En las orillas del Mar Rojo. Capítulo 41

Y llegaron los Goya, lo único que me hizo salir a la calle. Javier me trajo el vestido, él se ocupó del comunicado de prensa: “Sandra ha pasado unos momentos muy duros por la pérdida de su padre. Ha estado siguiendo un tratamiento para superar la depresión que ese hecho le produjo. Ahora se encuentra mejor. Los acontecimientos acaecidos junto a su compañera de reparto, Carmen, no suponen más que el intento de ambas por realizar su trabajo a la perfección, y así poder compartir con su público una actuación de la que se sientan orgullosas. Tanto ella como su familia, piden respeto por la delicada situación en la que se encuentran. También queremos agradecer la comprensión de la productora Amandiana, y de todos los fans que le han apoyado, tanto por correo como en las Redes Sociales”. Y a eso se redujo todo, a las palabras mágicas de Javier, que se empeñó en no ser él mi acompañante, y que lo fuera Manuel, que se había ofrecido voluntario.

– No sé ni cómo puedes mirarme a la cara después de lo que os he hecho.
– Sandra, un fallo lo tiene cualquiera. La peli no es lo mismo sin ti, hubieras quedado fantástica en pantalla. Sé que nos conocemos poco, pero te tengo un cariño especial, y no voy a dejar que te suceda nada.
– Si pretendes que te bese, tendrás que quitarte esa barba.

El coche nos esperaba abajo, pero él decidió despojarse de parte del esmoquin, y rasurarse la cara con una de las cuchillas sin estrenar que había por mi baño.

– Creo que la última mujer que me vio medio desnudo fue mi madre. Oye, voy a tener que comprarme de estas, me han dejado la cara muy suave.

Era como un niño grande, acariciándose sus desnudas mejillas, e impidiéndome que le retocara (reconstruyera) el maquillaje, para no parecer un vampiro en plena Alfombra Roja.
Subimos a la limusina, Manuel no dejaba de hablar de las maravillas de las maquinillas femeninas, decía que eran ángeles que se posaban en su cara y la cubrían con ropajes de seda. Fui todo el camino riendo. El coche se paró, él salió por la puerta, abrió la mía, me sostuvo la mano y me ayudó a salir sin que se me desmoronara el peinado o el vestido. Las luces comenzaron a parpadear, y nuestros nombres se repetían como ecos. Llegaba la hora de no dejar de sonreír, de pararse mil veces para hacernos fotografías, primero juntos, después separados. Este año no dejaban realizar preguntas, no nos dejaban acercarnos a las vallas ni a la zona de prensa, había que salvaguardar la exclusiva de Televisión Española.
Una vez dentro, más fotos, con todo el elenco, con mi agente, con Amanda. Amanda, que ni tan siquiera me saludó, parecía mi mejor amiga cuando un objetivo se posaba en nosotras.

– Por favor, habla conmigo.
– Ahora no es el mejor momento. Fingiré que no ha pasado nada, pero no me pidas nada más.
– ¿No es mejor fingir con una conversación? -ella giró la cabeza, y pareció admitir mi propuesta-. Amanda, te echo de menos -confesé sin borrar la sonrisa-, por favor, quedemos, hablemos.
– Sandra, estuvo bien, pero me has hecho daño dos veces, no voy a esperar una tercera. Está claro lo que sientes por Carmen, y yo solo puedo retirarme. Os deseo lo mejor, pero no me pidas nada más.

En ese momento, Javier tiró de mí, y me llevó junto a mis compañeros de reparto. Por supuesto, Carmen estaba allí. Después de muchas preguntas, de hacer el paripé, de posar con Carmen en una actitud que ellos consideraron sensual, la gente empezó a dispersarse, y yo aproveché para ir al baño.
Creo que los diseñadores odian a las mujeres y a sus vejigas. Aquello no había forma de apartarlo sin que terminara todo mojado.

– ¿Te ayudo?
– Si no te importa…

Amanda entró conmigo en el cubículo, me sostuvo las telas, y yo pude aliviarme, aunque algo incómoda por la situación. Después, me ayudó a recolocarme y, cuando se disponía a salir, sujeté la puerta. No suelo ser así, aunque en esa época, no sabía ni quién era.

– Venga, Sandra, dejémoslo estar.
– No puedo. Lo siento, siento el daño que te he hecho, siento haberte engañado, haberte herido. Pero creo que lo justo es que sepas la verdad. Las imágenes con Carmen son ciertas. Antes de irme, me acosté con ella.
– Lo sé -contestó con calma.
– Pero no fui con ella. Se presentó allí. Yo solo quería irme a desconectar, y apareció, con sus ideas de que tomara aquellas pastillas. No le estoy echando la culpa, fui yo quién se las tomó, pero quiero que sepas que no era mi intención pasar esos días con ella.
– ¿Por qué no dejas de darle vueltas y aceptas que aún la quieres?
– No puedo quererla. Ella vive lejos, y no sé, no es la persona que recuerdo.
– Sí lo es, las personas no cambian.

Amanda tenía razón, yo amaba a Carmen, no dejé de hacerlo, y cada vez que pensé que la había eliminado de mi vida, ella reaparecía.
Me sentaron junto a Carmen, no solo la película estaba nominada, también ella como secundaria y yo como principal. Querían que si ganábamos (no me meteré en supuestos amaños), los planos fueran de ambas, y más, después de lo que la prensa denominó lo sucedido en las playas del Mar Rojo: “de la ficción a la realidad, descubre los tórridos besos de las actrices de moda”.
Y llegó el momento, y ganamos. Luis, el director, subió a recoger el premio, Carmen el suyo, con un discurso sobre la diversidad y la convivencia. Yo, en un principio creí que era hora de confesar mi homosexualidad, pero, nuevamente, Javier me paró los pies con su discurso sobre el futuro.
” Es un placer estar aquí, con todos vosotros, compartiendo un momento mágico. Quiero agradecer este premio a todo el equipo, a mis amigos por estar a mi lado, a mi familia, y a mi padre, que se hubiera sentido muy orgulloso de ver que este premio tendrá un lugar privilegiado en mi casa. Muchas gracias a todos.”
Y con ese alarde de hipocresía, me bajé del escenario, recibiendo los aplausos de los asistentes.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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