En las orillas del Mar Rojo. Capítulo 40

Volví a irme, volví a elegir Egipto, volví a escoger el mismo hotel en Sharm. No sé por qué, ni siquiera pude relajarme en mi anterior visita, pero adoraba las vistas, el color del mar, las pequeñas calas, los largos paseos en los que el agua te acompañaba.
Mohamed me dio la misma habitación, la 308, esa con vistas al mar, y lejos del estruendoso ruido de las piscinas y los bares, de los rusos borrachos.
Había menos gente, mucha menos, aunque yo seguía madrugando para coger “mi hamaca” y tumbarme al sol, a ver pasas las horas, y a preocuparme únicamente de comer e hidratarme de vez en cuando.

– Eres muy previsible, cielo.
– ¿Qué haces aquí? ¿No puede dejarme ni un segundo sola?
– He venido a darte protector solar en la espalda, a echarte crema hidratante por las noches, para aliviarte la piel.

Un escalofrío me recorrió, y me imaginé las manos de Carmen, recorriéndome, sintiendo esa mezcla de calor y frío. Me volvía idiota, completamente loca ante sus rocambolescos deseos. Pero, ¿debía dejarme llevar por mis impulsos? ¿Y Amanda? Era oficialmente mi “novia”, lo que convertía a Carmen en mi “amante”, y a mí en una mujer sin escrúpulos. No sabía cómo arreglar aquello, pensé en que debí quedarme, y no huir de una conversación con Amanda que haría que me odiara para toda la vida.
Carmen tiene la capacidad de transformarse como un camaleón, si vas con ella a una discoteca, es una arpía superstar, si estás a solas, es el ser más dulce y comprensivo del mundo. Esa segunda parte era la que hacía que mi amor por ella resurgiera.
La primera mañana, apareció en mi habitación, traía unas bolsas, y su cara de “voy a sorprenderte y querrás besarme”.

– ¿Qué es eso?
– He conseguido que me vendieran unas pastillas, para que te metas en el papel de la peli esa que ruedas.
– ¿Quieres que tome drogas? ¿Eres idiota? ¿No eras tú la que se pasaba el día diciéndome lo imbécil que era por haber caído en ello?
– Esto es distinto. Son legales.
– ¡Legales con receta! Además, a saber qué coño te han dado.
– Primero fui al médico del hotel, que me cobró cincuenta dólares por escucharme decir lo apenada que estaba por haber olvidado mis fármacos en casa. Me mandó a su propia farmacia, y me han dado esto: Lorazepam, Prozac y Celaxa. Tienes que tomarte una al dormir de la primera, y dos al día de las otras.

No sé por qué cojones volví a hacerle caso, supongo que por mi necesidad de complacer a Amanda con mi interpretación. Seguí los consejos del supuesto médico, y durante toda esa semana, tomé mis pastillas, o eso creo, no es que recuerde mucho. Sé que lloraba cuando Carmen intentaba llevarme a la playa, y yo no podía abrir los ojos. Estaba despierta y dormida al mismo tiempo. Desde luego no eran las mejores condiciones para servir copas. Poco salí de la habitación, y mucho besé a Carmen. Aunque mi confusión no se había difuminado como sí lo hizo mi capacidad de decidir.
Llegué a Madrid, drogada por completo, del brazo de Carmen, que me sostenía con fuerza. Luego pude ver que la prensa estaba en Barajas, haciéndome fotos, grabándome, preguntándome por unas fotografías.
Tardé dos días en volver en mí, al menos algo. Cogí un taxi y me fui al estudio. Todos seguían con la odiosa mesa italiana, y esa vez, podía aportar algo más a mi personaje. Pero Amanda no me dejó ni llegar hasta ellos, y me interceptó como un águila.

– Sandra, no sé qué te pasa, pero esta no es la publicidad que busco, para eso ya hay gente trabajando.
– ¿A qué te refieres?
– A tus colocones, a tus líos con Carmen.
– ¿Cómo?
– Mira, no me trates como idiota, sé que has estado con ella en Egipto. Como productora, me da igual, como persona, me jode, pero lo acepto, aunque creo que merecía algo más que enterarme por la prensa. Y, sobre las drogas, no sé qué decirte, ni siquiera sabía que consumías.
– Y no consumo. Solo tomé medicinas contra la depresión, quería saber qué se siente.
– No sé si decirte que eres gilipollas o imbécil. ¿Crees que la depresión es un juego? ¿Crees que porque te tomes unas pastillas durante unos días sabrás qué es? No tienes ni puta idea, solo te has colocado, como una yonki cualquiera.
– Amanda, no es cierto, solo intentaba meterme en el papel, si quisiera seguir en esas condiciones, seguiría tomándolas.
– Si tenías dudas sobre lo que se siente, solo tenías que preguntarme a mí o a las miles de personas que te rodean y la sufren cada día.
– Lo siento, no me pareció tan mala idea.
– Yo lo siento más, llevamos meses preparando esto, pero tenemos que prescindir de ti.
– No puedes hacerme esto, cariño.
– ¿Cariño? Me pones los cuernos, te vas lejos de mí, te drogas, y te atreves a llamarme cariño. Haz el favor de irte, no quiero ningún escándalo. Diremos que no te sentías bien, y que prescindimos de ti, así podrás seguir con tu carrera.

Mi carrera…, ¿acaso en ese momento me importaba algo lo que sucediera con ella? Quería estar con Amanda, Amanda era lo mejor para mí, era sensata, atenta, inteligente, divertida, sexy. Era todo, y no era Carmen, la dichosa Carmen, la que me hacía perderme, por la que me perdería mil veces.

Anuncios

About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
Esta entrada fue publicada en En las orillas del Mar Rojo. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s