La chica del parque

Era un sábado cualquiera. Habíamos quedado en el bar de siempre, para tomar lo de siempre y para bailar donde siempre. Todo era igual. No era aburrido, supongo que la costumbre termina dominando las decisiones. 

Quizá fueran las dos o las tres, cuando la vi. Allí estaba, “la chica del parque”. Si a la luz del sol resultaba preciosa, ahí sentada, con su gin-tonic, sonriendo como lo hacía cada vez que nos veíamos, bueno, cada vez que yo la veía, que la miraba desde un banco. Su cabello oscuro resplandecía al sol, sus rizos caían sobre sus hombros, a veces descubiertos para llenarse de serotonina. Siempre estaba sonriendo, quizá eso fue lo que me atrajo de ella. Unas gafas verdes cubrían sus ojos, no sabía de qué color eran, pero sabía que ocultaban algo, quizá cansancio, quizá tristeza.

Ella jugueteaba con su perro, y yo abría mi libro, para terminar leyéndola a ella. ¿Cómo se llamaría? No fui capaz ni de ponerle un nombre, quizá ninguno le hiciera justicia.

Ahí seguía ella, con su copa, aún reía.

Yo era como un fantasma que la vigilaba entre las sombras. A veces me sentía sucia, como si fuera una acosadora, pero no era así, solo quería contemplarla, y cada día me juraba que sería el último, pero nunca lo cumplía. Ella lo hizo por mí.

El invierno me descubrió en aquel banco, buscando a aquella chica, pero las hojas del otoño se la habían llevado. Perdí mi interés a los pocos días, y pensé que nunca sabría qué fue de ella, si se había mudado, si había cambiado de horarios, si se había enamorado. 

Pero estaba ahí sentada, junto a dos personas, con las piernas cruzadas. Sus dedos parecían tocar un piano simbólico sobre sus muslos. Sus largos dedos se movían de una forma rítmica. En su mano izquierda, en el índice, un anillo de plata, nunca me había fijado, pero por su forma, llevaba con ella mucho tiempo. 

Mis amigas empezaban a mosquearse, y yo decidí que era mejor ir al baño e inspirar (aunque no sea el lugar más adecuado), llenarme de cordura, de esa de la que siempre presumí y con esa chica de ojos tristes perdía.

Al salir, ella me esperaba, pero ya sin esa sonrisa por la que siempre la recordaba.

¿Nos conocemos de algo? -preguntó de forma algo brusca.

No lo sé -contesté intentando escapar de aquel laberinto.

Me pones nerviosa. Si quieres decirme algo, dímelo, pero no te pases la noche mirándome.

Lo siento. No te miraba a ti, miraba un recuerdo.

Pero si no nos conocemos, ¿qué recuerdo te evoco?

Una sonrisa

Su rostro cambió, y volvió esa calidez a ella. Solo sentía ganas de abrazarla, de prometerle que nada malo le sucedería, que el pasado se queda allí, que sería su amiga, aunque yo deseara algo más, mucho más, porque sin saber su nombre, porque sin conocer nada de ella, sabía que la necesitaba a mi lado.

Ella se volvió, y regresó junto a sus amigos. Yo me senté junto a mis amigas, evitando mirarla. Sé que ella no dejaba de hacerlo, quizá esperando encontrar en mis ojos la respuesta a su pregunta “¿nos conocemos?” No nos conocemos, pero me muero por hacerlo. Siento no ser lo suficientemente valiente como para acercarme a ti.

No volví a aquel bar, ni me senté en ese parque, no volví a verla, pero siempre será “mi chica del parque”.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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2 Responses to La chica del parque

  1. loverpool7 dice:

    Por lo que leo, eres una experta del esquema chica conoce chica. A mí también me tira mucho. Debemos asociarnos!

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