En las orillas del Mar Rojo. Capítulo 39

Carmen vino a buscarme con un taxi. Teníamos que ir a Plaza Castilla, allí sería donde se realizaría aquel trámite que me quitaba el sueño.
Carmen me miraba con esa sonrisa suya de “te deseo”, y yo apartaba la vista para contemplar un Madrid que hacía mucho que había amanecido.
Cuando llegamos, una horda de periodistas sedientos de sangre nos rodeó, “¿por qué te acompaña Carmen?”, “¿forma esto parte de la campaña promocional?”. Se centraron en mi compañera, y yo pude pasar entre ellos sin demasiado problema, no es lo mismo ser una famosa española, que una que triunfa en Estados Unidos.
Mi hermano me dio un abrazo, el resto, incluida mi madre, me ignoraron. Tardamos poco en entrar, pero Magdalena ya había puesto el grito en el cielo por la presencia de Carmen. El abogado de mi familia y el mío, charlaron y procedieron a abrir el dichoso testamento. Para asombro de todos, yo no fui desheredada, en él ponía que se repartieran sus propiedades en partes iguales de acuerdo con la ley vigente. No hace falta decir las miradas de odio que me echaron. Iba a ser difícil repartir las casas y el dinero de las cuentas. Pero mi madre temía que yo pudiera echarla, por lo que se reunió con todos salvo conmigo, y acordaron pagarme mi parte en efectivo, y que así no tuviera derechos sobre las fincas.
Carmen salió contenta, como si hubiera logrado lo que deseaba, que yo tuviera en un par de meses, algo más de dinero en mi cuenta corriente. Yo, en ese momento, fui consciente de que jamás podría arreglar las cosas con mi madre.
Fuimos a comer a un restaurante de la zona. Carmen se mostró agradable, comprensiva ante mi total desánimo. Me hundía ver cómo mi madre me despreciaba así.

– Tu padre te quería. Hizo el testamento hace dos años, y no te excluyó.
– Eso no implica nada, mira cómo me trató en el hospital. Creo que se sentía culpable, o aplicó lo de “odia al pecado y no al pecador”.

Carmen cambió de tema rápido, notó que me dolía demasiado todo aquello. Así es que pasamos la comida hablando de los inminentes Goya. Me contó que ya tenía el vestido mirado, que era de no sé quién, y que me encantaría. Yo aún no había mirado nada, y eso que, un mes después, vendrían los Óscar. En febrero haría frío, y no sé por qué, las mujeres debemos enseñar demasiado, como si llevásemos un calefactor en el traje. No quería ir, es verdad que se trataba de un reconocimiento, pero yo no quería asistir.

– ¿Dónde te estás quedando?
– Alquilé un ático en el Barrio de las Letra. Pero si quieres puedo ir a arroparte por las noches.
– No hace falta.
– Ya sé que estás con una de esas directoras neuróticas y vanguardistas que se creen superiores a todos.
– Amanda no es así. Tu eres así.

No sé por qué terminé en su casa. Creo que mi estupidez no tiene límites, y nunca supe decirle que no a Carmen. No supe hacerlo en ningún aspecto, por lo que no es nada sorprendente que termináramos follando de todas las formas posibles. Pensaba que ya no la quería, que había pasado a formar parte de mi pasado, pero esa noche, la amé como si el tiempo no hubiese avanzado, y sé que ella me amó a mí, lo vi en sus ojos, en su sonrisa, en la forma en la que me tocó.
Amanecí a su lado. El sol se colaba por las ventanas. El reloj me anunció que eran las siete. La miré, y vi en ella la esencia de la belleza, una mujer hermosa, dormida, con un cuerpo que me invitaba a despertarla con mis labios. Pero debía ir a trabajar, y junto a ese pensamiento, Amanda regresó a mi mente.
Me sentía tan sumamente mal cada vez que Amanda me miraba durante “la mesa italiana”, que mis tripas no pudieron más, y tuve que ir a vomitar mi vergüenza varias veces.

– No tienes buena cara, cariño.
– No, algo me ha debido sentar mal.
– ¿Qué te parece si vamos a casa, te preparo un caldo y vemos una película?
– No sé…
– No voy a aceptar un no como respuesta.

Y eso hicimos, nos fuimos las tres a mi casa, Amanda, mi hipocresía y yo. Quería decírselo, de verdad que quería, pero cuando iba a hacerlo, las palabras se agolpaban en mi boca, haciendo que me atragantara una y otra vez. Y los mensajes de Carmen no ayudaban mucho, sus recordatorios, sus proposiciones, mis miedos. Había encontrado la estabilidad al lado de Amanda, y todo se tambaleaba, el suelo se abría bajo mis pies, y sabía que en cualquier momento, caería.

– Amanda, necesito unos días.
– ¿Estás bien?
– No, necesito tiempo para mí. Sé que estamos en plena faena, pero no puedo continuar ahora.
– Cielo, que le den por culo a la película. Sé que estás pasando por un momento muy duro, y sé que no quieres ni verme a mí y por eso no cogiste el móvil anoche. Vete unos días, medita, relájate, y, cuando vuelvas, todos te estaremos esperando. Tienes mi apoyo, cariño, para lo que necesites.

Se me saltaron las lágrimas de la impotencia que sentía, de lo mal que lo estaba haciendo, de lo hija de puta que era. Yo poniéndole los cuernos, y ella comprendiendo que me encontrase floja. No sé cómo describir aquel hecho, pero si alguna vez caí bajo, en esa ocasión me había hundido en el abismo.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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