En las orillas del Mar Rojo. Capítulo 46

Los días siguientes fueron un compendio de entrevistas, encuentros poco casuales con Mamen y prácticas de escapismo con Carmen, que, entre ligue y ligue, se acordaba de mí.
Las fiestas en el ático eran geniales. Después de tantos años trabajando en esto, aún me sorprendía encontrarme con famosos, gente a la que admiraba y que estaba allí por los mismos motivos que yo. Me presentaron a varias estrellas, unas totalmente gilipollas, otras completamente colgadas, y algunas hasta parecían normales. Me pasé toda una noche pensando que una mujer rubia se había hecho pasar por Renée Zellweger, aunque el parecido era nulo, para después descubrí los efectos secundarios de la cirugía estética extrema.
Mamen me miraba de reojo, ella no podía relajarse, no podía asistir a la fiesta sin otra preocupación que la de sonreír, no, ella debía cerrar contratos, hacer contactos, vamos, todo lo que Jaime y compañía no hacían.
De vez en cuando, veía cómo se dirigía al baño, y la seguía, necesitaba volver a sentir su piel, aunque fuera en un aseo público, eso sí, extremadamente pulcro. Tuve que quitarme las medias, no sé por cuántos sitios se me rompieron en una de sus incursiones manuales entre mis piernas. Ella era mi desahogo, mi salida del mundo de estrellas y luces, mi vuelta a la tierra, al placer carnal, al de los sentidos.

– Sandra, ¿podemos hablar?
– Carmen, no creo que sea el momento. Ya hablamos en la habitación.
– Si no estás nunca. Por favor, necesito hablar contigo, es importante. Vamos allí -señaló unos asientos en una esquina en la penumbra.
– Bueno, ¿qué pasa? -pregunté una vez hubimos llegado.
– ¿Te estás follando a la de producción?
– No creo que eso sea asunto tuyo. Soy idiota, no sé por qué siempre termino cediendo ante ti.
– Porque estás enamorada de mí.
– ¡Vete a la mierda!
– Sandra -dijo sujetándome del brazo-, por favor. Dejaré ese tema, pero necesito hablar con alguien en quien confío. Voy a retirarme. Creo que volveré a España, aunque no sé a qué me dedicaré, si es que puedo hacer algo.
– No seas agorera. Si no quieres seguir actuando puedes montar una escuela o dirigir o producir, o lo que sea. ¿Te da miedo haber llegado a lo más alto y caer en picado?
– Tengo esquizofrenia.

¿Esquizofrenia? Debo reconocer que se me escapó una risa, lo había pensado un millón de veces, pero no esperaba oírlo de su boca. Después la miré, vi cómo sus ojos se tornaban tristes, acuosos. Había recibido los resultados de las pruebas, ya estaba bajo medicación, pero no sabía cuándo le ajustarían la dosis lo suficiente como para llevar una vida normal. No la había visto tan hundida antes. Pensaba que la esquizofrenia era una enfermedad que volvía a la gente agresiva, pero, al parecer, esto no es necesario, y, en el caso de Carmen, estaba asociado a la bipolaridad. Me sentí impotente, quería poder curarla, poder hacer por ella lo que fuera, quería que estuviese bien. Aún seguía sin sentido todo su comportamiento, pero, según fui averiguando cosas, quizá la depresión y los estados de ánimo elevado, eran los responsables de que yo no encontrara ninguna lógica a aquellos comportamientos.
Tuve que decirle a Mamen que no nos veríamos esa noche, Carmen me necesitaba, y yo se lo debía, no solo por lo que nos quisimos, sino por cómo se portó ella cuando realmente la necesité. Una parte de mí seguía creyendo que todo aquello era una mentira, que en cualquier momento se abalanzaría sobre mí, y querría que folláramos, pero no fue así, nos pasamos la noche llorando, prometiéndole que no me iría de su lado, que cuidaría de su hija si le pasaba algo. Intenté explicarle que ella no era la tutora legal, y yo no podía adoptarla, pero no hubo manera, me rogó que la acogiera y la tratara como si fuera mía. Me rompía el alma ver a una mujer que siempre consideré fuerte, hundida en un oscuro pozo.
Conseguí que se durmiera casi al amanecer. Tenía los ojos hinchados y aún temblaba. Yo no pude acompañarle en el sueño, un millón de imágenes me abordaban, ¿cómo no me había dado cuenta de su enfermedad? No dejé de abrazarla en toda la mañana, al menos hasta que Mamen llamó a la puerta, reclamándome para las entrevistas. Creo que se mosqueó cuando vio aparecer a Carmen detrás de mí, pero en ese momento solo me importaba el estado de mi amiga. Mamen suspiró y llamó a las chicas de “chapa y pintura”. Carmen no me dirigió la palabra en todo el día, ni se atrevía a mirarme, y yo solo deseaba que todo aquello acabara, que la gala terminara pronto, y que pudiera volver a refugiarse en mis brazos.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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