Si te levantas, puede que te ocurran cosas maravillosas

Esa tarde, había quedado con mis compañeras de gimnasio para tomar un café. No las había visto después de mi lesión de menisco, o de lo que fuera, porque los médicos cambiaban de diagnóstico con cada consulta. Aún no me había recuperado, pero, aunque algo coja, debía caminar cada día, tras haber permanecido enclaustrada en mi casa durante dos meses. El plan, aunque supusiera una hora, me pareció lo mejor del mundo, un ratito con aquellas chicas con las que sólo tenía en común acudir a un gimnasio de mujeres, y tener tiempo de salir de cañas tras sudar durante un buen rato.

Tenía ganas de vestirme con algo que no fuera mi pijama, pero no quería acudir a la cita con un estilo que desentonara, por lo que me planté el chandal y las zapatillas, dispuesta a hacer un recorrido de diez minutos en tres cuartos de hora.

¡Qué mala pinta!

Gracias, yo también te quiero.

Ya no te arreglas ni para nosotras. ¡Qué pronto nos olvidas! -gritó Silvia con bastante dramatismo.

Oye, que vengo como tú. 

La diferencia es que yo me meto ahí a ponerme to’ güena, y tú vienes a visitarme.

No quise entrar más en aquella discusión sobre mi vestimenta. Tras dos meses sin apenas moverme, con la única ayuda de mi madre, que cocinaba, hacía la compra y hasta me duchaba, había perdido el hábito de depilarme. La llamada de las chicas me pilló de improvisto, y pude arreglarme algo la cara, pero poco más. De cintura para abajo, podían confundirme con la Mujer de las Nieves. Pero, total, el pantalón cubriría la melena de piernas que tanto me había costado conseguir.

Me pusieron al día de todo, de los despidos, de las broncas, y de los distintos líos entre ellas. Si algo tiene un gimnasio femenino en el centro de Madrid, es la cantidad de lesbianas que puedes encontrar en él. Yo nunca jugué a ese juego, soy una de esas románticas empedernidas, que se enamora del aire que exhala mi amante. Así me va, con más tropiezos que pasos en mi vida.

Me distraje tanto en la conversación, que cuando me quise dar cuenta, ellas ya se marchaban, y yo tenía mi gélido café aún entero en mi mesa. Me despedí de cada una, con la falsa promesa de recuperarme pronto, aun sabiendo que durante otros tres meses tendría que someterme a rehabilitación, y con un poco de suerte, librarme de una operación de menisco, o de lo que se le ocurriera a mi traumatólogo que me sucedía.

Me ensimismé en mis pensamientos, mientras removía sin sentido la cucharilla que coronaba mi taza. No había sido consciente de lo mucho que me gustaba sentarme en las cafeterías a leer, y ese día, no llevaba conmigo mi libro. Saqué del bolso mi pequeña libreta, y me dediqué a escribir sandeces, hasta que una chica se sentó conmigo,

Perdona que sea tan directa, pero llevo un rato mirándote, y no quise perder la oportunidad de saber si eres como mi imaginación desea.

Aquella muchacha debía tener problemas psicológicos. ¿Había visto mis pintas? Intenté fingir mi mejor sonrisa, pero aquel acto me dejó perpleja. La chica no estaba mal, ¿cuál lo está? De manos pequeñas, ojos grandes, pelo revuelto, y una vestimenta que no me cuadraba mucho por aquel ambiente.

No te va mucho que se te acerquen desconocidas, ¿verdad?

No estoy acostumbrada a ello.

Me llamo Rocío. He pasado a ser una conocida.

Soy Amanda. Un placer.

Aquella mujer mucho más joven que yo, se esforzaba en darme conversación, en interesarse por mí y por mis aficiones. Yo estaba totalmente desconcertada, pero no me venía nada mal tener una charla fuera de mi cerrado círculo.

No me andaré con rodeos. Me gustas, me gustas muchísimo. ¿Te parecería mal que te invitara a acompañarme al baño?

Rocío, me siento halagada, pero ese no es mi estilo.

No puedes saber si es tu estilo sin haberlo probado.

¿Quién dice que no lo haya hecho?

No sé si lo hiciste antes, pero no conmigo.

Me sentí realmente incómoda en ese momento. Hacía mucho tiempo que ninguna chica se interesaba en mí, y más aún que yo no me acostaba con alguien. 

Era cierto que lo del baño nunca me gustó. Recordaba a mis amigas empujándome a los lavabos con alguna conquista, para que me hiciera algo que llamaban sexo y terminaba siendo un profundo dolor de cabeza. Porque si de algo pecan algunas chicas, es de soberbia. Mucho decir lo buenas amantes que son, y pocas cumplían con tal premisa.

Debía decir que no, que ya pasé aquella etapa, que no cambiaría la comodidad de una cama por el olor rancio de un baño público. Pero, ¿por qué no darme una alegría? Un polvo en un bar no era algo muy atractivo, sin embargo, su propuesta había despertado mis hormonas.

No recuerdo cuándo ni cómo accedí a aquella proposición. Fui consciente de algo, cuando tenía su boca en mi cuello. ¡Mierda!

Para, para.

¿No te gusta? Puedo besarte por otras zonas.

No es eso.

¿Te has arrepentido?

No… -aquello me estaba matando de vergüenza-. Verás, es que tengo la rodilla fastidiada, y no puedo estar mucho tiempo de pie.

Bueno, quítate los pantalones, los pones ahí, y te sientas.

No, es que…, bueno, llevo mucho tiempo sin moverme, y esto no lo tenía planeado.

El sexo sin planificación es mucho mejor.

Que no me he depilado en meses, ¡joder!

Aquella confesión me sacó los colores, y a ella una carcajada. Se quedó quieta unos segundos que se volvieron eternos, me miró fijamente, y comenzó a desnudarse. Yo no sabía si admirar la piel de una mujer ante mí o salir corriendo.

Me da igual la capa extra de abrigo que lleves, me gustas tú. No te lo hubiera pedido si hubieras resultado una idiota. ¿Crees que voy a desaprovechar una oportunidad así por unos pocos pelos? 

Lo de pocos era muy relativo, pero a ella pareció no importarle, y me fue bajando el chandal muy despacio, como si esperase descubrir entre mis piernas un gran secreto buscado durante años. Tendió el pantalón y me hizo sentar. Me sentía completamente vulnerable antes aquella muchacha que introducía su mano en mi interior, robándome el primer gemido, el primero desde hacía tanto tiempo, que quizá estuvo preso en mí sin que yo fuera consciente.

Me costaba tragar, me costaba respirar, y contenía el aliento a duras penas, porque esa jovencita, esa a la que hubiera rechazado en cualquier otro momento de mi vida, me llevó a los orgasmos más placenteros que había vivido. Quizá esa tarde, no me enamoré, y solo fue sexo, pero, sin duda, solo por haber probado su lengua en mi piel, mereció la pena.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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