En las orillas del Mar Rojo. Capítulo 49

Todos disfrutaban del sol, de la comida, del sexo. Yo solo de la comida, comí como si tuviera siete estómagos. Lucía llegó a regañarme, decía que eso eran nervios, y que no podía dejar que la parte frágil de mi mente venciera a la que realmente me definía.
Por fin conseguí algo de coca. La metí en el bolso como si me fuera la vida en ello, y solo la abrí en la tranquilidad de mi habitación. Estaba ahí, tan blanca, tan llamativa. Me preparé una raya, la coloqué tan recta que hasta me dieron ganas de inmortalizar el momento. Doblé un billete y creé con él un canuto que facilitaría que toda esa coca me penetrara el cerebro.
Allí estábamos de nuevo, frente a frente. Yo rota, y ella vista como mi única salida. Inspiré profundamente, quería recordar todo ese dolor, quería sentir cómo se desvanecía. Los recuerdos vinieron a mí, recordaba mi primera vez, lo bien que me sentí, recordé lo enfadada que estaba siempre, cómo todo me sacaba de mis casillas, cómo podía hablar con todo el mundo, cómo la necesitaba, cuánto tardé en no pensar en ella cada instante. Quizá ella sí que fue mi gran amor, y eso era muy triste. Pero necesitaba enmascarar el dolor, el daño, el miedo. Necesitaba sentirme fuerte, alerta, segura.
Me esnifé toda la raya, sentí cómo me arañaba la nariz, cómo pasaba de un lugar a otro de mi cuerpo. Cerré los ojos, y esperé, aunque no hizo falta mucho tiempo para volverme a sentir como esa primera vez, pero sin el miedo de las consecuencias. Sonreí, no podía dejar de sonreír. Adoraba esa sensación. La puerta me sacó parcialmente de mi alegría. Era Meritxell, me miró y yo solo la agarré de los hombros y la metí en la habitación. No me interesó qué hacía ahí, ni cómo se encontraba, quería besarla, y eso hice, la besé y la besé.
Fui quitando su ropa, y la mía. Hundí mis labios en sus pechos, metí mi mano entre sus piernas, coloqué mi cuerpo sobre el suyo. Era increíble tenerla ahí, era la persona a la que quería ver, era ella, éramos las dos, de nuevo, haciendo el amor. Ni siquiera me sentí incómoda porque mi cuerpo no fuera el de antes, solo necesitaba placer, y eso fue lo que obtuve.

– No esperaba este recibimiento.
– Te daría otro, pero ahora estoy muerta.
– Venía a buscarte para ir a la playa.
– Mejor dormimos un rato.

Se levantó de la cama, tras luchar contra mis brazos, que no querían desprenderse de ella. Yo cerré los ojos, quería dormir, pero no podía, mi pulso aún seguía acelerado, y no dejaba de pensar en que si me metía otra, podría volver a tender en mi cama a Meri, volver a sentir ese placer sin complicaciones.

– ¿Has visto el comunicado de Carmen? -no hizo falta una respuesta para que Meri continuara-. Ha dicho que tiene una enfermedad, una hija secreta y que se muda a Los Ángeles para recibir el mejor tratamiento. Como si en España no hubiera buenos médicos. También ha dicho que siente mucho haberte besado, y ha reconocido ser bisexual.
– ¿Bisexual? ¿Se muda? No sé nada de todo eso.
– Bueno, a ti te ha venido bien, ya no tienes que esconderte. De hecho, hay un grupo en Facebook en el que se pide que se reponga tu imagen de cristiana…

No sabía si la coca estaba mal cortada o se me había ido la cabeza del todo. Tuve que ver por mis propios ojos si aquello era cierto. Y lo era, había hasta una composición en la que salía mi cara iluminada por un ángel. Decían también que mi papel como lesbiana era culpa de mi mala elección en amistades, incluso decían de Carmen que fue enviada por Satanás para corromper a una pobre beata (yo).
Charly no dejó de reírse de mi nueva condición de Santa. Yo nunca pedí serlo, ni lo era, y la carga que estos “redentores del cine”, como se hacían llamar, me imponían, no aliviaba nada mi pena.
Sabía que si volvía a la coca, nunca saldría de ella, sabía que tenía que encontrar a alguien que me ayudara, y en medio del desierto, eso se reducía a una única persona, Meri.
Me escuchó atentamente, asintiendo, dándome la razón incluso en mis desvaríos, y, en vez de regañarme, se limitó a abrazarme. Sin consejos, sin sonrisas, sin pena, solo me abrazó, y ese gesto me reconfortó aún más que la coca. Lucharía todos esos días contra ella, y luego me volvería a internar en un centro de rehabilitación, no podía caer.
El gesto de Carmen me resultó loable, pero no era justo que ella fuera martirizada, que se dijera que su enfermedad era debida a su “conducta desviada”, que rezaban porque su hija no adquiriese los malos hábitos de la madre, y cosas por el estilo. Los mismos que me ensalzaban, la criminalizaban a ella. Aunque yo también tenía detractores, todos los grupos LGTBI del mundo habían decidido que yo era la causante de aquella amalgama de locura cibernética.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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2 Responses to En las orillas del Mar Rojo. Capítulo 49

  1. Marieta dice:

    Que emoción, con quien será feliz al fin………

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