Ensoñaciones

Hoy no dejo de pensar en ti, y no soy capaz de recordar la primera vez que hablamos. ¿Era un viernes? No lo sé. Recuerdo que creí que eras algo borde, bueno, eso lo sigo pensando. 

Tus palabras se fueron anudando en mi garganta, fueron entretejiendo en mí una maraña de algo que aún no soy capaz de explicar. 

Te imagino tomándote un zumo, mientras yo disuelvo el azúcar en el café. Me miras, pero soy incapaz de alzar la vista. Nos encontramos en Madrid. La primera escena es la de dos amigas que se conocen desde siempre, pero los nervios se apoderan de mí. Sigo removiendo con la cuchara el mejunje. Tú sigues observándome, quizá intentando leer mis pensamientos. No lo hagas, no quiero que sepas que me muero por besarte, por pasarte la yema de mis dedos por tus labios.

Te dispones a hablar, pero algo te detiene, “¿no piensas decir nada?” Pienso muchas cosas, pero ninguna es capaz de salir. “¿Te gusta Madrid? Creo que no demasiado, mucha gente, mucho ruido, mucha polución, tú eres más tranquila. Pero yo quiero mostrarte la ciudad, quiero que veas dónde crecí como persona.

Te propongo salir esa noche por Chueca, sé que cada vez es más lúgubre, pero me gusta, adoro esos pequeños rincones en los que esconderse, unos remansos de paz en medio del gentío. 

Te llevo a mi bar favorito, creo que con ese acto te he asustado, la media de edad es alta, pero quizá sea eso lo que más me guste, nadie te molesta, no hay gritos, ni peleas, tan solo algún intento furtivo de invitarte a una copa y de sentirse nuevamente joven. Quizá sea yo la que necesita sentirse joven. 

Yo me pido mi caña, tengo predilección por la cerveza, pero la de ese sitio. No sé cómo lo hace la dueña, pero poca gente sabe tirar una caña así. Tus sigues con tus bebidas no alcohólicas, y yo escondiéndome en el etílico brebaje para poder alzar la vista.

¿Te apetece un billar? El juego relaja el ambiente. Te ríes de lo mala que soy, pero no me importa, me gusta ver cómo te tiendes sobre la mesa. Me estoy volviendo una pervertida. Da igual, me gusta mirarte el culo, ¿qué hay de malo en ello?

Vamos de garito en garito, tú no bailas, yo menos. Creo que empieza a gustarme la música alta, hace que te acerques y me hables al oído. 

Cada vez sonríes menos, y eso me pone nerviosa. ¿Ya no te gusto? ¿Ya no piensas tenderme sobre la cama y hacerme todo aquello que me escribías? Me tiemblan las manos. ¿Qué hice mal?

En uno de tus acercamientos, no hay un susurro, me besas. Yo me quedo quieta, sin saber qué hacer. Tú me miras desconcertada, como si todas las señales que viste te llevaron por el camino equivocado.

Me armo de valor, y te acerco por la cintura. No quiero un beso fugaz, no quiero uno robado, uno inesperado, quiero ese que ansío. Lo obtengo, lo obtengo durante horas. Horas en las que me deshago en tu boca.

Intento seguir soñando, pero me doy cuenta de que estoy despierta, de que tú no estás aquí conmigo, de que quizá ese hecho jamás ocurra. Y las mismas palabras que se anudaron en mi garganta, ahora retienen un grito, unas lágrimas. 

Miro al techo, intentando volver a mi imaginación, pero no soy capaz, la realidad se hizo consciente. ¿Cómo puedo quererte? ¿Cómo puedo seguir esperando que me visites esta noche? No puedo, no debo, pero te quiero.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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