En las orillas del Mar Rojo. Capítulo 38

La mañana empezó con mi teléfono sonando. Amanda aprovechó que yo andaba buscándolo, para besarme el vientre. Pensé en no descolgar, pero las llamadas a esas horas nunca me hacían demasiada gracia.
Logré tocar el dichoso dibujito verde, y una voz grave respondió a mi “dígame”. Se trataba de un tal Conde, no caí en quién era hasta que mencionó el testamento.
La siguiente semana se realizaría la lectura de éste, y debía asistir. No quería enfrentarme a eso, no quería nada de ellos. Llamé a Carmen, y le pedí que me acompañara, necesitaba que la que me había metido en ese lío, me sacase de él.

– ¿Por qué no me lo has pedido a mí? -preguntó Amanda.
– Lo que me faltaba era presentarme con una distinta, darles argumentos para llamarme depravada o a saber qué.

Amanda no le dio más importancia al asunto. Nos preparamos, y fuimos a una nueva lectura. Hubiera pagado lo que fuera por dejar de leer el dichoso guión.
Por la noche, volví al Fulanita, volví a servir copas, a sonreír sin ganas ante las proposiciones indecentes de algunas. La camarera con la que me acosté, llevaba semanas sin dirigirme la palabra. Era mi último día ahí, y aún no sabía cómo expresar el papel de una homófoba rodeada de lesbianas. Yo nunca lo fui, aunque lo viví en mis carnes, pero estaba el otro punto, el de la autoaceptación. Pensé en ir a una reunión de la Comunidad de Madrid, en la que un psicólogo te orienta en ese aspecto. Iría el lunes sin falta, tenía que conocer a alguien así.
Y allí me presenté, rezando para que nadie me reconociera y pudieran hablar con naturalidad. El grupo era mixto, de edades muy dispares, con distinto nivel económico, y distintos contextos sociales.
Una joven gitana llamó mi atención. Era guapa hasta decir basta, pero de mirada triste. Contaba que según su religión, la homosexualidad ni existía, era solo una enfermedad que se superaba con un matrimonio concertado. Aclaró que no todas las familias eran iguales, pero que la suya era especialmente intransigente. Vivió una infancia dura, en la que sabía que había algo distinto en ella, pero no le dio importancia. A los quince, la casaron con un chico muy guapo, pero que debía ser un verdadero cabrón. Ella huyó a casa de su familia, a refugiarse, como hubiéramos hecho la mayoría, en las faldas de su madre. No pudo, antes de llegar a casa, sus hermanos y su padre la recibieron con escopetas en la mano. Tuvo que venirse a Madrid, pedir en el Metro, vivir en la calle, hasta que una mujer la acogió en su casa para que la cuidara. Resultó que esa anciana, había convivido toda la vida con otra mujer, pero había fallecido. Ella no entendía por qué no se casó siendo adinerada, y ella le contestó que cuando se aprobó el matrimonio igualitario, “su amor ya estaba consumida por el cáncer”. Al principio sintió asco por aquella que le dio de comer. Realizó sus tareas domésticas, pero procuró no entablar más conversaciones con ella. Un día, la anciana murió, y le dejó todo lo que tenía, con una nota en la que le rogaba que empezara a conocerse, a cuidarse, a quererse, y a descubrir lo bonito que es enamorarse, sin importar de quién. Ella seguía odiando a su salvadora, pero todo cambio cuando una chica rubia, de ojos azules, se le acercó. Era todo lo contrario a ella, y no sabía por qué le fascinó tanto. Ahora están casadas, y ella va cada semana a esas reuniones para que nadie vuelva a odiarse por ser quien es.
Me conmovió su historia, me rompió por dentro. Quizá por la semejanza con mi vida, quizá porque el odio es algo tan innato, tan aceptado, que no somos conscientes de que nos consume por dentro. Esa sesión, no solo me ayudó a enfocar mi papel, también a afrontar lo que me esperaba en el reencuentro con mi madre y mis hermanos.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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