En las orillas del Mar Rojo. Capítulo 42

Volví a recluirme en mi casa, aunque Lori no me dejaba ni un minuto tranquila. Me hablaba de los libros, me traía notas con lo que no entendía, y me di cuenta de que el Lazarillo de Tormes no es algo que se deba dar a leer a una persona que no domina el castellano (incluso puede resultar difícil para uno que lo tiene como lengua materna). Insistió mil veces que visitara su país, y, sinceramente, ver el castillo de Drácula siempre me resultó atractivo. Quedaba un mes para viajar a Los Ángeles, y quedarme tumbada en la cama, comiendo comida basura, no era nada saludable.
Una mañana, me levanté cabreada, con el mundo, con mi padre, conmigo. Y me fui a correr. Tanto corrí, que terminé en casa de mi madre.

– ¿Tan difícil es aceptarme por cómo soy?
– Sandra, has deshonrado a esta familia. Voy a llamar a Magda, habla con ella. Yo no tengo fuerzas para esto.
– No quiero hablar con nadie que no seas tú. Sigo siendo la misma que se subía a la espalda de papá y a la que tú regañabas, la misma con la que te sentabas en el suelo para jugar con el cubo de piezas, a la que le hacías trenzas de raíz, que te traía las notas y las ponías en la nevera con un cartel de “estamos orgullosos de ti”, la misma que te pedía que le leyeras cuentos, la que cuidó de los pequeños cuando tú tenías que salir a la compra, la que cerraba las empanadillas con un tenedor, la que te levantaba dolor de cabeza cuando aprendía a tocar la flauta. ¿Qué diferencia hay? ¿Qué había distinto en mí el día antes de decirte que me gustaban las mujeres al día que me echasteis de casa? Explícamelo, porque yo no lo entiendo.
– Hija, te seguimos queriendo, pero no vamos a aceptar tu forma de vida, y no queremos verla. Seguirás siendo mi hija, y seguiré rezando por ti, pero no voy a cambiar esto. No puedo. Tu padre no lo hubiera querido.
– Mi padre solo era un cabezón. ¿Sabías que se pasó años llamándome para escuchar “dígame” y colgar?
– Él nos prohibió a todos hablar con la prensa, creo que ese es un gesto más que suficiente para que no faltes a su memoria.

La conversación siguió por esos cauces, y no sabía qué argumentos darle para que volviera a estrecharme entre sus brazos sin que pensara que era la reencarnación del diablo o que estaba poseída por el espíritu de una lesbiana malvada que se coló en mi cama una noche de primavera.
Regresé a casa de la misma manera, corriendo, aunque esta vez, sin poder contener el llanto que se me atrancó en la garganta y explotó tan fuerte que tuve que pararme, doblarme, y gritar de dolor.
Subí por las escaleras, agotada, pero sin ganas de volver a refugiarme en mi cueva. Arriba me esperaba Carmen. Solo con verme entre las sombras, corrió a abrazarme, ella me conocía tan bien, que solo con mi pose y mi respiración, era consciente de que necesitaba esconderme del mundo, y sus brazos siempre fueron el lugar perfecto.
Magdalena no tardó mucho en presentarse en mi puerta, vociferando, culpándome de las taquicardias y la subida de azúcar de mi madre. Carmen logró que se sentara, que suavizara el tono.

– No vuelvas a pisar la casa. No te acerques a mamá, ni a nosotros. No queremos más desviados en la familia.
– ¿Más? ¿De quién me estás hablando?
– Has influenciado a Eduardo. Ahora dice que es gay. Su padre está como loco, y yo creo que esa gilipollez se quita con dos buenas hostias.
– Hace años que no veo a tu hijo. No me culpes a mí. Y como me entere de que le pones la mano encima, ten muy claro que te denunciaré y te haré la vida imposible.

Magdalena salió enfurecida, pero no tanto como yo. Cuando confesé que era lesbiana, ya había cumplido los dieciocho. Edu debía tener unos diecisiete. No podía permitir que intentaran cambiar lo que es inalterable a base de palos. Llamé a su casa, y por suerte, no fue el animal de su padre quien descolgó, fue el propio Edu, que lloró amargamente por todo lo que le estaban haciendo. Pero no quiso aceptar mi ayuda, dijo que no pensaba esconderse, que él se sentía muy bien tal y cómo era, que si querían pegarle, que lo hicieran, pero él no se iba a rendir.
Carmen no me mencionó más ese tema, se limitó a dejar que me hiciera un ovillo entre sus brazos, hasta que me quedé dormida.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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