En las orillas del Mar Rojo. Capítulo 47

Todo era como en la tele, como lo imaginé, con aquella alfombra roja eterna, los flashes, los gritos, las llamadas, las sonrisas, el que nos ignorasen a todos los que no hicimos carrera en Hollywood o no veníamos de un país tan exótico como la India, con la pobreza de su protagonista de trasfondo.
Carmen estaba preciosa, con un vestido rojo satinado, largo, con un corte por su pierna que te hacía subir a las nubes. Las cámaras se la comían viva, y ella no mostraba ni un ápice de todo el dolor que llevaba por dentro.
Tras el photocall, nos sentaron en riguroso orden, como si lo hubieran estado preparando durante años, no vi ni un error en la composición, los que se llevaban mal, estaban en distintos puntos, pero, como eran igual de importantes, tenía la misma presencia en el plano. Los de allí parecían acostumbrados a todo aquello, pero a mí me podían los nervios, la película india partía como favorita, y siempre pensé que nosotros estábamos nominados por un vil intento de la Industria por atraer al público gay, capaz de generar millones.
Los ganadores iban pasando, con sus minidiscursos, con sus agradecimientos. Y llegó la hora…, y ¡ganamos! No me lo podía creer. Todos dimos saltos, aquello suponía el lanzamiento de todas nuestras carreras, de la venta del film a todo el mundo, del reconocimiento de la crítica, y, quizá, de las manos negras que hay detrás de todo. En cuanto nos nombraron, la sensación de confusión y alegría se agolpaban entre nosotros. Me abracé a cada persona que tuve cerca, y no sé por qué, Carmen y yo nos besamos, como lo hacíamos antes, como cuando éramos dos. Por supuesto, las cámaras se centraron en aquel momento lésbico que recorrió todas las pantallas. Tras eso, nos miramos, ella me sonrió, pude ver amor, pero yo me quedé paralizada, y todo a lo que temía, se me vino encima en un instante.
Tras la ceremonia, fuimos a la fiesta de los galardonados, donde, ¿cómo no?, un simple beso se volvió protagonista indiscutible. Carmen era una maestra evitando las preguntas, pero yo no sabía qué decir. ¿Era el momento de desvelar mi sexualidad? Javier me hubiera dicho que no, y eso mismo fue lo que Mamen me hizo ver. 

 – Ahora estás en caliente, pero todo esto acaba. Si quieres decirlo, adelante, pero ten en cuenta que ya no importará lo buena que eres, solo con quién te acuestes. Si no le das bombo, se quedará en simple marketing. 

– Mamen, no sabía que pasaría eso. No voy a decir que fue ella, porque no sería verdad, pero… 

– No me debes ninguna explicación. Nos lo hemos pasado bien, y estoy dispuesta a repetir, pero no te pedí fidelidad, ni tú a mí. 

 Odié a Carmen, y lo que más odiaba era no poder hacerle responsable de mis actos. Yo quise besarla, ella quiso besarme, y nos besamos. Pero hasta ahí. No quería volver a ese entramado de amor y dolor, y menos hacerlo creyendo que era por pena, porque eso es lo que sentía por ella, una pena horrible que camuflaba el amor que pudiera sentir.
La noche terminó al amanecer, desde la playa, con los zapatos en la mano, el vestido rasgado (los profesionales se llevaban ropa de cambio), y Mamen sobre mí. Carmen había repetido jugada con la chica de piel canela, y no parecía importarle que los besos de su tocaya fueran los que me arroparan ante la brisa marina.
Llegaba la hora de volver, y justo encontré en el aeropuerto lo que esperaba, una masa de periodistas sedientos de una noticia que yo no estaba dispuesta a dar. Lo que no me esperaba era el séquito de fans que coreaban mi nombre junto al de Carmen, o los acortaban y los unían, coreaban “viva el rollo bollo”, “queremos un hijo tuyo”, y demás frases que si van dirigidas a ti, o te hacen gracia o sientes una necesidad irrefrenable de matar.
La primera llamada, la de Javi, no solo no me echó la bronca, sino que me relató la cantidad de entrevistas, eventos y discursos que debía dar por toda la geografía española, incluso me habían ofrecido acudir a países de América Latina. Al final resulta que el morbo vende más que una buena película, y eso me jodía.
Lori me esperaba con los brazos en jarra, esperando a que llegara para decirme que no trabajaba para degeneradas, y que tenía que meterme a monja para expiar mis pecados. No supe ni qué contestar, me había pasado tantos años oyendo la misma retahíla, haciéndome pequeña ante las palabras de gente que creía tener un conocimiento divino del mundo… Ya me cansé de aquello, ya tuve que aguantar a mi familia, y ella era casi una desconocida, con la que me había portado bien, pero nunca fue más.
Dejé de salir a la calle si no venía un coche de producción a por mí, y me llevaba a algún plató donde tenían cerradas las entrevistas, nada personal, nada de mi vida, nada del beso que removió los cimientos de mi estabilidad.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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