba, quizá aún la deseo. Y una vocecita me dice que solo tengo que verla un segundo para caer rendida a sus pies, pero mi cabeza piensa más rápido, y solo es capaz de repetirme que he perdido más de un año esperando por ella. 

Llevamos meses discutiendo, obviando las palabras que en realidad queremos decirnos. Yo jamás le dije lo que me molestó que se fuera a Sudáfrica en vez de utilizar ese tiempo a mi lado. Comprendí que la distancia con Madagascar era menor, que tenía amigos a los que ver, pero, ¿y a mí? ¿Acaso no quería verme? Me mentalicé entonces de que aquella relación solo tendría futuro si Fátima se decidía a venir a verme. Me vendió tantas veces que me echaba de menos, que no soy capaz de entender por qué aún no ha venido.

Quizá tenga razón en lo que dijo en nuestra última discusión, quizá era mejor follarse a alguien que lo hiciera con hechos y no con palabras, quizá ella ya lo estaba haciendo. ¿Podría culparle de eso? No, a fin de cuentas, no estamos juntas, y ella tiene todo el derecho del mundo a enamorarse de cualquier chica que se encontrara. Bueno, cualquiera se enamoraría de ella, yo lo hice. Me enamoré de una niñata, una niñata tan hermosa, que el mundo se detenía a sus pies. Me enamoré de su serenidad, de sus conocimientos, de su saber estar. Sí, también lo hice de su físico, no lo negaré. Pero últimamente su parte de niña caprichosa estaba aflorando cada vez con más intensidad, me desquiciaba, no la entendía. Hablar con ella es imaginarla en una pataleta continua. Era incapaz de ser una adulta. En raras ocasiones, volví a sentirla como antes, pero eran momentos tan fugaces, que ni me dio tiempo a agarrarlos con fuerza.

Y el otro día, de nuevo, una discusión, una de esas con las que no puedo. Le dije que todo había terminado, incluso nuestra amistad. La verdad es que le dije cosas horribles, que ni siquiera pensaba, pero, tras días sin hablarme, unos mensajes suyos me despertaron. Comenzaban con un “eres preciosa” y terminaban con reproches, más reproches. ¿Acaso no debería ser yo la que los hiciera? No le dije el daño que me hacía no verla, o cuando se calla y me deja con la duda, o que siento que no deja de jugar conmigo. 

Quizá solo sea eso, solo soy para ella alguien que le escucha, pero ya no puedo más. La quiero, y seguramente la seguiré queriendo el resto de mi vida, pero no puedo permitirme durante más tiempo ese dolor. Lo siento muchísimo, pero esta vez, sí se acabó. 

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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