En las orillas del Mar Rojo. Capítulo 44

La mañana siguiente fue un desastre, miradas esquivas, tazas que se caían al suelo, nervios, falta de comunicación, hacer las maletas…
Lucía se quedó sentada en el sofá, ya con la ropa puesta, mirando al infinito mientras yo recorría toda la casa intentando averiguar dónde había puesto Lori mi ropa interior. No era capaz de decirle nada, era mi amiga, siempre fue eso, mi amiga, y ahora, cuando la miraba de reojo, recordaba la noche anterior. El sexo no estuvo mal, fue algo rápido, sin mucho juego y directo a complacernos. Nunca me gustó así, pero tampoco me había acostado con ella antes.

– Lucía, hablemos.
– Estuvo bien, Sandra. Pero yo no quiero nada contigo. Perdona mi sinceridad, pero es así. Eres mi amiga, eres de las pocas mujeres que no me atraen sexualmente, salvo anoche, no sé qué pasó.
– Da igual lo que pasara, sigo siendo tu amiga, y paso de sentirme incómoda cada vez que te vea. Ha sido sexo, y ya está. Te quiero mucho, pero como siempre.
– Me alegro de que esté todo claro. Las mujeres están locas, y por acostarte con ellas creen que vas a pedirle matrimonio. ¿Te ayudo con la maleta?
– Sí, por favor, no encuentro mis bragas. Lori es capaz de habérmelas dejado en el cajón de los cubiertos.

Ambas continuamos buscando, colocando, doblando, y probándome los distintos modelitos que iba a ponerme, como unas amigas normales, recibiendo sus críticas y sus halagos, sin que lo de aquella noche alterara lo que nos convertía en amigas.
Tomé el avión a las once de la noche, casi ni llego, soy caótica a la hora de organizar el equipaje, siempre lo dejo todo para el último día. Javier me esperaba en el control de aduanas para vuelos privados, con la ceja arqueada, los brazos cruzados y cara de pocos amigos.

– ¿Sabes lo que es recibir una nominación para los Óscar? Porque parece que todo te la resbala.

Habían alquilado un avión privado para todo el equipo y la familia, así nos ahorrábamos la escala en Nueva York o Washington. Los asientos de piel, el amplio espacio, los hijos de los jefazos gritando, el cóctel de bienvenida, la cena, las mantas y las máscaras. Aquello era todo un carnaval.
No dormí en todo el viaje, no solo las correrías de algunos mocosos me molestaban, también Carmen, que decidió que era el momento adecuado para replantearse nuestra relación, para prometerme fidelidad y amor por doquier.

– ¿Sabes que nos vemos geniales juntas?
– Carmen, no.
– ¿Es porque soy madre? Puedo compaginarlo, Nerea no te robará tu sitio.
– La sola idea de pensar que sentiría celos de una cría, no sé si me da asco o denota tu inmadurez. Solo te pedí una respuesta, y no me la has dado.
– ¿Otra vez? Eso es pasado.
– Pues lo que hubiera entre tú y yo, también.

Era capaz de identificar al menos dos caras de Carmen, la tierna y la frívola, se anulaban la una a la otra, pero ella lograba aunarlas como parte de su retorcido ser.
Me vino bien no conciliar el sueño, así el jet lag pasó casi desapercibido. Por delante, una semana de entrevistas, fiestas, coqueteos, mentalizarme para no acercarme a la coca o a Carmen, y nada de dormir. Puede parecer un plan perfecto, pero lo es cuando te apetece, no cuando lo que realmente quieres es estar en tu casa, leyendo un libro, tapada con una manta, una botella de vino en la mesita, y, quizá, una acompañante que te calentara los pies. Quizá Amanda. En los últimos meses, solo era Amanda. Me podía acostar con decenas de mujeres, podía mirar a Carmen mientras dormía, pero la imagen de Amanda sonriéndome, mimándome, hacían que viviera en una ensoñación constante. Le puse los cuernos, no una, sino varias veces (aunque no recuerdo ni la mitad), le acusé de ser ella la infiel por el simple hecho de que le gustaran los hombres y las mujeres. Sin duda, ese año me convirtió en una idiota, en todo lo que yo odiaba.
Aun sin dormir, con los ojos cerrados, mecida por el leve traqueteo del avión, nos recordaba juntas, riendo, hablando de nuestros sueños, haciendo el amor con dulzura, con pasión. No se lo había contado a nadie, pero tener que dejar su película me dolió como diez mil puñaladas. No era por lo buena que me resultara, sino porque todo ese tiempo lo podía pasar a su lado. Si hubiera insistido, quizá hubiera logrado que volviera a mi lado. Ya nada de eso sería posible.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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