En las orillas del Mar Rojo. Capítulo 48

Empecé a ir al psicólogo, todo aquello logró consumirme. Seguía recibiendo papeles, pero ninguno me entusiasmaba y, en la mayoría, se me pedía que fuera una lesbiana atormentada que terminaba muerta, o por amor o por celos. ¿Qué imagen se está dando de la homosexualidad? La psicóloga se empeñaba en que habláramos de mi familia, me quería obligar a llamarlos, a decirles cómo me sentía, y yo, que había sentido tanto, ya no sentía nada. 

Mamen me visitó con frecuencia, aunque pocas veces terminamos en la cama. Se preocupaba por mí, le quitaba hierro al asunto, y sé que tenía razón, sé que no era para tanto, ¿qué tiene de malo enamorarse de una mujer? Quizá si hubiera estado enamorada, si hubiera sentido lo mismo que con Meritxell o Carmen, quizá si esa fuerza interior que te hace verlo todo desde un prisma diferente, me hubiera acompañado, yo no hubiera estado así, no me hubiera deprimido porque la gran mentira de mi vida se había derrumbado sobre mi cabeza.
Tenía suficientes ahorros como para vivir tranquila un par de años, la herencia de mi padre contribuyó al saneamiento de mis cuentas. Quería retirarme, quería irme a vivir a Finlandia, donde nadie me conociera, donde hiciera tanto frío que dejara de sentir el que me recorría las venas. 

Javier no ayudó mucho, me presionaba constantemente para seguir mi rutina, para ir a la tele, para rodar algún corto. Lo despedí, despedí a cada persona que estaba en mi vida, me despedí de mí. Me pasé unos meses deambulando de bar en bar, besando a mujeres que no parecían conocer mi nombre, bebiendo hasta caer rendida, intentando llenar un vacío que se hacía más y más grande según quería acabar con él. 

Carmen estaba mejor, parecía volver a ser ella, parecía que me miraba con los mismo ojos con los que me vio aquella vez que me besó y se disculpó mil veces. Las medicinas parecían hacer efecto, y la relación con su hija hizo que se sintiera de nuevo con fuerzas. La envidiaba, ella tenía un problema real, algo médico, y luchó, yo solo tenía miedo, y me vi vencida.
Los pocos amigos que no me habían mandado a la mierda, me invitaron a un viaje. Volveríamos a ver aquel mar que yo no logré ver rojo. Por una parte, no podía ni moverme de un sofá que ya me había engullido, por otro, la idea de estar con Jaime, Charly y Lucía, en la playa, en un lugar lleno de represión, me hacía gracia. 

Me costó un mundo hacer las maletas. Tuve que ir de compras, aquellos meses se habían aposentado en mi vientre y en mi cadera, bueno, no fue el tiempo, fue la dejadez y el abuso de comida rápida para no tener ni que cocinar. 

 – Las vacaciones son para ponernos morenos y para ponernos morados. 

– Charly, no creo que muchos egipcios se presten a morder una almohada por ti -le respondió Jaime. 

– Cuanto más reprimido está un pueblo, más ganas tienen de ser sodomizados. 

– ¡Qué bruto eres! 

 Como siempre, sus conversaciones me atrapaban. Eran todos tan diferentes, y, al mismo tiempo, encajaban tan bien, que a veces me veía de sobra.
Llegamos al Amphoras, y mi habitación volvía a esperarme. Todos estábamos en el mismo edificio. Pero ninguno tenía las vistas del amanecer como las que se disfrutaban desde mi cama. 



 – Sandra, sé que estás jodida, pero tendrás que hacer algo, aunque sea fugarte con los del circo. 

– No sé qué hacer. No quiero hacer nada. 

– Yo no me voy a meter en que grites tu lesbianismo a los cuatro vientos, pero sí que podrías practicarlo. 

 – Ya lo hago. 

– No, follarte a una tía cuando estás hasta arriba de vodka no es practicar nada. 

– Lucía… 

– Vale, vale. Folla como quieras y con quien quieras, pero o cambias tu actitud en estos días, o cuando volvamos te vas a ver inmersa en la mierda. 

 Aun habiendo llegado de noche, los chicos querían salir, y Lucía y yo cedimos. Al parecer hay mucho ambiente en Sharm, sobre todo gay, pero se concentraba en los baños. Las mujeres, coqueteaban con disimulo en la playa, en esas butacas blancas en las que no hay forma de estar cómoda sin espatarrarse.
Las chicas se nos acercaban, pero era Lucía la que llamaba más su atención. Mi cara no era atractiva, yo no me sentía atractiva, y menos después de verme en una revista en la que se especulaba que mis kilos de más se debían a que había dejado las drogas. La coca, la echaba de menos, allí podría encontrarla, allí podría volver a sentirme como antes, como cuando yo era yo.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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