En las orillas del Mar Rojo. Capítulo 45

La productora se había pasado en la partida destinada a cocaína, por lo que ya nos advirtieron que nos tocaría compartir habitación. Odiaba que hicieran eso, odiaba que nos dejaran en la estacada solo para pagar las dosis de unos cuantos trajeados, aunque yo también fui partícipe de ello en otra época. Temía que, como en otras ocasiones, nos tocara dormir en un motel de mala muerte, pero nada más alejado de la realidad.
Un paseo bordeado de enredaderas, banderas inglesas (sí, yo también pensé que me había equivocado de país), las paredes blancas, impolutas, las líneas curvas, elegantes, las colinas de Hollywood, los empleados tan bien uniformados, esa sonrisa perpetua, la suavidad con la que cogían el equipaje, no sé si fueron esas cosas, o fue el cansancio, lo que hizo que aquel hotel, The London, me resultara el lugar más maravilloso del mundo. Lo que no me gustó tanto fue la asignación de compañera, por supuesto, como no podía ser otra, Carmen me volvería loca todos esos días.

– ¡Qué bonita! -exclamé sin pensar, nada más entrar en la habitación.
– Mejor será cuando correteemos desnudas por aquí.
– Eso no va a pasar.

Carmen estaba dispuesta a desvelarme cada noche, y sabía que si no lo conseguía de una forma, lo haría de otra, con otra, y eso también me atormentaba.
Pasé la mañana en la piscina que tienen arriba. Era un placer poder disfrutar del sol en pleno invierno, cuando en Madrid te tenías que forrar como una cebolla para poder sobrevivir.
Las mujeres, todas, eran preciosas. Coincidimos con el elenco de la película india, y me quedé obnubilada por la belleza que aquellas mujeres en tonos caramelo desprendían. Carmen tampoco lo dejó pasar, y no tardó mucho en olvidar el amor eterno que me juraba en el avión e irse con una de ellas. Tengo que reconocer que me había vuelto un poco como “el perro del hortelano”, no quería que estuviera con nadie, pero tampoco conmigo. Me desquiciaba, parecía una montaña rusa, de momento era sensible, tierna, para volverse una loca maniaca. Estaba la Carmen que no me soltó la mano en el funeral de mi padre, y la que me pedía tríos o sexo desenfrenado, sin tener en cuenta cómo me podía sentir. A veces odiaba que me gustaran las mujeres, pensaba que estaban todas neuróticas, aunque dudo que una relación con un hombre sea mucho más sencilla.
Los cócteles entraban por mi boca como agua, sería mi único día libre, y pensaba disfrutarlo al máximo, aprovechar el espléndido hotel como si no existiera otro.

– Sandra, tenemos que ajustar agenda.
– Mamen, ¿no lo podemos dejar para mañana?
– No, que Gustavo me mata.
– Ahora iba a ir a comer.
– Pues comemos juntas y dos pájaros de un tiro -Mamen se tomaba muy en serio su trabajo-. Vamos a mi habitación, y pedimos algo allí, que me han dicho que el servicio de habitaciones es mejor que el restaurante.

El compañero de la chica de producción era el jefe de guión. Su habitación no se parecía a la mía, daba a la zona residencial, era más pequeña, pero estaba diseñada con muy buen gusto.
Pedí un roasted beef Wellington, y casi pude notar como un orgasmo se expandía en cada bocado. Creo que la subida hormonal propició las conexiones físicas con Mamen.
Cuando quise ser consciente, le estaba desabrochando los vaqueros con la boca, le lamía el vientre, y sentía mi aliento alterado sobre su piel. Mamen nunca me había llamado la atención, nunca tuvimos una relación estrecha, ella mantenía las distancias con todo el reparto, luego supe que pensaba que éramos una panda de cretinos drogadictos. Pero esa tarde y esa noche, me deleitó con todo un abanico de buen sexo, besos, caricias de esas que se te clavan en lo más hondo (sin tener que estar enamorada), abrazos, y una conversación que, aunque corta, fue bastante reveladora. Ella sabía todo de todos, no es que me contara nada en particular, pero me expresó claramente su enfado por la mala gestión del dinero por parte de los jefecillos.
– Si os queréis meter coca, os la compráis, a mí, mientras no me jodáis las horas y el plan de rodaje, me la trae floja. Pero, ¡joder!, no podéis ir pidiendo drogas como si fuera café, que en vez de un catering vamos a tener que montar un zoco.
– ¡Ey!, a mí no me metas, que yo lo dejé hace años.

Aquella confesión dio pie a más horas de lenguas resbalando por la piel, a más sudor, a risas por cosquillas en lugares recónditos, a susurros que te contraían. No puedo negar que Mamen era una amante extraordinaria, y que yo me dejé vencer por sus ganas algo adolescentes.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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