El reencuentro III

Durante el viaje a casa de Fátima, la conversación no fue tan fluida como la primera vez. Aquella primera vez en la que los nervios agolpaban las palabras en la boca de Lucía, mientras contemplaba la sonrisa de Fátima. Esta, sin embargo, aunque trató de pronunciar algo más que monosílabos, solo pensaba en abrazarla. Era un sentimiento extraño para ella. Nunca una persona le había inspirado esa protección, la que le brindaban los brazos de Lucía sin haberla tocado. Llegaron al pequeño apartamento. Lucía se sentó en el sofá. Fátima mostraba su agitación ofreciéndole todo lo que tenía en la nevera. Tardó un rato en sentarse y mirar a Lucía, que esperaba ansiosa que esa vez fuera ella la que recibiera el primer beso. Fátima no dejaba de titubear, algo que llevaba dentro estaba intentando escapar, pero se anudaba a su garganta con fuerza.
Esta vez no te lo voy a poner tan fácil -dijo Lucía, en un intento por dar un empujoncito a los labios de Fátima. 
Fátima ni se movió. Procesó durante varios segundos la frase que aquella chica le había dado, como si se tratara de un juego, un retorcido juego en el que ella debía mover ficha. Tras un largo proceso de asimilación, se lanzó a los brazos de Lucía, a sus labios, a los que tanto ansiaba y extrañó durante el largo tiempo que permanecieron separadas.

Los besos, las caricias, la ropa volando por la habitación, y sus cuerpos, nuevamente desnudos, sedientos de roces que llevaban al éxtasis. Embriagadas por el clímax, cayeron rendidas en una cama que las recibió con la misma entereza que la primera vez. Los gemidos se agolpaban en la paredes, reverberando en una sinfonía única. Aquello no era solo sexo, ambas sabían que se trataba de algo mayor, algo que les asustaba, había amor, y ninguna quería asumir que esos momentos que vivirían durante una semana, quizá jamás se repitieran. 

Los días iban pasando, envueltas en las sábanas, queriéndose sin pensar en el mañana. Las conversaciones eran cortas, cada día más, no había nada que se pudiera decir y que fuera más importante que el tacto de sus cuerpos.

Y llegó el último día, ese que nunca se espera. El mismo aeropuerto, pero con una mirada distinta. Fátima ayudó a Lucía a subir la maleta en la cinta. Le dio un abrazo que les resultó demasiado breve. Lucía pasó el control de seguridad, mientras Fátima la observaba desde la distancia. Sus ojos luchaban por no poblarse de lágrimas. Lucía, sin embargo, parecía fría, distante, como si ese momento fuera algo que había vivido en demasiadas ocasiones. Y así era, pero no por ello se blindó, lo hizo porque sabía que aquella relación estaba condenada a un fracaso estrepitoso, y no podía permitirse caer en un pozo del que le costaría demasiado salir.

Lucía se sentó en su asiento. Recostó su cabeza, cerró los ojos, suspiró, e intentó no pensar en ese cuerpo que su mente se empeñaba en recorrer. Fátima, regresó a su casa, viendo cómo el sol se elevaba en el horizonte, recordándole que comenzaba un nuevo día sin ella, uno de muchos.

Lucía llegó a su casa agotada. Se mordía el labio para no gritar. Sentía rabia, una rabia contenida durante demasiado tiempo. Odiaba que la mujer a la que amaba viviera a miles de kilómetros. No podía volver a ir, había consumido las vacaciones de dos años por estar con ella. Mientras tanto, Fátima se aferraba al olor de Lucía, el que impregnaba su cama. No quería soltarla, no quería dejar escapar esa sensación de paz que sentía a su lado. Fantaseaba con ir a verla, y quizá lo hiciera en un par de meses. ¿Esperaría Lucía tanto tiempo por ella?

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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